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sábado, 1 de agosto de 2026

El único testigo

Antes de que la televisión llegara a nuestra casa, el centro de la vida familiar era un enorme radio Philips de tubos. Más que un electrodoméstico, parecía un mueble: una gran caja de madera, con un tablero alargado lleno de números y siglas, dos perillas enormes y una hilera de teclas blancas. Alrededor de aquel aparato escuchábamos las noticias, los programas musicales y, por supuesto, las aventuras de Kalimán. No sé cuánto pesaba, pero después de conocer la historia que voy a contar, calculo que para moverlo se necesitaban un hombre fuerte o un ladrón suficientemente motivado.

En las noches nos sentábamos cerca del radio para escuchar las historias del hombre increíble. La imaginación hacía el resto. No necesitábamos imágenes para ver a Kalimán enfrentándose a los villanos ni para seguir las aventuras de Solín. Bastaban las voces, los efectos de sonido y aquel radio grandote convertido en teatro, periódico y lugar de reunión familiar.

Un día, cuando tendría cinco o seis años, mis padres salieron a realizar unas diligencias cortas y me dejaron solo en la casa. En esa época no existían los celulares, las cámaras de seguridad ni esos dispositivos que permiten vigilar a los niños desde cualquier lugar. Tampoco parecía necesario. Yo era un muchacho tranquilo y me habían dejado haciendo las tareas.

Me gustaba estudiar sentado en el piso, con el cuaderno apoyado sobre el sofá. Ese día estaba allí, concentrado en mis deberes y a una distancia prudente del radio: unos cuatro o cinco metros. La precisión resulta importante porque, como se verá, yo era el único testigo disponible.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando regresó mi mamá. Entró preocupada al encontrar la puerta de la calle abierta y lo primero que hizo fue buscarme. Me encontró en el mismo lugar, sentado en el piso, con el cuaderno abierto sobre el sofá, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué pasó? —me preguntó angustiada.

No entendí la pregunta. Para mí no había pasado absolutamente nada. La casa estaba en silencio, yo seguía con mis tareas y ningún villano de Kalimán había aparecido por allí.

Entonces mi mamá miró hacia el lugar que ocupaba el enorme aparato y descubrió el vacío.

El radio Philips había desaparecido.

Alguien había entrado a la casa, recorrido la distancia que lo separaba de mí, cargado aquel armatoste de tubos y salido por la puerta. Todo mientras yo permanecía a cuatro o cinco metros, entregado con sorprendente devoción a mis obligaciones escolares. No escuché pasos, no vi sombras y tampoco noté que estuvieran llevándose uno de los objetos más grandes de la sala.

Debí ser el único testigo presencial de un robo que no presenció nada.

Mis padres no me regañaron. Mi mamá estaba demasiado aliviada de encontrarme sano y salvo para preocuparse por mi absoluta incapacidad como guardián de la casa. Después de todo, el ladrón pudo haberse llevado algo mucho más importante que el radio.

El Philips nunca apareció. Tiempo después fue reemplazado por uno más pequeño, parecido al que había en casa de Cuya y Manuel Guillermo. El nuevo aparato daba las noticias y transmitía los mismos programas, pero ya no ocupaba el espacio físico ni sentimental del anterior.

Durante años pensé qué habría pasado si me hubiera dado cuenta de la presencia del ladrón. Tal vez habría gritado, corrido detrás de él o intentado defender aquel radio que era casi otro miembro de la familia. Cualquiera de esas posibilidades habría podido terminar mal. Al final, mi absoluta inutilidad como testigo pudo haber sido una fortuna.

Ahora entiendo por qué mis padres no me regañaron. El ladrón se llevó el enorme radio de tubos, pero me dejó a mí sentado en el piso, con el cuaderno apoyado en el sofá, haciendo las tareas… o tal vez dormido. Después de tantos años, tampoco puedo asegurar ese detalle: nunca fui un testigo muy confiable.

domingo, 5 de julio de 2020

"Saquen una hoja"

 

Lejos de lo que se podría pensar, los días de cuarentena no han sido propicios para las letras. Múltiples razones se pueden esgrimir para justificar el silencio literario, pero para no alargar el cuento, las circunstancias no son las más adecuadas para escribir con el toque de humor característico de mis notas. Con temores en el alma lo único que se puede escribir son los exámenes escritos.

No puedo olvidar la primera evaluación escrita que me produjo miedo. Todavía hoy, pasados mas de 40 años, tengo fresco el recuerdo del temor que sentía cuando el profesor de matemáticas ordenaba sacar una hoja suelta para un examen rápido no previsto. Puedo asegurar que todos mis condiscípulos recuerdan perfectamente al personaje. Estatura media, tez morena, ojos pequeños y vivaces, lucía un escaso y muy rasurado cabello cano, Lácides Mengual Alarcón ya era un hombre mayor cuando fue mi maestro de matemáticas. Una voz ronca producto de muchos años al servicio de la docencia y de fumar al menos un paquete diario de piel roja, completaban el cuadro del docente más recordado de mis primeros años de colegio. A pesar de sus años, conservaba él talante y gallardía de los hombres de su tierra guajira, su presencia infundía un respeto casi reverencial.

La “hoja suelta” fue utilizado como método de evaluación y enseñanza por el profesor Mengual durante todos sus años de actividad docente. La hoja tenía que ser tomada del centro de un cuaderno, sin incluir el usado para matemáticas pues este debía tener enumeradas sus hojas siguiendo el modelo de los libros registrados en la cámara de comercio. Los problemas, usualmente de la regla de tres, debían ser resueltos en dos secciones, razonamiento a la izquierda y operaciones a la derecha.

Al entregar la hoja, esta debía tener el nombre completo. El “Chichi” o “Piraguetano” que olvidare estampar su nombre completo era castigado sin remedio.

Mi compañero Luis Movilla recuerda:

“Fui víctima en una ocasión de la indignación que le producía no encontrar el nombre en la hoja. Al momento de repartir la hoja calificada preguntó ¿a quién no se le ha devuelto? Orinándome del susto respondí:

- Esa es mía profesor –

Me miró y la rompió como pelando una mandarina sin perder ningún pedazo. El castigo fue pasar el examen en una hoja nueva y adjuntar la vieja reconstruida con cinta pegante”.

El método funcionó, aprendimos a hacer reglas de tres con facilidad y por lo que se ve, también me sirvió para escribir una nota bajo la presión esta vez de un virus.

 

 

domingo, 7 de junio de 2020

Al bagazo....

“Al bagazo poco caso”, “a palabras necias oídos sordos”. Ignorarlas fue mi estrategia para enfrentar las innumerables falsas noticias producidas por la pandemia y los falsos comentarios relacionados con el acto médico, todos ellos publicados en las redes sociales sin ningún recato, sin filtro, sin probar su autenticidad, sin corroborar la información.

La idea era “no gastar pólvora en gallinazo” para continuar con el refranero popular.

Pero, “la ignorancia es atrevida” y debo adicionar al refrán incansable. No paran de publicarse en las redes sociales toda clase de informaciones con tintes de veracidad que enloquecen a todo el mundo. Las peores son las que vienen con la firma de un profesional en la materia o de un ministro del alto gobierno avalando informaciones a todas luces falsas, tendenciosas, sin fundamento científico.

Debo partir de una premisa que nos pasa a todos, creemos en el avalado en una materia cuando expresa un comentario. Es lo normal, los legos, los que simplemente ignoramos un tema, confiamos en el concepto del profesional, ministro, técnico o cualquier funcionario que tiene los pergaminos expedidos por una universidad o por un gobierno para ejercer su cargo y expresar sus válidos conceptos.

Lo que no puedo entender es como profesionales en la materia hacen comentarios falsos. Vale la pena el riesgo de ser desmentido públicamente por ese minuto de fama. Resulta que sí vale, porque la verdadera ciencia, la que tiene el conocimiento, está tan ocupada tratando de resolver los problemas reales que no tiene tiempo de salir a desmentir tanta irresponsable información que se publica. Los minutos de fama por las informaciones falsas son abrumadoramente mayores. Las cifras de replicaciones que se producen tras la publicación de una noticia falsa superan con creces a las verdaderas noticias, la fama no es efímera. Que la aspirina sirve para el tratamiento del COVID 19, que las mascarillas producen enfermedad pulmonar, que los médicos están intubando pacientes para llenar las unidades de cuidado intensivo, que los pacientes deben ser cremados, que las pruebas no se que, en fin, todas las informaciones publicadas en las redes sociales son consideradas verdaderas por absurdas que parezcan. La pandemia no solo trajo la cuarentena y la muerte, también llegó el infocalipsis.

Ante esta caótica situación propongo a mis lectores tomar una conducta sencilla, antes de replicar cualquier información aparecida en una red social, por veraz que parezca, confírmela, tome un tiempo para ver si alguien desmiente o confirma la noticia, pregunte a otro experto, evitemos otro refrán popular “el que caya otorga”

domingo, 31 de diciembre de 2017

Gastronomia barranquillera

Camilo Forero Ariza y Betty Illera Castilla llegaron a Barranquilla por diferentes circunstancias. Mientras el abuelo Nabor Forero salía de Puerto Wílches, Santander, para administrar la distribuidora de medicamentos OK Gómez Plata, el abuelo Campo Elias Illera salía de El Carmen, Norte de Santander, obligado por la violencia conservadora. Barranquilla acogió las dos familias con el mismo cariño que a otros inmigrantes llegados a sus tierras.
Si, la Arenosa es tierra de inmigrantes, la condición de puerto marítimo y fluvial, su rápido desarrollo industrial y su tradición pacifista, facilitó la nutrida llegada de gentes de muchas regiones del país que huían de la lucha bipartidista como los Illera Castilla o que venían a proponer negocios como los Forero Ariza.
Pero no solamente llegaron del interior del país, las dos guerras mundiales trajeron a nuestro puerto un sin fin de razas que encontraron, en la “Puerta de Oro”, la paz que sus tierras no ofrecían. Barranquilla recibió sin reparo a todos los que llegaron y aquí se amalgamaron.
Este crisol de razas trajo muchos aspectos positivos, la belleza de las mujeres, el intercambio cultural y uno clave al que me voy a referir, la riqueza gastronómica. Barranquilla disfruta de una rica variedad de comidas aportadas por los migrantes, arraigadas con tal magnitud que son parte de la tradición culinaria de Barranquilla y la costa Caribe. Dos ejemplos de esta combinación les traigo hoy para su deleite.
El ejemplo más categórico es el kibbe, plato típico del Líbano y del mundo árabe. Originalmente preparado con carne de cordero y pasta de bulgur, la receta del kibbe, en Colombia, se adaptó utilizando la carne de res mesclada con trigo para la cubierta y el relleno con trigo, carne, cebolla y hojas de yerbabuena. El kibbe ya no es exclusivo de los restaurantes árabes, se puede degustar en cualquier venta de fritos de la región.
Otro plato derivado de la fusión de razas y costumbres, sin el prestigio del kibbe árabe, pero tradicional en las fiestas de diciembre para la familia Forero Illera es la hayaca. Este plato es un preparado de harina relleno de carne de cerdo, garbanzos y guisos de amplia difusión en la zona de Santander del Norte, los llanos orientales y Venezuela. El pastel costeño, a diferencia de la hayaca, tiene como base el arroz, no lleva garbanzos, se le complementa con carne de cerdo y pollo acompañadas por zanahoria, papa, habichuelas y arvejas. Mi mamá fusionó las dos recetas y formas de preparación resultando una hayaca de harina con los ingredientes del pastel. Como el espacio para esta nota se agotó, los invito a ver un video de doña Betty haciendo sus ricos pasteles.
Hasta la próxima.


domingo, 23 de julio de 2017

El conserje

 
Conocí la grafología1 de la mano del padre Octavio Romero. Cursaba el quinto año del bachillerato cuando el nuevo profesor de religión, Octavio, comenzó a sorprendernos durante sus clases. En ellas, el padre hacía comentarios, relacionados con nuestra personalidad, que no podían ser notados por alguien que apenas nos estaba conociendo. Ocurría mientras desarrollábamos las guías; el padre se sentaba, tomaba nuestro cuaderno y con solo mirar las hojas y hacer un par de preguntas, empezaba a descubrir nuestras cuitas. Todos estábamos boquiabiertos. ¿Cómo hacia este señor para saber aspectos de personalidad, sin conocernos?
Hoy, tantos años después, desconozco si el grueso del grupo se enteró de la táctica empleada para hacer sus comentarios. De lo que si estoy seguro es que sus recomendaciones nos llevaron a ser mejores personas y en algunos casos a descubrir uno que otro problemita.
El padre usaba la grafología, combinada con las agudas observaciones propias de la experiencia, para develar algunas características del comportamiento o de la personalidad de sus jóvenes estudiantes.
Utilizando las herramientas mencionadas, el padre Octavio notó que los problemas económicos producían en mí, una preocupación mayor que la observada en otros compañeros.
Al punto de comenzar el último año del Bachillerato, el colegio a través de Octavio, lanzó el último de los salvavidas que ayudó a mi familia con los problemas mencionados. Pues a la media beca concedida por el padre Aguilar, unos años antes, se sumaba el nombramiento en el cargo de conserje del colegio durante los dominicales y festivos.
Aceptar este trabajo, tuvo sus implicaciones. Por ejemplo, la blancura de mi piel no se afectaría por los domingos de playa cancelados de un tajo. En cambio, el domingo de futbol no se afectó. Toda la vida fue por radio y lo siguió siendo por muchos años más. Pero eso poco importaba, lo bueno era recibir un salario mensual básico que además era engordado por los recargos dominicales. Para mi fortuna, la presidencia de Uribe con sus propuestas de eliminar los recargos por dominicales, festivos y horas nocturnas, aún estaba muy lejos del panorama político nacional.
Fue así como durante dos años, el último de bachillerato y los primeros semestres de universidad dispuse, gracias a la grafología y al padre Octavio, de un empleo que generó recursos redentores y también algunas historias que otro día les contaré. 

1.    Grafología: Técnica que estudia las características psicológicas de las personas a través de la forma y los rasgos de su escritura.