A diferencia de algunos colegas que hacen campañas activas para que sus hijos no estudien medicina —como si uno los quisiera salvar de una maldición hereditaria—, yo no tomé partido. Ni lo empujé ni lo frené. Dejé que eligiera, que es una forma elegante de resignarse.
Seis años después de que Miguel decidió estudiar medicina, hoy, en pleno día de grado, se me ocurrió preguntarle por qué. No esperaba una respuesta poética ni un discurso de homenaje. Lo conozco. Y no me defraudó: fue breve, sobrio y sin violines de fondo. Dijo que había dos razones.
La primera nació en el colegio, cuando visitaban comunidades muy pobres, de esas donde no falta solo el dinero sino casi todo, empezando por la salud. Una brigada en Aguada de Pablo, un pueblo con un nombre bello, pero olvidado por todo, lo llevó a reorganizar sus ideas. Se dio cuenta de que ayudar a la gente no era una bonita frase de cajón sino una prioridad real. Y cuando uno entiende eso, la medicina deja de ser carrera y empieza a parecer destino.
La segunda razón fue más pragmática, como dictada por la inteligencia artificial. Las evaluaciones vocacionales dijeron que tenía habilidades para la historia y para las ciencias biológicas. Entonces hizo un cálculo simple: como historiador se moriría de hambre, y como médico, al menos tendría con qué pagar la comida. Así que escogió medicina por vocación… y por supervivencia. Una mezcla muy humana de idealismo y aritmética.
Hoy, después de seis años de estudio consagrado, las razones que te llevaron a estudiar medicina, te permiten recibir el diploma que te certifica como médico. Pero como debes sospecharlo el diploma no hace al profesional, apenas le da permiso para empezar. Ahora viene lo bueno: la construcción del verdadero conocimiento, al que se llega aprendiendo de las equivocaciones, soportando el cansancio de los turnos y con la certeza de que esta profesión necesita menos glamour y mucha más humanidad.
Hijo, bienvenido al oficio.