Translate

Mostrando las entradas con la etiqueta Barranquilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Barranquilla. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de septiembre de 2026

Inteligencia artificial, si o no

Mi caro y respetado exalumno Fabián Ruiz me hizo llegar un excelente artículo sobre la inteligencia artificial y su papel en la educación actual de los profesionales de la salud.

La conclusión es, como era de esperarse, que la inteligencia artificial generativa debe ser una herramienta que facilite el ejercicio profesional en beneficio de la salud de los pacientes, y no un medio para que los estudiantes obtengan notas fabulosas gracias a los magníficos textos que ella escribe.

Y es que escribir con ayuda de la inteligencia artificial resulta muy fácil. Les cuento lo que me ha pasado con este nuevo desarrollo de la humanidad. Como habrán notado mis lectores de Facebook, llevo varios meses en silencio. No encuentro una explicación clara para esta falta de inspiración. Sencillamente, la musa se murió. Hasta que un día escuché en algún pódcast que la inteligencia artificial podía ser la solución a mis problemas. Tenía varias ideas escritas, pero ninguna lograba ayudarme a arrancar. Estaba bloqueado.

Decidí seguir las recomendaciones de algunos de los numerosos pódcast que enseñan a utilizar esta nueva tecnología. Preparé varios prompts y los apliqué a un borrador que tenía guardado. El resultado fue una crónica escrita por ChatGPT con el estilo de eforerocuenta.

Aunque se veía muy bien y se parecía bastante a mis textos, había un problema: yo sabía que no la había escrito. Aquí la pueden leer:

Trece, por inteligencia artificial

Pese al parecido, no fui capaz de publicarla hasta hoy, y tuve que acompañarla de toda esta introducción para explicar semejante atrevimiento.

Comenté el asunto con algunos amigos y llegué a la conclusión de que no debía utilizar la inteligencia artificial para escribir por mí. Podía ayudarme a corregir una frase, ordenar un texto o encontrar una de esas comas que siempre aparecen donde nadie las invitó. Pero no podía entregarle mis recuerdos y pedirle que los convirtiera en una crónica, porque entonces el texto podría parecer mío, pero ya no sería mío.

El artículo que me envió Fabián terminó de aclararme el asunto. En la educación, la inteligencia artificial debe ayudar al estudiante a aprender, no aprender en su lugar. En la escritura ocurre algo parecido: puede acompañar al escritor, discutirle una palabra y hasta sacarlo de un atasco, pero no debería quitarle el placer —ni el trabajo— de encontrar su propia voz.

Por eso he decidido volver a escribir como antes: lentamente, lleno de dudas, borrando párrafos y volviendo a empezar, mientras espero que la musa tenga la gentileza de regresar. La inteligencia artificial podrá ayudarme con la ortografía, con alguna frase rebelde y, de vez en cuando, con un título. Pero las historias, las anécdotas y esas nostalgias que sirven para escribir una buena crónica, esas serán solo mías.

 

 

Trece by IA

En Barranquilla hemos logrado una hazaña digna de estudio antropológico: convertir un número en peligro público. No por superstición, ni por tragedias históricas, ni por misticismos importados. No. Aquí evitamos el trece porque basta pronunciarlo para que a cualquier ciudadano se le active, como resorte oxidado, un repertorio de frases de doble sentido y contenido homofobico que, para desgracia de la aritmética, riman con él.

Mientras la bobada se quedaba en la esquina, uno la dejaba pasar. El barrio tiene derecho a sus rituales, así sean absurdos. Pero un día la gracia dejó de ser gracia y empezó a trepar, silenciosa, como humedad en pared vieja. Y cuando el chiste llega a los escritorios oficiales, ahí sí la cosa se pone fea.

El punto de no retorno llegó cuando me encontré con un mensaje institucional que celebraba los “212+1” años de Barranquilla. No 213. No. “212+1”. Una suma. Una operación matemática para evitar un número. Como si la ciudad no estuviera preparada para enfrentar la realidad aritmética. Imagino la reunión: “Señores, no podemos poner 213. La gente se descontrola. Propongo camuflarlo”. Y todos, muy serios, aprobando el camuflaje numérico como si fuera una estrategia de seguridad nacional.

Ahí entendí que la broma había dejado de ser popular para convertirse en política pública. Una tradición oral había ascendido, sin concurso de méritos, a la categoría de comunicación oficial. Defender la cultura popular está muy bien; poner al calendario a rendirle pleitesía ya me parece un exceso.

Porque una cosa es que el compadre del barrio evite el trece para no escuchar la cantaleta de siempre, y otra muy distinta es que las autoridades —esas que no logran sincronizar un semáforo ni por accidente— decidan sumarse al jueguito. Uno esperaría que estuvieran ocupadas en asuntos más urgentes que esconder números.

No tengo nada contra el humor. Lo celebro. Lo practico. Lo defiendo. Pero cuando un chiste se vuelve tan omnipresente que obliga a reescribir los afiches, modificar los discursos y hacer que la ciudad hable en clave para evitar respuestas automáticas, deja de ser humor y se convierte en trámite.

Si seguimos así, pronto los niños aprenderán que después del doce viene “el número que no se menciona”, y los afiches oficiales dirán “doce más uno”, “veintiséis dividido entre dos” o “cuarenta menos veintisiete”. Todo para no despertar al monstruo del doble sentido.

Y yo, que siempre pensé que Barranquilla era alegre, espontánea y un poquito loca, descubro ahora que también puede terminar rehén de su propio ingenio: una ciudad donde hasta los números tienen que andar con escolta.


domingo, 1 de febrero de 2026

Y se graduó Miguel Ángel… y de medicina no es nada

Siempre fue reservado, de esos muchachos que no hacen anuncios oficiales ni montan ruedas de prensa familiares. Nunca dio muestras de querer seguir mis pasos ni los de su hermana, que, para ser justos, tampoco dio señales tempranas de querer ser médica durante sus años escolares. En esta casa nadie nació con bata puesta ni estetoscopio de juguete.
A diferencia de algunos colegas que hacen campañas activas para que sus hijos no estudien medicina —como si uno los quisiera salvar de una maldición hereditaria—, yo no tomé partido. Ni lo empujé ni lo frené. Dejé que eligiera, que es una forma elegante de resignarse.
Seis años después de que Miguel decidió estudiar medicina, hoy, en pleno día de grado, se me ocurrió preguntarle por qué. No esperaba una respuesta poética ni un discurso de homenaje. Lo conozco. Y no me defraudó: fue breve, sobrio y sin violines de fondo. Dijo que había dos razones.
La primera nació en el colegio, cuando visitaban comunidades muy pobres, de esas donde no falta solo el dinero sino casi todo, empezando por la salud. Una brigada en Aguada de Pablo, un pueblo con un nombre bello, pero olvidado por todo, lo llevó a reorganizar sus ideas. Se dio cuenta de que ayudar a la gente no era una bonita frase de cajón sino una prioridad real. Y cuando uno entiende eso, la medicina deja de ser carrera y empieza a parecer destino.
La segunda razón fue más pragmática, como dictada por la inteligencia artificial. Las evaluaciones vocacionales dijeron que tenía habilidades para la historia y para las ciencias biológicas. Entonces hizo un cálculo simple: como historiador se moriría de hambre, y como médico, al menos tendría con qué pagar la comida. Así que escogió medicina por vocación… y por supervivencia. Una mezcla muy humana de idealismo y aritmética.
Hoy, después de seis años de estudio consagrado, las razones que te llevaron a estudiar medicina, te permiten recibir el diploma que te certifica como médico. Pero como debes sospecharlo el diploma no hace al profesional, apenas le da permiso para empezar. Ahora viene lo bueno: la construcción del verdadero conocimiento, al que se llega aprendiendo de las equivocaciones, soportando el cansancio de los turnos y con la certeza de que esta profesión necesita menos glamour y mucha más humanidad.
Hijo, bienvenido al oficio.

jueves, 1 de enero de 2026

Todo tiempo pasado.....

Hubo un tiempo en que salir a recrearse en Barranquilla era más un acto de fe que un plan estructurado. Los dos programas más emocionantes que yo recuerdo eran montarnos en la camioneta del tío Samuel o del primo Eduardo para cruzar el puente del arroyo de Felicidad y sentir ese vacío en el estómago que daba la bajada una especie de montaña rusa quillera, sin filas ni cinturón de seguridad. El otro gran plan era ir a Sears, solo para subir y bajar por la única escalera eléctrica que tenía la ciudad.
Claro que también estaban los parques, aunque decir “parques” es una forma generosa de llamarlos. El Suri Salcedo, a una cuadra de mi casa, tenía más tierra que grama y un par de resbaladeros de cemento cuya altura tan modesta no les alcanzaba para clasificar como toboganes. La construcción de una cancha de baloncesto ayudó a cambiar la hegemonía de la bola ’e trapo en el vecindario, aunque en los parques Venezuela y Washington los partidos de este deporte barrial siguieron jugándose por muchos años más. Otro seudo escenario deportivo de la época era el parqueadero del Romelio Martínez. Allí recuerdo haber tenido mis primeros encuentros con el deporte rey: el béisbol. Con un bate prestado y un guante de cuero tieso, me sentí por un momento más cerca del Yankee Stadium que del estadio Tomás Arrieta.
Hoy la ciudad es otra. Barranquilla, que durante décadas dispuso apenas de los tres o cuatro parques mencionados, el LEY, unas pocas salas de cine y las playas de Salgar y Puerto Colombia como opciones para distraer a la familia, se fue llenando poco a poco de espacios donde se puede estar juntos, sin preocupaciones y cerca de casa. Aparecieron parques con juegos modernos, ciclovías, fuentes que sí botan agua, canchas con grama sintética y zonas para practicar otros deportes. Los centros comerciales se abrieron en todos los sectores de la ciudad, con salas de cine y restaurantes para todos los gustos —del arroz de lisa al sushi, sin que falte la bolita de coco al final.
El Malecón, que parece diseñado para que los barranquilleros se reconcilien con su río, es ahora el paseo obligatorio del fin de semana. Ver a las familias pasear por allí —sin prisa, sin miedo, sin calor insoportable— es quizás la mejor prueba de que la ciudad ha aprendido a quererse un poco más.
 Y aunque a veces me dan ganas de decir que todo tiempo pasado fue mejor, la verdad es que me alegra que los quilleros tengan más dónde correr, más qué ver, más qué contar. Me emociona ver a los niños jugar en lugares que antes solo podíamos imaginar. Porque al final, más que cemento, parques o escaleras eléctricas, lo que de verdad importa es con quién se comparten los domingos. Y en eso, Barranquilla —y la vida— nos han ido cumpliendo.
 

domingo, 6 de abril de 2025

Multa

Hace unos años celebramos los 30 años de egresados de la facultad de medicina. Una de las actividades que mas disfrutaron los colegas y sus acompañantes fue la visita programada a los nuevos sitios de interés que muestra nuestra ciudad.

Fue tan exitoso el tour que siempre que tenemos la visita de  colegas o amigos del interior del país los invito a dar una vuelta por los lugares mas representativos de la nueva Barranquilla.

Este fin de semana fui invitado a un encuentro de médicos dermatólogos y reumatólogos que ya habían visitado la ciudad recientemente. Aunque los visitantes tenían el tiempo limitado por la salida al aeropuerto se propuso la visita sin incluir los sitos tradicionales. Lo que no sabíamos es que este tour nos mostraría una cara inesperada de la ciudad de mis amores.

Visitamos las casonas del viejo prado, los recién pintados callejones y los barrios de los alrededores. Cuando ya terminaba el paseo por la ciudad un imprevisto reten de policía de tránsito nos hizo señas de que debíamos orillarnos.

No me preocupé, teníamos tiempo suficiente para llegar al aeropuerto. Detuve el carro y saqué los documentos solicitados por el policía. Continuamos conversando cuando la voz del agente corto la charla y nos dejo de una pieza. El pase estaba vencido y debía retener el automóvil.

No sabíamos que decir, yo estaba bloqueado. Quien sabe que cara tenia yo, lo cierto es que el agente captó mi reacción y escuchó pacientemente mis explicaciones. Insistí en que tenia unos delegados importantes del congreso para los que estábamos haciendo un city tour. Se apartó de la calle y comenzó a preguntar a todos sus compañeros. El jefe o el superior del turno no estaba por allí.

-Yo no pago sobornos- dije a mis acompañantes. El grupo de policías no tomaba una decisión y el tiempo continuaba pasando, que desespero. Como siempre ocurre comenzamos a referir anécdotas pasadas de como se recibían los sobornos. En Bogotá los sobornos se podían pasar por Nequi.

El comandante del grupo se acerco nuevamente al carro. Con la misma actitud un tanto hostil se dirigió a mi directamente. Pueden irse – dijo sin titubeos. Saque su pase rápido y de gracias que esta acompañado por dos doctoras muy bonitas.

No di chance a que se arrepintiera, nos fuimos lo mas rápido posible. Los aviones nos esperaban.

La conclusión fue que después de todo, en Barranquilla, quien va acompañado con una mujer bonita, no le cobran las multas de transito solo se dan una reconvención verbal y un piropo.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Primera casa

Todavía está en pie la casa donde nací hace un poco más de 60 años. Localizada en el número 21 de la calle Obando, actual calle 42 con avenida Olaya Herrera, actual carrera 46, la casa  ya era vieja cuando me trajeron a este mundo don Camilo y doña Betty. De dos pisos estaba diseñada para albergar dos familias de manera independiente. En la planta baja vivían sus dueños el señor Cleto Plata y la señora Elvira Ariza con su hija, Ángela.
Procedentes de Zapatoca don Cleto y su familia se asentaron en la casa ubicada en el barrio Abajo. El paisanaje con la familia Plata facilitó el alquiler de la segunda planta, a la cual se accedía por una puerta lateral que  conducía a una empinada escalera que un arquitecto de hoy no se atrevería a diseñar.
No tengo noticia del año de construcción ni de quien fue el encargado de llevarla a cabo, pero por su localización en el barrio Abajo, diagonal a la iglesia del Rosario (construida en 1890), debe tener al día de hoy más de 100 años.
Traigo a cuento la vieja casa paterna gracias a un tour organizado por el barrio El Prado en donde nos mostraron con detalle las viejas y elegantes casonas construidas por los años 20. Se dice que este fue el primer barrio con especificaciones modernas que se construyó en Colombia.
Algo va de las casonas del viejo Prado a las casas del barrio Abajo. Las primeras fueron construidas para familias pudientes, algunas de ellas de origen extranjero, que se asentaron en la Barranquilla de principios del siglo XX. El gran desarrollo industrial y comercial facilitó la llegada de arquitectos de prestigio y familias con el poder económico que permitió la construcción de las, aún hoy, famosas casas. En contraste las casas del barrio abajo habitadas por familias de muchos menos recursos, fueron construidas en su mayoría con la técnica del bahareque para las paredes y los techos de paja. Todavía se pueden ver algunas casas de estas características en el barrio abajo.
Sin tener el mas mínimo interés económico, invito a mis lectores a que participen de estos paseos nocturnos organizados por el city lover. En la página de Instagram @elcitylover encontrarán información y otros eventos que recuerdan la historia de la vieja Barranquilla.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Etapas de la vida

Desde las travesuras de la niñez, pasando por la irreverencia de la juventud hasta las reflexiones de la madurez, cada etapa de la vida tiene su forma peculiar de hacernos reír, llorar y, sobre todo, de hacernos crecer.

La primera década (0 a 10 años), la de los primeros pasos y también de las primeras caídas, es la época maravillosa de nuestra vida, donde todos fuimos felices, o por lo menos así nos lo hace creer la nostalgia. En esos tiempos no teníamos ningún problema, las dificultades eran para los padres. Esta etapa de la vida es fundamental para el buen desarrollo de las décadas subsecuentes. Una buena nutrición y un buen entorno familiar con los cuidados necesarios garantizan un exitoso desarrollo posterior.

La segunda década (11 a 20 años) puede ser de las etapas mas difíciles del desarrollo del ser humano. La adolescencia hace su entrada triunfal de la mano del cambio hormonal, llevando a que estos jóvenes crean que se pueden comer el mundo, todo parece fácil, parece que nunca llegaremos a viejos, no se reciben consejos de nadie. Para colmo de males, la sociedad casi que los obliga a escoger su profesión a estos tempranos años de vida, que lío.

La tercera década (21 a 30 años) la podríamos definir brevemente como la de la ubicación. Es una época en la que te sientes invencible. Terminas la carrera y quieres buscar trabajo con sueldos magníficos. Las relaciones amorosas se tornan más estables y ya se quiere buscar pareja definitiva. Las trasnochadas no duelen, te juegas todos los partidos, las decisiones son impulsivas, las fuerzas alcanzan para todo. Juventud divino tesoro.

La cuarta década (31 a 40 años) es cuando empieza la adultez de verdad. Se empieza a recogen los primeros frutos de lo sembrado en las décadas pasadas, frutos buenos o malos. Para bien o para mal en este tiempo ya deberíamos estar perfectamente bien ubicados en todos los niveles de nuestra vida y con una nueva responsabilidad, la crianza de nuevos integrantes de la sociedad.

La quinta década (41 a 50 años) es el tiempo de la consolidación de nuestra profesión y nuestras familias. También en esta etapa se comienza a considerar el cuidado personal, las rodillas duelen después de los partidos y los guayabos duran días. Caemos en la cuenta de que no somos inmortales. Es cuando empiezas a ver las cosas con más calma y tal vez con un poquito de nostalgia.

La sexta década (51 a 60 años) es el momento de los reconocimientos por las ejecutorias en nuestra profesión. Para bien o para mal somos los referentes de la sociedad de la cual participamos. Pero el tiempo comienza a agotarse, de manera que es hora del envión final para lograr un buen retiro.

Cuando te asomas en el espejo y comienzas a ver mas a tu padre que a ti mismo, cuando los encuentros con tus amigos se producen mas en los sepelios que en la playa, cuando las citas que tienes programadas están mas relacionadas con problemas de salud que con actividades placenteras o cuando el presupuesto en fármacos es mayor que el de las bebidas espirituosas, es porque definitivamente te cayó la séptima década (61 a 70 años)

Aunque cada momento de la vida trae sus propios desafíos, aventuras y sorpresas. Las últimas décadas de la vida están rodeadas de los tradicionales problemas de salud que van tocando a tu puerta sin excepción. De manera amigos que a cuidarse bien y a prevenir achaques para gastar la pensión en diversión y no en medicación.

 

sábado, 11 de noviembre de 2023

Hacer mercado


La migración de los hijos a la capital en busca de un mejor futuro obliga a la separación temporal de la familia. Dos largas semanas lleva Maruja en la capital organizando el apartamento de los hijos de manera que el mantenimiento de la casa en Curramba le toca a este pechito. Aclaro de una vez que este encargo en realidad se lo dejo a nuestra asistente del hogar que lo hace muy bien. Solo un oficio lo asumo personalmente y no lo delego a nadie, hacer el mercado. En la cotidianidad Maruja se encarga de ese rubro, pero cada vez que tengo la oportunidad asumo este encargo con gusto.
Si, me gusta hacer “la compra” así se refería mi papá al hacer mercado. Recuero desde muy pelao acompañarlo al centro para hacer las compras a precios más accesibles y para encontrar mayor frescura en los productos. Mi papá gozaba regateando el precio de todos los productos escogidos. Estoy convencido de que los mercaderistas subían los precios apenas el preguntaba por el costo del producto, de manera que al regatear quedaban en el valor original. Lo cierto es que el salía contento luego de obtener una rebaja con su regateo. 
Me gusta disponer del tiempo suficiente para escoger las frutas y vegetales en su punto adecuado. El viejo me enseñó a escoger los mejores productos, a distinguir los limones secos de los jugosos, fijarse en los ojos y las escamas del pescado para saber si este está fresco y uno muy importante cómo distinguir una yuca rucha de una harinosa. Aclaro de una vez que aquel método no aguanta un estudio epidemiológico. La yuca saldrá rucha o harinosa independiente de la técnica que se use para escogerla y solo se conocerá su calidad luego de pagarla y cocinarla en la casa. Por eso aquella frase que dice: no hay mayor felicidad que cuando se escucha desde la cocina la yuca salió buena.
Del mercado de las empresas publicas en donde aprendí a escoger el mercado pero no a regatear pasamos a la Olímpica de la 72 con 47, el primer supermercado con el formato actual en donde se compraban solo algunos productos básicos. Mi papá no abandonaría el mercado del centro sino hasta muchos años después cuando los dependientes de la Olímpica se convirtieron en sus amigos. Entonces al viejo le tocó cambiar el regateo por obtener la mejor calidad de los productos que sus amigos le guardaban para cuando el anunciaba su visita. 

 

 


 


sábado, 22 de julio de 2023

La tienda del barrio


No sé si esto que paso a comentar ocurre en el resto del país y tampoco sé cómo ocurren las cosas en los países vecinos, mucho menos en otras latitudes, pero aquí en Barranquilla todos crecimos cerca a una tienda que suplía las necesidades y urgencias caseras que se presentan en el día a día. 

Usualmente localizada en una esquina, casi siempre administrada por gente del interior del país, santandereanos o paisas, las tiendas de barrio son el negocio familiar más difundido en nuestra ciudad. Por pequeña que pueda parecer la tienda cubre todas las necesidades que una familia pueda tener. Usted llega y pregunta por lo que sea y se lo tienen. El dependiente da una vuelta, mete la mano por aquí o allá y “voila” la astilla de canela que hacía falta, el pliego de papel periódico para la tarea, el Dolex forte para el dolor de cabeza, mejor dicho lo que sea. Pero eso no es lo que más me sorprende de estas tiendas de abarrotes surtidas como almacén de grandes superficies. Lo más sorprendente es que todos se saben los precios de lo que tienen a la venta y lo dicen sin pestañear. Desde un limón para arriba el dependiente suelta el precio sin el mínimo asomo de dudas.

En la tienda hay trabajo para toda la familia pero el que lleva la voz cantante es el que tiene él kilométrico en la oreja. Ese personaje hombre o mujer se sabe todos los precios, saca las cuentas sin calculadora, no necesita de báscula para saber cuantas libras pesa lo que lleva el vecino y trabaja 24/7 sin que se le note.

Ni hablar de los domicilios esos señores le llevan a la puerta de su casa lo que usted pida, no importa el costo. No hay que inscribirse en la pagina web de la tienda, no hay que esperar a que su llamada sea grabada y monitoreada por su seguridad o para mejorar el servicio, tampoco le intentan meter otros artículos, no se llenan encuestas, nada. Solo dos preguntas: qué necesita y a donde le mandan el pedido, la demora perjudica. En la tienda se lo envían rápido y hasta fiado, claro que es necesaria cierta vara alta con el del kilométrico. Ese es el único personaje que puede evadir el refrán que toda tienda de barrio tiene en el vidrio de la vitrina: hoy no fio, mañana si. Para eso es que usan el kilométrico para anotar en el credi-Marlboro. Sistema que a juzgar por la canción La Comprita de la Dimensión Latina no  siempre funciona.

Un saludo en la distancia a los amigos de la tienda del pradito y a los herederos de las señoras de la tienda de las viejitas, sus bolitas de coco y los panes de 20 centavos sirvieron para aplacar mi proverbial apetito adolescente.

 

 

sábado, 1 de octubre de 2022

Semana cultural

 

 

Corría el año de 1980,  en los tiempos libres los estudiantes de quinto año de bachillerato se dedicaban a lo que todo pelao de esa época podía hacer, oír música, jugar fútbol o baloncesto, las opciones no eran muchas. Hasta que llegó un cura con ideas diferentes. Jaime Pedro Pablo Ortiz Santacruz fue nombrado director académico y con él llegaron unos inesperados cambios. Se crearon el coro del colegio con la dirección del músico Mincho Anaya; se estimuló el grupo musical las Termitas Band; se conformó un grupo de teatro con la dirección de Luis Ruiz y se permitió la inclusión de estudiantes de colegios femeninos en el coro y el grupo de teatro. Para esos años los colegios mixtos eran toda una utopia. 

Mas utópicas quizás fueron las semanas estudiantiles también llamadas culturales de esos años. Con el apoyo de Jaime, Mincho y Lucho Ruiz se montaron tres eventos que fueron replicados al año siguiente y que me dejaron un grato recuerdo. Los eventos fueron un festival de coros y un festival de la canción intercolegial. También se hizo una presentación de dos obras de teatro. El medico a palos de Moliere en 1980 y Antígona de Sófocles en el año siguiente.

Fueron dias de arduo trabajo, los estudiantes hicimos las escenografías y los montajes. Para Antígona, en el año 81, se tomó la gradería de piedra del patio principal del colegio como escenario, el público fue acomodado en las canchas de baloncesto en frente. La presentación fue de noche, de manera que por la iluminación, las gradas lucían como la antigua Grecia.

El festival de la canción y el festival de coros intercolegiados fue todo un espectáculo. La competencia entre los colegios hizo más interesante los eventos. 

El de coros se hizo en el auditorio central del colegio, el festival de la canción fue en el coliseo con tarima, luces y amplificación profesional traída por el profesor Edgar Grice que tenia ese negocio. Qué tiempos aquellos...

Traigo todo este cuento a colación por la fotografía que me hizo llegar el compañero del grupo de teatro Apolinar Theran. Si la memoria no me falla estábamos en la práctica del médico a palos, obra de Moliere, nuestro primer montaje. A partir de allí y con el apoyo de los profesores se hicieron los festivales y las otras presentaciones. 

No sé si todavía se hagan estos eventos pero les aseguro que gracias a estas iniciativas aprendimos y nos cambio la vida a muchos de los que vivimos estos momentos. Quizás es muy tarde para dar las gracias a todos los que participaron y apoyaron, algunos ya fallecidos, pero....de todas maneras gracias…

sábado, 18 de junio de 2022

En Barranquilla me quedo



Suele suceder que los extraños identifican con más facilidad las bondades de un lugar que sus propios habitantes. El cuento viene porque hace unos días conocí a un mexicano americano que decidió radicarse en Barranquilla para vivir sus años de retiro. La historia completa es que el hombre, por estar casado con una barranquillera, disponía de tres opciones para ubicar sus cuarteles de invierno: La primera opción es México, su país de nacimiento, con el cual mantiene estrecha comunicación; la segunda los Estados Unidos, país donde trabajó por 45 años y Colombia, país de nacimiento de su esposa. 
La respuesta no parece tener mayor problema, los Estados Unidos y México tienen ventajas que hacen fácil inclinarse por cualquiera de los dos países. Pero este, ahora colombo mejicano, sin titubeos contestó que desde el momento que conoció a Barranquilla le dijo a su esposa que sus últimos años los pasaría en la Arenosa. Parafraseando al Joe nuestro amigo dijo a su familia: en Barranquilla me quedo. 
Obviamente pregunté cuál fue la razón que lo llevó a decidirse por Barranquilla. Su respuesta fue clara y contundente porque aquí hay fiesta y alegría todos los días.
Explicó que su país era muy bonito pero lo prefería para ir de vacaciones. Con relación a los Estados Unidos a nuestro nuevo vecino los gringos le parecen muy aburridos. En el gigante del norte a los adultos mayores los mata el tedio, de manera que tampoco.
En cambio Barranquilla es una ciudad en donde se vive de fiesta en fiesta, fueron sus palabras textuales. Cuando no cumple años el vecino de enfrente, se casa el de al lado, se gradúa de bachiller el de la esquina, se bautiza el hijo del primo, en fin no me imagino el barrio en donde vive este nuevo hijo de Curramba. Qué habría ocurrido si este amigo hubiese llegado a la ciudad en la época en donde las casas no disponían de las poco amigables rejas que hoy la inseguridad obliga. La costumbre era pasar de pretil a pretil o visitar la casa de al lado sin otro anuncio que llevar algún delicioso plato típico recién preparado, para luego compartir los últimos chismes de la vecindad.
Qué bueno sería una Barranquilla con los encantos de hoy, parques, malecón, plaza de la paz y casas sin rejas en donde los vecinos convivan tan felices que todos los días son viernes. 

 

 

miércoles, 30 de junio de 2021

Barata felicidad

La poco impactante frase mencionada con frecuencia, como cambian los tiempos, se repite a diestra y siniestra. Hace más años de los qué quisiera reconocer, durante mi adolescencia, me parecía aburridísimo el programa de Abelardo Forero y Tito de Zubiría El pasado en presente. Para los amigos lectores que desconocen el uso de un Betamax, el programa consistía en escuchar la conversación de dos hombres mayores sobre temas más viejos que ellos. Sí, los tiempos cambian, hoy quisiera tener el tiempo y el espacio para sentarme con los amigos entrañables a disfrutar del arte de conversar, como lo hacían Tito y Abelardo. 
Conversar hasta que el sueño nos venza, riendo con las mismas anécdotas referidas casi con el mismo orden en que se produjeron. Acompañados por las mismas canciones que inspiraron noches de bohemia. Quiero departir con los vecinos, con la familia, con los amigos del alma, con quien comprenda el significado del verbo departir. Hoy anhelo esos momentos perdidos en las nebulosas del tiempo y de la pandemia. Aquellos momentos en que éramos felices e ingenuos, como acertadamente apunta Claudia. Ingenuos porque creíamos que éramos los dueños de nuestra vida y nuestro futuro.
Hoy cuando un año más cae en mi historia y que ya entiendo que no soy dueño de nada, quiero enviar un mensaje a los amigos, a la familia escogida, a los que son mi verdadera fortuna. 
Amigos todos, los quiero invitar a que tomen un momento y aplíquense una dosis de felicidad espontánea. Ya, ahora, sin pensarlo, sin tapujos, disfruten de un momento inesperado de placer, no se van a arrepentir. 
Roben un beso a su pareja y ojalá otro poquito más; ve a tu ventana favorita y mira más allá de las torres escuchando la música que te gusta, a todo el volumen que disfrutes. Busquen un momento de felicidad barato, esos son los inolvidables. 
Gracias por acordarse de este amigo que los quiere y que anhela su momento de felicidad conversando con ustedes.

domingo, 11 de abril de 2021

La 48


Le atribuyen a Garcia Marquez una frase que seguramente no es de su autoría pero que sirve a mis propósitos de abrir el baúl de los recuerdos “No somos de dónde nacemos, somos de dónde vivimos la adolescencia” En ese caso yo soy de la carrera 48 con calle 70. No soy de la calle 42 con carrera 46 porque allí viví hasta los nueve años. La niñez fue del barrio centro y la adolescencia de la 48.

La niñez tiene su historia, en el centro tuve mis primeros amigos. Hernando con quién hacía bolas de trapo con medias viejas y jugábamos al fútbol en la acera de la casa. Monté la primera bicicleta. En nebulosas recuerdo al señor Pocho con quien dicen me sentaba a conversar escapado de las enaguas de mi mamá. El colegio de la señorita Mary, en donde aprendí mis primeras letras. La iglesia del Rosario en donde fui monaguillo y me sirvió para mis primeras aventuras y mis primeros pesos. Las peritas cosechadas en el patio de la casa de doña Olga, ráfagas de recuerdos. 
Cuando estaba por comenzar la adolescencia nos mudamos para la casa de la tia Magola en la carrera 48 con 70, corría el año 1973. Hoy pienso que la cuadra representaba una clásica calle de Barranquilla, desde el punto de vista de ordenamiento territorial. En su mayoría constituida por casas de familias, tenia en la esquina norte dos edificios. El Hasbun como de 10 pisos y otro en frente de dos pisos. En la esquina sur una clínica pedíatrica. La carrera 48 era un ejemplo de desordenamiento urbanístico.  
En todo caso, la carrera 48 es una calle larga que a principios de los años 70 estaba fundamentalmente habitada por familias de clase media. Doña Mary de la Pava fue nuestra vecina toda la vida, Los primos Blanco Castilla vivieron en frente varios años, la familia Senior arribita de los primos. Doña Lilia de Reyes habitaba la casa de enfrente, El señor Parada y sus hijos más abajo, Doña Ana Teresa de García también mas abajito, vecina de las Ibáñez. 
Victor y Julio Echeverri que vivían al lado de las Ibáñez, Gabriel Martinez entre los Beltran de la Pava y los Parada junto a Jaime Peña y Carlos Moy, vecinos de la carrera  49, cerraban el selecto grupo de amigos que la adolescencia me dejó y todavía conservo.
Fueron mis años maravillosos, en la 48 ocurrió mi primer todo. No olvido las fiestas con papayera en donde doña Roque. Ella y la señora Ana Teresa nos enseñaron a bailar para que disfrutáramos de la reunión. Las noches tranquilas de la ciudad permitían jugar de todo: el escondío, la lleva, el quemáo, trompo, bolita de uña y por supuesto los partidos de bola’etrapo jugados en la calle con la única preocupación de no romper la ventana de un vecino. La cercanía del “Suri” y su primera remodelación permitió alternar la bola’etrapo con el baloncesto. Paliábamos la sed y el hambre en la tienda de las viejitas con una CocaCola y un pan de 20. Sentados en el bordillo, muchas veces en silencio, como corresponde entre los buenos amigos, pasaron los años de una adolescencia sana y sin problemas.
¿De dónde eres tú?

 

lunes, 11 de enero de 2021

Escenario del regreso y agradecimientos

Habían pasado casi siete años desde aquel 19 de junio cuando migré a la capital en busca de cumplir el sueño de ser especialista. La referencia era muy fácil de recordar, en esa fecha, durante el mundial de Italia 90, Colombia le empató al poderoso equipo alemán en el ultimo minuto, con una anotación de antología. En qué momento se pasaron siete años desde aquel gol de Rincon. Terminaban siete años de trabajo duro en búsqueda del crecimiento personal y académico. Hector Lavoe lo canta mejor, todo tiene su final. 

En la vida todos los plazos se cumplen, sin excepciones los momentos llegan. En marzo de 1997, luego de recibir el grado de reumatólogo, había llegado la hora de escoger el mejor lugar para fundar una familia, para echar raíces, para ver crecer a unos hijos, para ejercer la profesión, para quién sabe que más cosas. Debía tomar una decisión correcta, Barranquilla o Bogotá, ese era el dilema, no podía fallar.

El escenario estaba complejo, en el país la guerrilla y los paramilitares se debatían por el poder en la Colombia rural. Masacres atribuídas a los unos o a los otros ocurrian aquí o allá diariamente. Mientras tanto, el presidente Ernesto Samper trataba a toda costa de sostener un mandato obtenido con la mancha del narcotráfico. Conclusión rápida, Colombia tuvo entre 1995 y 1999 la tasa de migración forzada mas alta de toda su historia (5,3 por 1000 habitantes)1

Bogotá en cambio, daba claros visos de recuperación. La cultura ciudadana de Antanas Mokus daba resultados y prometía mejorar con la elección de Enrique Peñalosa. Ni hablar del aspecto económico y laboral, en la capital ese problemita estaba resuelto, la oferta bogotana era seductora. Un contrato de ocho horas con el Instituto de seguros sociales y consulta en dos prestigiosos centros reumatológicos, hacían tentador el aspecto económico de la oferta. El trabajo ya consolidado de Maruja, el apoyo de mis suegros y la compañía de mis mejores amigos consolidaban la propuesta. El problema estaba en que la transformación de la capital requería tiempo y sacrificio. Una frase escuchada en algún momento a Piter resonaba en mi cabeza: “No quiero pasar la mitad de mi vida esperando que un semáforo cambie de rojo a verde” El trueque era economía boyante por calidad de vida.

Mientras tanto desde la tierrita jalaban la familia y la nostalgia. Los viejos y mi hermana necesitaban de un buen apoyo. Durante el último año de mi formación profesional tuve que desplazarme en dos ocasiones a Barranquilla. Mi hermana y don Camilo presentaron sendos problemas de salud que requirieron mi presencia para poder superarlos.

Por el otro lado, ver a Junior los domingos, gozar a plenitud del carnaval y tener a mi disposición la costa norte producían ese nostálgico olor de guayaba que todos los Caribes necesitamos para vivir. El problema, de nostalgia no vive el hombre. En ese par de viajes pude apreciar, de primera mano, que el regreso a la ciudad de mis amores no sería fácil. 

La situación sociopolítica que se vivía en Curramba por esa época presagiaba dificultades al momento de encontrar un buen trabajo. Retornar a la Barranquilla de hoy puede ser un lujo, mucha gente lo quiere hacer, en 1997 era una locura. El enfrentamiento entre la clase política tradicional y el fortalecido movimiento ciudadano del inefable padre Hoyos, no dejaban prosperar a la ciudad. Para colmo de males la Ley 100, regidora del destino de la salud en el país, hacia agua por todas partes. Aunque el palo no estaba para cucharas, decidí probar suerte en la poco prometedora capital del Caribe.

Por aquellos días ya Camilo era parte importante de la familia y del presupuesto, de manera que antes de regresar debía asegurar la estabilidad de la frágil economía familiar. Para tal fin, Martha conservaría su trabajo en Bogotá, yo viajaba solo. Por otro lado, gracias al apoyo de Jose Felix Restrepo, compañero, amigo, profesor y colega, se programó en su centro una consulta semanal de reumatología cada mes. La semana bogotana cumplía entonces doble propósito, apoyar la frágil economía familiar y mantener la estabilidad conyugal de la joven pareja.

Finalmente, en mayo de 1997, armado con los cartones de internista y reumatólogo otorgados por la Universidad Nacional de Colombia, llegué a Barranquilla a probar suerte...


Adenda.

Decía Marco Tulio Cicerón que "Tal vez la gratitud no sea la virtud más importante, pero sí es la madre de todas las demás”. Otra frase pertinente en este momento para el tema de agradecimiento es un proverbio judío que dice “Quien da no debe acordarse; quien recibe no debe olvidar nunca.

Aprovechando estos dos sentencias quiero una rápida pero sentida mención de las personas que contribuyeron para que esos primeros seis meses en La Arenosa fuesen al menos provechosos.

Pedro Mullet Borja: Concedió vacaciones en el ISS de Endocrinología, Infectología, Medicina Interna.

Pedro Pinto Nuñez: Asignó un semestre de semiología en la Universidad del Norte

Jaime Mercado: Me prestó su consultorio sin ninguna contraprestación.

Wilson Tejeda Gomez: Sirvió como punto de contacto en las diferentes clínicas.

A todos ellos gracias.

sábado, 4 de abril de 2020

La mecedora

Una agradable lectura vespertina, fantástica para tolerar estas largas tardes de cuarentena, me llevó a recordar un tema pendiente de comentar con mis amigos y contertulios. En su crónica Katia Hernández Urueta, extraordinaria narradora de nuestro caribe, hace una corta mención que pudo pasar inadvertida a los lectores, sobre una costumbre de nuestra costa que ojalá no se pierda por los avatares de las nuevas épocas. Me refiero a la costumbre de sacar las mecedoras a la terraza y sentarse a conversar de lo divino y lo humano, saludando a todo aquel que pase por el frente de la residencia, mientras se atenúan los efectos de las altas temperaturas en el interior de la casa. Aprovecho entonces la crónica sabanera de hoy para dejar sentado en este texto un reconocimiento a este articulo fundamental en el mobiliario de cualquier casa de nuestra costa colombiana y de muchos lugares de nuestro país. La mecedora puede considerarse como el mueble infaltable en toda familia costeña. No creo equivocarme cuando digo que todo aquel que haya nacido en la costa colombiana fue dormido por una mecedora arrulladora.
Como trae mi amiga Katia a colación, en las terrazas costeñas las mecedoras acompañaron las historias, cuentos y leyendas que fueron contadas por los mayores a sus menores en las noches de calor. Pero no solo se contaron cuentos, las mecedoras fueron testigos de primera mano de todos los ires y venires de las familias. Sentados en ellas se arreglaron problemas de toda índole, se hicieron componendas, se aliviaron deudas y diferencias, en fin, las mecedoras fueron participes de la historia familiar.
Las propiedades terapéuticas de las mecedoras no están confinadas únicamente al aspecto paliativo de las altas temperaturas. Todos los médicos sabemos que la recuperación de un paciente convaleciente se logra con mayor presteza en una mecedora. No hay guayabo terciario que no se doble ante una mecedora pechichona.
Si tiene dificultades con la lectura de algún texto, le recomiendo sentarse en una mecedora bien confortable, sino lo entiende por lo menos se dormirá con comodidad. Mañana será otro día y con la mente despejada será fácil asimilar la lectura. El punto anterior me recuerda otro servicio aportado por la mecedora en los hogares. No hay mejor lugar para una siesta corta que una mecedora ojalá localizada por donde circula la brisa.
Seguramente ustedes mis amigos me ayudaran con otras utilidades de la mecedora, entre tanto les mando un fuerte abrazo de cuarentena.

martes, 31 de diciembre de 2019

Nostalgias musicales

Hace algunos días un amigo, ya casi hermano, me recordaba mi inclinación por los temas generadores de nostalgia. Aunque el comentario requiere un análisis profundo, la fecha no es propicia para honduras filosóficas intrascendentes. Pero para darle cuerda al comentario de mi estimado condiscípulo y contertulio, traigo a los seguidores de esta columna, una selección de mis últimas nostalgias propicias para las fiestas del fin de año.
Solo para ambientarlos en el tema les cuento que desde hace algún tiempo me dedico a recopilar canciones viejas capaces de generar alguna remembranza agradable.
Hoy les quiero dejar una colección del último trabajo de búsqueda nostálgico musical. Como deben suponer no existe ningún orden de presentación ni ningún elemento de búsqueda sistemática.  El único criterio de selección es que yo recuerde con agrado alguna parte del tema o la melodía.  
Si esta recopilación les recuerda algún momento especial, una nostalgia, este trabajo habrá obtenido su mejor recompensa, si no es así usted tiene menos de 40 años.

1.    El cuarto de Tula. Esta melodía cubanísima tiene múltiples versiones. Les traigo del Buena Vista Social Club 1997  

2.    Tienes que quererme. De la orquesta de Chico Cervantes 1976.

3.    Vámonos de fiesta. Los Blanco de Venezuela podrian tener todos los temas de esta lista. Traigo este número de 1984 por ser una melodia propia de le época y buena para bailar.

4.    Buscandote. De 1977 con la voz de Peper Pimienta Diaz, los Latin Brothers.

5.    Fiesta. Del decano de los conjuntos cubanos La Sonora Matancera 1979.

Envío a todos los que han tomado algo de tiempo para leer esta nota mis mejores deseos para el nuevo año.

Chao.