Y llegué a la edad de adoptar la condición de pensionado.
La frase todavía me resulta extraña. Durante buena parte de la vida uno ve la pensión como algo lejano, una de esas cosas que solo le pasa a los viejos. Los pensionados eran señores mayores cuya principal actividad parecía ser encontrarse, al final de cada mes, haciendo fila en los bancos del centro de la ciudad, mientras se ponían al día sobre los achaques de los compañeros del trabajo, del colegio o de la universidad.
Ahora resulta que uno de esos señores voy a ser yo.
Dentro de un mes.
Por eso he decidido dejar algunas recomendaciones a quienes vienen detrás.
La primera es mantenerse pendientes de los cambios que haga el gobierno de turno para garantizar la sostenibilidad del sistema pensional. La expresión "sostenibilidad del sistema" es muy importante. Cada vez que la escuchen, revisen el bolsillo. Los gobiernos tienen la admirable capacidad de preocuparse simultáneamente por nuestro futuro y por sus necesidades presentes, y no siempre ambas preocupaciones coinciden.
No importa cuánto hayan planeado. Durante los treinta o cuarenta años que dura la preparación para pensionarse aparecerán varias reformas pensionales, cada una presentada como la definitiva. Cambiarán las edades, las semanas, los porcentajes, los fondos, las fórmulas y probablemente hasta el significado de la palabra pensión. Lo único que permanecerá inmodificable será nuestra obligación de seguir aportando.
Mi segunda recomendación es más personal: adopten algún sistema de ahorro voluntario. No importa si al principio es poco. Háganlo con disciplina.
Cuando somos jóvenes nos dicen que debemos ahorrar para mantener el nivel de vida previo a la pensión, o hacer las cosas que la vida laboral no permitió. Es una buena idea. Pero mi experiencia como médico me hace recomendar agregar una casilla más a la hoja de cálculo: cuidador.
Porque a cierta edad uno empieza a descubrir que el verdadero lujo quizá no sea tomar un crucero por el Caribe, sino contar con alguien dispuesto a empujar la silla de ruedas, ayudarnos a levantarnos de un sofá demasiado bajo, recordarnos dónde dejamos las llaves, comprobar si realmente nos tomamos las pastillas y, sobre todo, escucharnos contar por quinta vez la misma historia como si fuera la primera.
Por eso, además de calcular cuánto necesitarán para vivienda, alimentación, viajes y entretenimiento, calculen cuánto costará alguien que nos acompañe cuando aparezcan los achaques. Y háganlo con generosidad. Después de todo, aunque sea de la familia, un buen estímulo económico siempre facilitará la difícil tarea de soportarnos.
Tengo más recomendaciones, pero la jubilación se aprende ejerciéndola. Por ahora, baste decir que trabajar por décadas soñando con el tiempo libre enseña una lección inesperada: cuando finalmente lo conseguimos, descubrimos que también necesitamos aprender qué hacer con el.
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