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sábado, 18 de septiembre de 2021

La vejez no viene sola


Mi crianza se desarrolló entre padres más adultos de lo usual. Mi papá recibió el título de padre siendo ya un hombre mayor. Don Camilo pasaba de los cuarenta años cuando decidió formalizar los devaneos amorosos sostenidos con mi madre, quince años menor que él. De manera que fui criado por un hombre ya mayor, para la época, pero con todas las ganas de tener una buena familia.

Mi relación con personas mayores no terminaba con mi padre, desde siempre disfruté de la compañía de los adultos mayores de la familia y de la vecindad. De tal forma y manera que no faltó quien dijo a mi madre que su hijo mayor tenía, desde muy niño, vainas de viejo. Aunque pocas cosas recuerdo del tiempo compartido con los mayores, tengo fresca en mí memoria una frase repetida con frecuencia, incomprendida en aquellos años, pero que ahora dimensiono en su totalidad: la vejez no viene sola.

Desde niño me preguntaba porqué no viene sola? ¿quiénes son los sombríos acompañantes de la vejez? Pues bien, no tardaron en llegar a mi cuenta personal los primeros cuarenta años para comenzar a enterarme del tipo de compañías que vienen con la vejez. 

Así es, no termina uno de subir al cuarto piso cuando como por arte de birlibirloque empiezan a desaparecer algunas facultades y a notarse otras dificultades. Sin mediar palabra aparecen los olvidos, la presbicia, la sordera, las cataratas, las dolencias, las disfunciones, los calores, los edemas, la alopecia y con todos ellos y no menos importantes llegan los chequeos, las dietas, las restricciones, pastillas de unas y de otras y peor aún, los miedos.

Sin embargo, la vejez no siempre viene mal acompañada. La experiencia vivida con mi padre mostraba que don Camilo no fue víctima de esas malas compañías que vienen con el envejecimiento. De hecho la tercera edad trae cosas buenas, me puse en la tarea de averiguar aspectos favorables de llegar a la vejez y encontré algunos. 

Un beneficio evidente es evitar hacer colas o filas. Aguantarse las temibles y siempre apremiantes colas de la inmigración en el aeropuerto, de los bancos en épocas de cierre o de las insoportables oficinas públicas es patrimonio exclusivo de la juventud.

Otro ejemplo de las ventajas de pintar canas, es que se dispone de tiempo para visitar zonas turísticas en temporada baja, cuando las tarifas son favorables en todos los aspectos del turismo. Los mayores tienen entonces la oportunidad de disfrutar a su ritmo y a costos razonables, de todas las atracciones sin la bulliciosa y entusiasta compañía de los jóvenes.

La pausa y serenidad del adulto mayor es muy útil en esta época de premuras. La tranquilidad que dan los años, permite hacer labores que exigen más concentración con mayor efectividad. En este mismo sentido el consejo de un adulto mayor, signado por la experiencia adquirida con los años, puede ayudar a resolver conflictos sociales de una forma mas efectiva.

También revisé la literatura sobre envejecimiento, para entender cómo mi viejo soportó la apremiante vecindad de la senescencia. Concluí que el ejercicio físico diario, una dieta saludable, pocos vicios y el buen humor permitieron a mi padre paliar los efectos de la vejez y sus acompañantes.

De las costumbres paternas la más difícil de cumplir es la dieta saludable. Nada tan sabroso como los alimentos que suben el colesterol o la glicemia. El acceso a ellos estaba limitado en la juventud por razones económicas y ahora no se pueden degustar por temor a los acompañantes de la vejez y sus consecuencias, que vaina.

Como conclusión de estas lecturas decidí cambiar los acompañantes de mi vejez. Sí, la vejez no viene sola, viene acompañada de mucho deporte, alguna dieta favorable y buen humor, como mi padre.










domingo, 22 de abril de 2018

Etapas de vida


Desde hace algunos días he caído en la cuenta de que el inexorable paso del tiempo me trajo el envejecimiento. Cuando niños anhelamos que el inefable tiempo avance rápido, para abandonar la edad de los permisos. Los de cuatro quieren tener ocho para obtener la licencia de subir a los juegos más extremos, los de ocho quieren tener doce para poder ir a películas de los de quince y los de quince quieren tener 18 para entrar a los bares. Los primeros y escasos años de la juventud se nos van en querer llegar a ser adultos.
Llegamos a la edad adulta, la etapa más larga de la vida, terminando de estructurar una carrera y empezando a organizar una familia. Los dos productos por los que seremos llamados a calificar servicios al final de los días. La importancia de esos productos, familia y carrera, requieren de todo el tiempo posible. Hacer un prestigio en la profesión escogida, cualquiera que ella sea, requiere de tiempo y sacrificio. Ese prestigio bien ganado, también con el tiempo, permitirá, quizás, organizar y criar bien a una familia que ocupará todo el tiempo restante. Es en ese momento en el que té debates entre cuidar y ver crecer a la familia y mantener un buen prestigio profesional cuando te ves en el espejo y oh sorpresa, ves a tu papá. ¿Hola viejo, cuando llegaste?
No, no es el viejo Cami, soy yo.
A qué horas me salieron esas canas, a qué hora me salieron esas arrugas. El inexorable paso del tiempo me trajo el envejecimiento. La etapa más larga de la vida se fue como agua entre las manos.
Allá, en la intimidad del baño, viendo a mi papá en el espejo, ¿me pregunté en qué momento pasó todo ese tiempo? El problema es que a esa pregunta para la cual tengo una clara respuesta, me surgió otra. ¿Cuánto tiempo me queda?
Cuando joven se gasta y quizás se pierde tiempo. Ahora, no tengo tiempo para gastar, ahora tengo poco para invertir.
Los cincuenta es la edad del darse cuenta, la juventud se acaba y la vejez llega, en ¿qué invertir el tiempo?
Lejos de acongojarme por la evidencia, lo que me siento es feliz. Primero, mis dos productos, familia y carrera, aunque no totalmente terminados ya se pueden presentar.
Segundo, tengo tantas cosas divertidas para hacer, en este tiempo, que no voy a poder darme cuenta, otra vez, que llegué a viejo.