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martes, 12 de noviembre de 2019

Felices Coincidencias

Cuando faltaban seis meses para terminar mi bachillerato, un flaco alto y desgarbado, de sonrisa tímida fue traído por el prefecto del colegio al salón del sexto B con la intención de presentarlo y facilitarle su llegada al San José. Pedro Elias Lopierre Torres regresó a la tierra que lo vio nacer para culminar el bachillerato truncado por el peregrinaje laboral de su familia. En ese momento estrechamos las manos en señal de saludo sin imaginar, ni por un instante, que sería un saludo para toda la vida
Encajó en el grupo de amigos como ficha perdida de rompecabezas, buen conversador, melómano, de maneras sobrias y mal jugador de fútbol Piter reunía las mismas características de mis compañeros de andanzas. La amistad brotó por las personalidades similares pero se consolidó gracias a múltiples coincidencias ocurridas con un nivel de concordancia difícilmente explicables por el azar.
Para comenzar, Piter fue recibido para concluir el bachillerato a mitad de año, algo poco usual en colegios de la estructura del San José. La segunda coincidencia fue la encargada de consolidar la amistad,  pasamos a medicina en la Universidad del Norte donde aunque tuvimos diferentes grupos, compartimos experiencias similares. Terminamos la carrera con más dudas que certezas, el rural sería el próximo escollo de vida y la tercera coincidencia en la vida de Pedro y mía. Sin tener la mas mínima referencia el uno del otro y por vías totalmente diferentes, en una época en donde las comunicaciones no eran inmediatas, Piter y yo llegamos a ejercer la medicatura rural a la lejana Arauca con dos días de diferencia. Esta rara coincidencia y las vivencias ocurridas en el rural marcarían nuestras vidas para siempre. En el llano y gracias a Piter, la hermosa odontóloga del subsidio familiar de Caja Agraria se enteraría que yo no le resultaba indiferente, facilitándome el inicio de las relaciones con Maruja. Piter se enamoró del llano y se quedó ejerciendo y viviendo la vida libre y llena de retos personales impuesta por la zona.
La especialidad era la siguiente etapa que la vida nos pedía sortear. Gustos y expectativas diferentes auguraban esta vez la separación de estos amigos ya en trance de hermanos. Por mi parte opté en varias ocasiones en diferentes universidades sin éxito. Piter ejercía, con sobresaltos, el cargo de director del hospital de Tame en Arauca, no tenia en mente la especialidad. De tanto contar mis afujías en el tema de los exámenes de especialidad, un año de esos Pedro decidió presentarse a la Nacional, yo lo intentaría por séptima vez. El destino había designado nuestra unión desde aquel ya lejano saludo en el San José, Piter pasó sin problemas su primer intento en Anestesia y yo pasé a Medicina Interna. Al menos tres años mas de andanzas y anécdotas quedaban garantizadas para este par de cuates.
El apartamento en el barrio Galerías de Bogotá fue nuestro refugio, allí llegamos con Jorge, Lucho, Henry, Manfred y Jaime. La especialidad, el ultimo escollo en la formación profesional, seria también al lado de Piter. El San Juan De Dios terminaría de formarnos como médicos y hombres. Pero la vida impone otros horizontes, formar una familia, empezar la vida laboral eran los nuevos retos. Me casé con Maruja mientras Piter disfrutaba de su soltería. Soltero el uno y casado el otro, las probabilidades de continuar la guachafita eran pocas. Sin embargo, el creador tenia una gran coincidencia final y contundente para mantener nuestra relación. Piter y yo seriamos padres de Camilo y Nicolás con 8 días de diferencia, nuestros hijos crecerían juntos perpetuando una amistad forjada con estas felices coincidencias aquí solo enumeradas. Las historias vendrán después.....



miércoles, 18 de septiembre de 2019

Una jugadita por amor de Dios


Los dirigentes del fútbol están preocupados por las bajas asistencias a los estadios y las pobres audiencias registradas en los partidos nacionales televisados. Ante esta situación la pregunta obvia es ¿Qué tipo de espectáculo futbolero esta usted dispuesto a pagar por ver? La respuesta es muy sencilla: fútbol de calidad. No se quieren ver juegos de resultado. El público dispuesto a pagar puede perdonar las derrotas, pero tolera poco el fútbol resultadista y menos el mal fútbol.

El buen fútbol lo escuché primero, no tenia ni la edad ni los recursos para ir al estadio, eran los tiempos de la radio. La narración del negro Edgar Perea me mostraba el juego excelso de Víctor Ephanor, el diablo Caldeira y otros que jugaron en el Junior de principios de los 70. El proceso siguió con el gran Juan Ramón Verón, Julito Comesaña y el equipo de los obreros que le dieron a Junior su primera estrella el 14 de diciembre de 1977.

Aclaro que mi grado de futbolero fue con honores, lo recibí en el estadio metropolitano de Barranquilla un 19 de diciembre de 1993 durante un encuentro entre Junior y América por el campeonato de ese año.

Para que se  den una idea del tipo de futbol visto en esas épocas, en ese partido jugaron 5 figuras del famoso 5 a 0 contra Argentina(5 de septiembre de 1993). Jugaron el Pibe Valderrama y Alexis Mendoza por junior y  Oscar Córdoba, Wilson Pérez y Freddy Rincón por el America.

Los once titulares fueron por Junior: José María Pazo; Góber Briasco, Francisco Cassiani, Alexis Mendoza, Eugenio Uribe; Luis Grau, Oswaldo Mackenzie (Robert Villamizar, 91'), Víctor Danilo Pacheco, Carlos Valderrama; Iván René Valenciano y Miguel 'Niche' Guerrero

El DT: Julio Avelino Comesaña
Los goles de Junior: 'Niche' Guerrero (57' y 76') y Mackenzie (90')

Los once de America: Óscar Córdoba, Antonio Moreno, Jorge Bermúdez, John Jimenez, Wilson Pérez; Néstor Villarreal, Wílmer Cabrera (Hárold lozano, 72'), Fredy Rincón, Alex Escobar; Antony de Ávila, Albeiro 'Palomo' Usuriaga
El DT: Francisco Maturana
Los goles de America: Alex Escobar (40') y Wilson Pérez (79', tiro penal)

Con esos antecedentes, estoy dispuesto a pagar por un fútbol de toque rápido que siempre busque el arco contrario, quiero ver fintas, desbordes, pases filtrados que terminen en gol, tacos inesperados con destino correcto, quiero ver el túnel grosero, la chalaca voladora, la rabona que termina en gol. Pago por ver a un equipo que ponga el balón como un corozo. Si ese equipo juega así y gana, muy bien. Si pierde no importa, otro día será, los otros tampoco son mochos y si nos ganaron fue porque hicieron también lo que me gusta, jugaron buen futbol.

La verdad no quiero ver equipos ganadores con anti-fútbol, no quiero la táctica del murciélago, lesionar al virtuoso, perder tiempo. No quiero ver tampoco esos jugadores “acaba ropa” de gran talla, de juego fuerte, buenos para obtener resultados sin importar mucho la técnica. No puede ser que el número 10 en los equipos esté en vías de extinción.

Este comentario escrito por la nostalgia del buen fútbol me sirve como obituario del versátil periodista deportivo Abel González Chaves. Abel, testigo de la llegada de aquellos protagonistas del buen juego imploraba desde su programa a los jugadores y técnicos actuales una jugadita por amor de Dios. Eso pedimos y eso queremos pagar los fanáticos actuales: futbol de calidad y no de resultados.

 

 


domingo, 22 de abril de 2018

Etapas de vida


Desde hace algunos días he caído en la cuenta de que el inexorable paso del tiempo me trajo el envejecimiento. Cuando niños anhelamos que el inefable tiempo avance rápido, para abandonar la edad de los permisos. Los de cuatro quieren tener ocho para obtener la licencia de subir a los juegos más extremos, los de ocho quieren tener doce para poder ir a películas de los de quince y los de quince quieren tener 18 para entrar a los bares. Los primeros y escasos años de la juventud se nos van en querer llegar a ser adultos.
Llegamos a la edad adulta, la etapa más larga de la vida, terminando de estructurar una carrera y empezando a organizar una familia. Los dos productos por los que seremos llamados a calificar servicios al final de los días. La importancia de esos productos, familia y carrera, requieren de todo el tiempo posible. Hacer un prestigio en la profesión escogida, cualquiera que ella sea, requiere de tiempo y sacrificio. Ese prestigio bien ganado, también con el tiempo, permitirá, quizás, organizar y criar bien a una familia que ocupará todo el tiempo restante. Es en ese momento en el que té debates entre cuidar y ver crecer a la familia y mantener un buen prestigio profesional cuando te ves en el espejo y oh sorpresa, ves a tu papá. ¿Hola viejo, cuando llegaste?
No, no es el viejo Cami, soy yo.
A qué horas me salieron esas canas, a qué hora me salieron esas arrugas. El inexorable paso del tiempo me trajo el envejecimiento. La etapa más larga de la vida se fue como agua entre las manos.
Allá, en la intimidad del baño, viendo a mi papá en el espejo, ¿me pregunté en qué momento pasó todo ese tiempo? El problema es que a esa pregunta para la cual tengo una clara respuesta, me surgió otra. ¿Cuánto tiempo me queda?
Cuando joven se gasta y quizás se pierde tiempo. Ahora, no tengo tiempo para gastar, ahora tengo poco para invertir.
Los cincuenta es la edad del darse cuenta, la juventud se acaba y la vejez llega, en ¿qué invertir el tiempo?
Lejos de acongojarme por la evidencia, lo que me siento es feliz. Primero, mis dos productos, familia y carrera, aunque no totalmente terminados ya se pueden presentar.
Segundo, tengo tantas cosas divertidas para hacer, en este tiempo, que no voy a poder darme cuenta, otra vez, que llegué a viejo.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Gastronomia barranquillera

Camilo Forero Ariza y Betty Illera Castilla llegaron a Barranquilla por diferentes circunstancias. Mientras el abuelo Nabor Forero salía de Puerto Wílches, Santander, para administrar la distribuidora de medicamentos OK Gómez Plata, el abuelo Campo Elias Illera salía de El Carmen, Norte de Santander, obligado por la violencia conservadora. Barranquilla acogió las dos familias con el mismo cariño que a otros inmigrantes llegados a sus tierras.
Si, la Arenosa es tierra de inmigrantes, la condición de puerto marítimo y fluvial, su rápido desarrollo industrial y su tradición pacifista, facilitó la nutrida llegada de gentes de muchas regiones del país que huían de la lucha bipartidista como los Illera Castilla o que venían a proponer negocios como los Forero Ariza.
Pero no solamente llegaron del interior del país, las dos guerras mundiales trajeron a nuestro puerto un sin fin de razas que encontraron, en la “Puerta de Oro”, la paz que sus tierras no ofrecían. Barranquilla recibió sin reparo a todos los que llegaron y aquí se amalgamaron.
Este crisol de razas trajo muchos aspectos positivos, la belleza de las mujeres, el intercambio cultural y uno clave al que me voy a referir, la riqueza gastronómica. Barranquilla disfruta de una rica variedad de comidas aportadas por los migrantes, arraigadas con tal magnitud que son parte de la tradición culinaria de Barranquilla y la costa Caribe. Dos ejemplos de esta combinación les traigo hoy para su deleite.
El ejemplo más categórico es el kibbe, plato típico del Líbano y del mundo árabe. Originalmente preparado con carne de cordero y pasta de bulgur, la receta del kibbe, en Colombia, se adaptó utilizando la carne de res mesclada con trigo para la cubierta y el relleno con trigo, carne, cebolla y hojas de yerbabuena. El kibbe ya no es exclusivo de los restaurantes árabes, se puede degustar en cualquier venta de fritos de la región.
Otro plato derivado de la fusión de razas y costumbres, sin el prestigio del kibbe árabe, pero tradicional en las fiestas de diciembre para la familia Forero Illera es la hayaca. Este plato es un preparado de harina relleno de carne de cerdo, garbanzos y guisos de amplia difusión en la zona de Santander del Norte, los llanos orientales y Venezuela. El pastel costeño, a diferencia de la hayaca, tiene como base el arroz, no lleva garbanzos, se le complementa con carne de cerdo y pollo acompañadas por zanahoria, papa, habichuelas y arvejas. Mi mamá fusionó las dos recetas y formas de preparación resultando una hayaca de harina con los ingredientes del pastel. Como el espacio para esta nota se agotó, los invito a ver un video de doña Betty haciendo sus ricos pasteles.
Hasta la próxima.