En Barranquilla hemos logrado una hazaña digna de estudio antropológico: convertir un número en peligro público. No por superstición, ni por tragedias históricas, ni por misticismos importados. No. Aquí evitamos el trece porque basta pronunciarlo para que a cualquier ciudadano se le active, como resorte oxidado, un repertorio de frases de doble sentido y contenido homofobico que, para desgracia de la aritmética, riman con él.
Mientras la bobada se quedaba en la esquina, uno la dejaba pasar. El barrio tiene derecho a sus rituales, así sean absurdos. Pero un día la gracia dejó de ser gracia y empezó a trepar, silenciosa, como humedad en pared vieja. Y cuando el chiste llega a los escritorios oficiales, ahí sí la cosa se pone fea.
El punto de no retorno llegó cuando me encontré con un mensaje institucional que celebraba los “212+1” años de Barranquilla. No 213. No. “212+1”. Una suma. Una operación matemática para evitar un número. Como si la ciudad no estuviera preparada para enfrentar la realidad aritmética. Imagino la reunión: “Señores, no podemos poner 213. La gente se descontrola. Propongo camuflarlo”. Y todos, muy serios, aprobando el camuflaje numérico como si fuera una estrategia de seguridad nacional.
Ahí entendí que la broma había dejado de ser popular para convertirse en política pública. Una tradición oral había ascendido, sin concurso de méritos, a la categoría de comunicación oficial. Defender la cultura popular está muy bien; poner al calendario a rendirle pleitesía ya me parece un exceso.
Porque una cosa es que el compadre del barrio evite el trece para no escuchar la cantaleta de siempre, y otra muy distinta es que las autoridades —esas que no logran sincronizar un semáforo ni por accidente— decidan sumarse al jueguito. Uno esperaría que estuvieran ocupadas en asuntos más urgentes que esconder números.
No tengo nada contra el humor. Lo celebro. Lo practico. Lo defiendo. Pero cuando un chiste se vuelve tan omnipresente que obliga a reescribir los afiches, modificar los discursos y hacer que la ciudad hable en clave para evitar respuestas automáticas, deja de ser humor y se convierte en trámite.
Si seguimos así, pronto los niños aprenderán que después del doce viene “el número que no se menciona”, y los afiches oficiales dirán “doce más uno”, “veintiséis dividido entre dos” o “cuarenta menos veintisiete”. Todo para no despertar al monstruo del doble sentido.
Y yo, que siempre pensé que Barranquilla era alegre, espontánea y un poquito loca, descubro ahora que también puede terminar rehén de su propio ingenio: una ciudad donde hasta los números tienen que andar con escolta.
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