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domingo, 6 de marzo de 2016

Las fotos de la memoria.

Hacer memoria es como ver una fotografía en blanco y negro. En la memoria queda la foto del último recuerdo, de la última vez que vimos a un amigo, del lugar visitado. Se guardan los recuerdos como fotos de un álbum viejo que no se pueden modificar. La memoria no es capaz de cambiar el aspecto que imprime el inexorable paso del tiempo. Por esto en los reencuentros es imposible evitar los comentarios derivados de notar la discrepancia entre los cambios naturales del envejecimiento y la foto guardada en la memoria. Cuando la persona se conserva como lo recuerda nuestra memoria los comentarios son favorables y se declaran a los cuatro vientos causando regocijo en el receptor del beneplácito. Los asistentes que rodean al "igualito" aceptan y se preguntan qué hará para conservarse como nuestra memoria lo recuerda. Las teorías no son muchas, algunas se plantean en buena tónica otras las llaman de mala leche. Unas y otras van desde el asesoramiento de un esteticista, un cirujano plástico o dermatólogo hasta el uso de toda clase de costosas cremas, pasando por el convivir con una persona joven que "transfiere" colágeno. El uso de hormonas, vitaminas, antioxidantes y otras más son recursos válidos para salir airoso de los encuentros con la memoria colectiva y de los comentarios derivados. 
No ocurre lo mismo con aquellos asistentes que reciben el impacto de los años sin portar una genética favorable para lucir más joven, ni los recursos para atenuar el efecto de los calendarios. La discrepancia entre el recuerdo guardado en la memoria y el estado actual genera todo tipo de especulaciones. El comentario lapidario es que la persona en cuestión está “llevada”. Las causas de la "llevadera" tampoco son muchas. Enfermedades crónicas o problemas legales y económicos reducen el tráfico de cuchara y la posibilidad de pagar un cirujano plástico.
Ahora, si de generar comentarios se trata, los "llevados" y los "igualitos" no producen tantos comentarios como los que abusan de las medidas antienvejecimiento. En otro momento anoté que algunos tratamientos para disimular el inexorable transcurso del calendario pueden tener resultados insospechados. Ocurre una transformación en los rasgos de la cara que nuestra memoria no es capaz de reconocer al personaje. El resultado de tantos tratamientos anti envejecimiento es una cara de "muñeco" que confunde a la memoria.
Todavía queda un grupo de personas que no clasifican para los grupos anteriores. A estos personajes el paso del tiempo ni los dejo iguales, ni lucen llevados, ni utilizan métodos para cambiar el aspecto. El cambio en la figura los convierte en los "desfigurados"
La memoria confundida con los cambios logra que los asistentes se pregunten si este personaje fue compañero o es un infiltrado. Recuerdo que cuando ocurrió el encuentro con mis compañeros de colegio hice parte de este último grupo. A tal punto fue el asunto que el abdomen y calva de obispo desarrollados en los últimos años me asemejaban al rector.
Finalmente para la próxima reunión me sentiré satisfecho si nuestra memoria es capaz de recordar el último encuentro no importa lo "igualitos", "llevaditos", "muñequitos" o "desfiguraditos" que nos vimos.  



sábado, 2 de enero de 2016

Las fotos del álbum

La sabiduría popular dice que debemos aprender de nuestros errores y aceptar cuando nos equivocamos. El cuento viene a que siempre fui reacio a posar para fotos. Razones no tengo concretas, quizás por lo poco fotogénico, quizás por mí resistencia a la farándula, en todo caso con relación a las fotos prefiero tomarlas y no salir en ellas. Pero algunas circunstancias recientes me hacen caer en la cuenta de la importancia de tomar fotos y salir registrado en ellas, no importa lo poco fotogénico.  En estos últimos años las reuniones de egresados de universidad y colegio, desempolvaron fotos de álbumes guardados en viejos y olvidados anaqueles. Estas fotos se convirtieron en el combustible para encender la máquina del tiempo. Resultó en una amalgama justa de nostalgia y de humor que le dio vida a los encuentros.
Las fotos son un documento inigualable para registrar el paso del tiempo. Quedan para la posteridad las modas en el vestuario, los cortes de cabello, el tipo de maquillaje, los accesorios, todo lo registrado nos evoca una historia, un momento, una época. No solo por los protagonistas de la foto, también por el entorno, la locación nos trae recuerdos. Total, si no sales en las fotos te pierdes de hacer parte de la historia gráfica. Y aquí resulta otra diferencia entre el arte y las circunstancias de tomar fotos a la antigua y el método actual con aparatos digitales. Las fotos de papel se sabe dónde están, álbumes, cajas dentro de un clóset hasta debajo de un colchón. Al verlas se pasan de mano en mano, se palpan, se disfrutan. En cambio las fotos actuales reposan en memorias USB y demás aparatos electrónicos que no se sabe si funcionarán o donde estarán cuando sean requeridos. Porque la gracia de ver fotos es cuando ya no valen las circunstancias en que fueron tomadas, lo importante es el recuerdo. Y del anterior comentario se desprende otro aspecto. Las tomas actuales se eliminan con facilidad cuando no gustan y no lucimos como deseamos, con un click basta para desecharlas. Se pierde la naturalidad. Las fotos viejas quedan y hasta el negativo sirve para rescatar esa imagen que nos muestra tal como somos, al natural, sin retoque, sin Photoshop. De manera que estas últimas producen risa, nos arrancan una lagrima, son las fotos que hacen historia.
Sinceramente quiero equivocarme pero el pronóstico es que las reuniones de egresados y las visitas de familiares en los años venideros serán muy aburridas por la ausencia de las fotos del álbum.  

sábado, 5 de diciembre de 2015

Los encuentros de egresados

Los encuentros de egresados

Durante la temporada de fin de año se presentan ocasiones propicias para abrir el baúl de los recuerdos. Una de ellas son las reuniones de egresados del colegio o de la universidad. Sin temor a equivocarme, podríamos considerar estos encuentros como el paradigma de la evocación y la nostalgia. Lo que sucede en ellos equivale a montarse en una verdadera máquina del tiempo.

Desde el momento mismo de la llegada, no se para de reír y, algunas veces, hasta de llorar. Apoyados en la memoria privilegiada de algunos compañeros y en el material fotográfico recién desempolvado —conseguido siempre a última hora—, comenzamos a recordar los célebres apodos, algunos de los cuales sobreviven al paso del tiempo. Se evocan momentos culminantes: los encuentros deportivos, alguna épica pelea campal, las múltiples parrandas, los primeros encuentros con el alcohol y los amores correspondidos o malogrados. Los profesores son recordados por sus apodos o por su nivel de exigencia, por no decir otra cosa.

En estas reuniones se vale todo. Las personas con quienes nos reencontramos muchas veces conocen nuestra vida mejor que algunos familiares. Por escabroso que sea el tema, solamente las amistades forjadas en la infancia y cultivadas durante la adolescencia tienen el derecho adquirido de sacarlo a relucir y burlarse sin piedad del afectado.

Pero estos encuentros también nos deparan momentos difíciles. Recordamos a los compañeros fallecidos y nos enteramos de las desdichas de aquellos a quienes la vida llevó por otros caminos. Desdichas que, inevitablemente, terminamos haciendo nuestras.

Otro momento complicado ocurre cuando aparece uno de esos compañeros —o compañeras— por quienes no pasan los años. Se conservan o, sencillamente, se cuidan. El personaje luce sonriente y recibe con indisimulada satisfacción el conocido halago:

—Estás igualito. No has cambiado nada.

Del otro lado estamos quienes hemos recibido de frente el impacto del tiempo. En algunos casos, los cambios son tan notorios que comienzan los comentarios:

—¿Ese quién es?

—Ese man no se graduó con nosotros.

Y es cierto: algunos cambios pueden ser extremos. De todas maneras, prefiero el aspecto natural producido por el paso de los años y no el conseguido mediante múltiples inyecciones de bótox y biopolímeros, que pueden terminar convirtiendo una cara conocida en el pavoroso rostro de una marioneta.

Las anécdotas son innumerables y el tiempo se hace corto para ponernos al día con todo lo ocurrido desde el último encuentro.

Finalmente, a la hora de partir, prometemos volver a reunirnos. Queremos regresar a las aulas del colegio, recorrer otra vez los campos universitarios, contar las mismas anécdotas y reírnos con los mismos cuentos. Queremos montarnos nuevamente en aquella máquina del tiempo y, aunque solo sea durante unas horas, volver a ser jóvenes.