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sábado, 5 de septiembre de 2026

Inteligencia artificial, si o no

Mi caro y respetado exalumno Fabián Ruiz me hizo llegar un excelente artículo sobre la inteligencia artificial y su papel en la educación actual de los profesionales de la salud.

La conclusión es, como era de esperarse, que la inteligencia artificial generativa debe ser una herramienta que facilite el ejercicio profesional en beneficio de la salud de los pacientes, y no un medio para que los estudiantes obtengan notas fabulosas gracias a los magníficos textos que ella escribe.

Y es que escribir con ayuda de la inteligencia artificial resulta muy fácil. Les cuento lo que me ha pasado con este nuevo desarrollo de la humanidad. Como habrán notado mis lectores de Facebook, llevo varios meses en silencio. No encuentro una explicación clara para esta falta de inspiración. Sencillamente, la musa se murió. Hasta que un día escuché en algún pódcast que la inteligencia artificial podía ser la solución a mis problemas. Tenía varias ideas escritas, pero ninguna lograba ayudarme a arrancar. Estaba bloqueado.

Decidí seguir las recomendaciones de algunos de los numerosos pódcast que enseñan a utilizar esta nueva tecnología. Preparé varios prompts y los apliqué a un borrador que tenía guardado. El resultado fue una crónica escrita por ChatGPT con el estilo de eforerocuenta.

Aunque se veía muy bien y se parecía bastante a mis textos, había un problema: yo sabía que no la había escrito. Aquí la pueden leer:

Trece, por inteligencia artificial

Pese al parecido, no fui capaz de publicarla hasta hoy, y tuve que acompañarla de toda esta introducción para explicar semejante atrevimiento.

Comenté el asunto con algunos amigos y llegué a la conclusión de que no debía utilizar la inteligencia artificial para escribir por mí. Podía ayudarme a corregir una frase, ordenar un texto o encontrar una de esas comas que siempre aparecen donde nadie las invitó. Pero no podía entregarle mis recuerdos y pedirle que los convirtiera en una crónica, porque entonces el texto podría parecer mío, pero ya no sería mío.

El artículo que me envió Fabián terminó de aclararme el asunto. En la educación, la inteligencia artificial debe ayudar al estudiante a aprender, no aprender en su lugar. En la escritura ocurre algo parecido: puede acompañar al escritor, discutirle una palabra y hasta sacarlo de un atasco, pero no debería quitarle el placer —ni el trabajo— de encontrar su propia voz.

Por eso he decidido volver a escribir como antes: lentamente, lleno de dudas, borrando párrafos y volviendo a empezar, mientras espero que la musa tenga la gentileza de regresar. La inteligencia artificial podrá ayudarme con la ortografía, con alguna frase rebelde y, de vez en cuando, con un título. Pero las historias, las anécdotas y esas nostalgias que sirven para escribir una buena crónica, esas serán solo mías.

 

 

Trece by IA

En Barranquilla hemos logrado una hazaña digna de estudio antropológico: convertir un número en peligro público. No por superstición, ni por tragedias históricas, ni por misticismos importados. No. Aquí evitamos el trece porque basta pronunciarlo para que a cualquier ciudadano se le active, como resorte oxidado, un repertorio de frases de doble sentido y contenido homofobico que, para desgracia de la aritmética, riman con él.

Mientras la bobada se quedaba en la esquina, uno la dejaba pasar. El barrio tiene derecho a sus rituales, así sean absurdos. Pero un día la gracia dejó de ser gracia y empezó a trepar, silenciosa, como humedad en pared vieja. Y cuando el chiste llega a los escritorios oficiales, ahí sí la cosa se pone fea.

El punto de no retorno llegó cuando me encontré con un mensaje institucional que celebraba los “212+1” años de Barranquilla. No 213. No. “212+1”. Una suma. Una operación matemática para evitar un número. Como si la ciudad no estuviera preparada para enfrentar la realidad aritmética. Imagino la reunión: “Señores, no podemos poner 213. La gente se descontrola. Propongo camuflarlo”. Y todos, muy serios, aprobando el camuflaje numérico como si fuera una estrategia de seguridad nacional.

Ahí entendí que la broma había dejado de ser popular para convertirse en política pública. Una tradición oral había ascendido, sin concurso de méritos, a la categoría de comunicación oficial. Defender la cultura popular está muy bien; poner al calendario a rendirle pleitesía ya me parece un exceso.

Porque una cosa es que el compadre del barrio evite el trece para no escuchar la cantaleta de siempre, y otra muy distinta es que las autoridades —esas que no logran sincronizar un semáforo ni por accidente— decidan sumarse al jueguito. Uno esperaría que estuvieran ocupadas en asuntos más urgentes que esconder números.

No tengo nada contra el humor. Lo celebro. Lo practico. Lo defiendo. Pero cuando un chiste se vuelve tan omnipresente que obliga a reescribir los afiches, modificar los discursos y hacer que la ciudad hable en clave para evitar respuestas automáticas, deja de ser humor y se convierte en trámite.

Si seguimos así, pronto los niños aprenderán que después del doce viene “el número que no se menciona”, y los afiches oficiales dirán “doce más uno”, “veintiséis dividido entre dos” o “cuarenta menos veintisiete”. Todo para no despertar al monstruo del doble sentido.

Y yo, que siempre pensé que Barranquilla era alegre, espontánea y un poquito loca, descubro ahora que también puede terminar rehén de su propio ingenio: una ciudad donde hasta los números tienen que andar con escolta.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Carta a los futuros pensionados

Y llegué a la edad de adoptar la condición de pensionado.

La frase todavía me resulta extraña. Durante buena parte de la vida uno ve la pensión como algo lejano, una de esas cosas que solo le pasa a los viejos. Los pensionados eran señores mayores cuya principal actividad parecía ser encontrarse, al final de cada mes, haciendo fila en los bancos del centro de la ciudad, mientras se ponían al día sobre los achaques de los compañeros del trabajo, del colegio o de la universidad.

Ahora resulta que uno de esos señores voy a ser yo.

Dentro de un mes.

Por eso he decidido dejar algunas recomendaciones a quienes vienen detrás.

La primera es mantenerse pendientes de los cambios que haga el gobierno de turno para garantizar la sostenibilidad del sistema pensional. La expresión "sostenibilidad del sistema" es muy importante. Cada vez que la escuchen, revisen el bolsillo. Los gobiernos tienen la admirable capacidad de preocuparse simultáneamente por nuestro futuro y por sus necesidades presentes, y no siempre ambas preocupaciones coinciden.

No importa cuánto hayan planeado. Durante los treinta o cuarenta años que dura la preparación para pensionarse aparecerán varias reformas pensionales, cada una presentada como la definitiva. Cambiarán las edades, las semanas, los porcentajes, los fondos, las fórmulas y probablemente hasta el significado de la palabra pensión. Lo único que permanecerá inmodificable será nuestra obligación de seguir aportando.

Mi segunda recomendación es más personal: adopten algún sistema de ahorro voluntario. No importa si al principio es poco. Háganlo con disciplina.

Cuando somos jóvenes nos dicen que debemos ahorrar para mantener el nivel de vida previo a la pensión, o hacer las cosas que la vida laboral no permitió. Es una buena idea. Pero mi experiencia como médico me hace recomendar agregar una casilla más a la hoja de cálculo: cuidador.

Porque a cierta edad uno empieza a descubrir que el verdadero lujo quizá no sea tomar un crucero por el Caribe, sino contar con alguien dispuesto a empujar la silla de ruedas, ayudarnos a levantarnos de un sofá demasiado bajo, recordarnos dónde dejamos las llaves, comprobar si realmente nos tomamos las pastillas y, sobre todo, escucharnos contar por quinta vez la misma historia como si fuera la primera.

Por eso, además de calcular cuánto necesitarán para vivienda, alimentación, viajes y entretenimiento, calculen cuánto costará alguien que nos acompañe cuando aparezcan los achaques. Y háganlo con generosidad. Después de todo, aunque sea de la familia, un buen estímulo económico siempre facilitará la difícil tarea de soportarnos.

Tengo más recomendaciones, pero la jubilación se aprende ejerciéndola. Por ahora, baste decir que trabajar por décadas soñando con el tiempo libre enseña una lección inesperada: cuando finalmente lo conseguimos, descubrimos que también necesitamos aprender qué hacer con el. 

                                                                                                                                                                                                         

sábado, 1 de agosto de 2026

El único testigo

Antes de que la televisión llegara a nuestra casa, el centro de la vida familiar era un enorme radio Philips de tubos. Más que un electrodoméstico, parecía un mueble: una gran caja de madera, con un tablero alargado lleno de números y siglas, dos perillas enormes y una hilera de teclas blancas. Alrededor de aquel aparato escuchábamos las noticias, los programas musicales y, por supuesto, las aventuras de Kalimán. No sé cuánto pesaba, pero después de conocer la historia que voy a contar, calculo que para moverlo se necesitaban un hombre fuerte o un ladrón suficientemente motivado.

En las noches nos sentábamos cerca del radio para escuchar las historias del hombre increíble. La imaginación hacía el resto. No necesitábamos imágenes para ver a Kalimán enfrentándose a los villanos ni para seguir las aventuras de Solín. Bastaban las voces, los efectos de sonido y aquel radio grandote convertido en teatro, periódico y lugar de reunión familiar.

Un día, cuando tendría cinco o seis años, mis padres salieron a realizar unas diligencias cortas y me dejaron solo en la casa. En esa época no existían los celulares, las cámaras de seguridad ni esos dispositivos que permiten vigilar a los niños desde cualquier lugar. Tampoco parecía necesario. Yo era un muchacho tranquilo y me habían dejado haciendo las tareas.

Me gustaba estudiar sentado en el piso, con el cuaderno apoyado sobre el sofá. Ese día estaba allí, concentrado en mis deberes y a una distancia prudente del radio: unos cuatro o cinco metros. La precisión resulta importante porque, como se verá, yo era el único testigo disponible.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando regresó mi mamá. Entró preocupada al encontrar la puerta de la calle abierta y lo primero que hizo fue buscarme. Me encontró en el mismo lugar, sentado en el piso, con el cuaderno abierto sobre el sofá, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué pasó? —me preguntó angustiada.

No entendí la pregunta. Para mí no había pasado absolutamente nada. La casa estaba en silencio, yo seguía con mis tareas y ningún villano de Kalimán había aparecido por allí.

Entonces mi mamá miró hacia el lugar que ocupaba el enorme aparato y descubrió el vacío.

El radio Philips había desaparecido.

Alguien había entrado a la casa, recorrido la distancia que lo separaba de mí, cargado aquel armatoste de tubos y salido por la puerta. Todo mientras yo permanecía a cuatro o cinco metros, entregado con sorprendente devoción a mis obligaciones escolares. No escuché pasos, no vi sombras y tampoco noté que estuvieran llevándose uno de los objetos más grandes de la sala.

Debí ser el único testigo presencial de un robo que no presenció nada.

Mis padres no me regañaron. Mi mamá estaba demasiado aliviada de encontrarme sano y salvo para preocuparse por mi absoluta incapacidad como guardián de la casa. Después de todo, el ladrón pudo haberse llevado algo mucho más importante que el radio.

El Philips nunca apareció. Tiempo después fue reemplazado por uno más pequeño, parecido al que había en casa de Cuya y Manuel Guillermo. El nuevo aparato daba las noticias y transmitía los mismos programas, pero ya no ocupaba el espacio físico ni sentimental del anterior.

Durante años pensé qué habría pasado si me hubiera dado cuenta de la presencia del ladrón. Tal vez habría gritado, corrido detrás de él o intentado defender aquel radio que era casi otro miembro de la familia. Cualquiera de esas posibilidades habría podido terminar mal. Al final, mi absoluta inutilidad como testigo pudo haber sido una fortuna.

Ahora entiendo por qué mis padres no me regañaron. El ladrón se llevó el enorme radio de tubos, pero me dejó a mí sentado en el piso, con el cuaderno apoyado en el sofá, haciendo las tareas… o tal vez dormido. Después de tantos años, tampoco puedo asegurar ese detalle: nunca fui un testigo muy confiable.

Treinta años de silencio

 Las grandes verdades familiares casi nunca se conocen en reuniones solemnes. No aparecen durante una conversación cuidadosamente planeada ni después de que alguien anuncia que tiene algo importante que decir. Suelen salir de repente, en medio de una discusión doméstica cualquiera, cuando nadie está preparado para recibirlas.

Conversábamos con mi hijo mayor acerca de la comida de la casa. Nada importante: una amable discusión familiar sobre si la comida estaba lista cuando él llegaba o si se preparaba como a él le gustaba. Esas pequeñas inconformidades que existen en todas las familias y que, mientras no se les dé demasiada importancia, permiten pasar la vida en paz.

Todo marchaba dentro de los límites normales hasta que Camilo soltó una revelación que sacudió uno de los pilares gastronómicos de nuestra familia: la comida que menos le gustaba era el espagueti con pollo en salsa roja y tocineta.

El comentario habría sido menos doloroso si se hubiera referido a cualquier otro plato. Pero aquel espagueti no era una comida cualquiera. Era —o yo creía que era— una receta familiar. Además, lo preparo yo.

Durante treinta años viví convencido de que mi espagueti con pollo y tocineta gozaba de la aceptación general. Nunca recibí una queja formal, una devolución del plato ni una solicitud de intervención por parte de las autoridades culinarias. Cuando era niño, mi hijo se lo comía. Y uno, como padre, interpreta que un plato vacío equivale a una felicitación al cocinero. Pues no. Ahora comprendo que también puede ser resultado de la obediencia, el hambre o la imposibilidad de pedir otra cosa.

Pero lo verdaderamente grave no era que hubiera guardado silencio durante tanto tiempo. Lo grave era que hoy mi hijo es chef. No estábamos, pues, ante la opinión caprichosa de un aficionado, sino ante el veredicto tardío de un profesional.

Según explicó, le molestaba el sabor del pollo sancochado.

La palabra “sancochado” cayó sobre la mesa con toda su carga destructiva. Treinta años de tradición familiar reducidos a un defecto técnico. Yo, que hasta ese momento me consideraba depositario de una receta apreciada, descubrí que quizás había estado sirviendo un plato que uno de mis principales comensales soportaba en silencio.

Mi esposa, presente durante la revelación, guardó un silencio sepulcral. No intentó defender la receta, pero tampoco respaldó al denunciante. Permaneció prudentemente al margen, como suelen hacer quienes poseen información delicada y prefieren no agravar su situación jurídica.

Mi hijo tampoco propuso una manera correcta de preparar el plato. Se limitó a señalar el problema. Me pareció una falta de solidaridad profesional: si un chef decide destruir una reputación culinaria construida durante tres décadas, por lo menos debería ofrecer una receta alternativa.

Yo no respondí. La verdad, me dio risa. Aquel desacuerdo acababa de convertirse en una anécdota, así que me fui inmediatamente a escribirla. Cada quien se defiende con las armas que tiene.

El espagueti con pollo en salsa roja y tocineta no será jubilado. Una receta con treinta años de servicio merece algo más que una acusación repentina para ser retirada. Seguirá formando parte del menú familiar. Claro que la próxima vez que decidamos sancochar pollo para la pasta, llamaré a mi hijo para que me ayude a mejorar el sabor. Al fin y al cabo, el chef es él.



domingo, 1 de febrero de 2026

Y se graduó Miguel Ángel… y de medicina no es nada

Siempre fue reservado, de esos muchachos que no hacen anuncios oficiales ni montan ruedas de prensa familiares. Nunca dio muestras de querer seguir mis pasos ni los de su hermana, que, para ser justos, tampoco dio señales tempranas de querer ser médica durante sus años escolares. En esta casa nadie nació con bata puesta ni estetoscopio de juguete.
A diferencia de algunos colegas que hacen campañas activas para que sus hijos no estudien medicina —como si uno los quisiera salvar de una maldición hereditaria—, yo no tomé partido. Ni lo empujé ni lo frené. Dejé que eligiera, que es una forma elegante de resignarse.
Seis años después de que Miguel decidió estudiar medicina, hoy, en pleno día de grado, se me ocurrió preguntarle por qué. No esperaba una respuesta poética ni un discurso de homenaje. Lo conozco. Y no me defraudó: fue breve, sobrio y sin violines de fondo. Dijo que había dos razones.
La primera nació en el colegio, cuando visitaban comunidades muy pobres, de esas donde no falta solo el dinero sino casi todo, empezando por la salud. Una brigada en Aguada de Pablo, un pueblo con un nombre bello, pero olvidado por todo, lo llevó a reorganizar sus ideas. Se dio cuenta de que ayudar a la gente no era una bonita frase de cajón sino una prioridad real. Y cuando uno entiende eso, la medicina deja de ser carrera y empieza a parecer destino.
La segunda razón fue más pragmática, como dictada por la inteligencia artificial. Las evaluaciones vocacionales dijeron que tenía habilidades para la historia y para las ciencias biológicas. Entonces hizo un cálculo simple: como historiador se moriría de hambre, y como médico, al menos tendría con qué pagar la comida. Así que escogió medicina por vocación… y por supervivencia. Una mezcla muy humana de idealismo y aritmética.
Hoy, después de seis años de estudio consagrado, las razones que te llevaron a estudiar medicina, te permiten recibir el diploma que te certifica como médico. Pero como debes sospecharlo el diploma no hace al profesional, apenas le da permiso para empezar. Ahora viene lo bueno: la construcción del verdadero conocimiento, al que se llega aprendiendo de las equivocaciones, soportando el cansancio de los turnos y con la certeza de que esta profesión necesita menos glamour y mucha más humanidad.
Hijo, bienvenido al oficio.

jueves, 1 de enero de 2026

Todo tiempo pasado.....

Hubo un tiempo en que salir a recrearse en Barranquilla era más un acto de fe que un plan estructurado. Los dos programas más emocionantes que yo recuerdo eran montarnos en la camioneta del tío Samuel o del primo Eduardo para cruzar el puente del arroyo de Felicidad y sentir ese vacío en el estómago que daba la bajada una especie de montaña rusa quillera, sin filas ni cinturón de seguridad. El otro gran plan era ir a Sears, solo para subir y bajar por la única escalera eléctrica que tenía la ciudad.
Claro que también estaban los parques, aunque decir “parques” es una forma generosa de llamarlos. El Suri Salcedo, a una cuadra de mi casa, tenía más tierra que grama y un par de resbaladeros de cemento cuya altura tan modesta no les alcanzaba para clasificar como toboganes. La construcción de una cancha de baloncesto ayudó a cambiar la hegemonía de la bola ’e trapo en el vecindario, aunque en los parques Venezuela y Washington los partidos de este deporte barrial siguieron jugándose por muchos años más. Otro seudo escenario deportivo de la época era el parqueadero del Romelio Martínez. Allí recuerdo haber tenido mis primeros encuentros con el deporte rey: el béisbol. Con un bate prestado y un guante de cuero tieso, me sentí por un momento más cerca del Yankee Stadium que del estadio Tomás Arrieta.
Hoy la ciudad es otra. Barranquilla, que durante décadas dispuso apenas de los tres o cuatro parques mencionados, el LEY, unas pocas salas de cine y las playas de Salgar y Puerto Colombia como opciones para distraer a la familia, se fue llenando poco a poco de espacios donde se puede estar juntos, sin preocupaciones y cerca de casa. Aparecieron parques con juegos modernos, ciclovías, fuentes que sí botan agua, canchas con grama sintética y zonas para practicar otros deportes. Los centros comerciales se abrieron en todos los sectores de la ciudad, con salas de cine y restaurantes para todos los gustos —del arroz de lisa al sushi, sin que falte la bolita de coco al final.
El Malecón, que parece diseñado para que los barranquilleros se reconcilien con su río, es ahora el paseo obligatorio del fin de semana. Ver a las familias pasear por allí —sin prisa, sin miedo, sin calor insoportable— es quizás la mejor prueba de que la ciudad ha aprendido a quererse un poco más.
 Y aunque a veces me dan ganas de decir que todo tiempo pasado fue mejor, la verdad es que me alegra que los quilleros tengan más dónde correr, más qué ver, más qué contar. Me emociona ver a los niños jugar en lugares que antes solo podíamos imaginar. Porque al final, más que cemento, parques o escaleras eléctricas, lo que de verdad importa es con quién se comparten los domingos. Y en eso, Barranquilla —y la vida— nos han ido cumpliendo.