Translate

Mostrando las entradas con la etiqueta comidas rápidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta comidas rápidas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El precio de ser "Fitness"

Hace unos días comentaba sobre el tono, un tanto apremiante, utilizado por los profesionales de la salud cuando prescriben el ejercicio a sus pacientes. Impulsado por el temor a las consecuencias derivadas de la falta de ejercicio, el paciente sale a comprar ropa deportiva, se inscribe en el gimnasio de moda, compra elíptica, reloj para medir frecuencia cardíaca, activa las aplicaciones “fitness” del celular, mejor dicho, se pega una endeudada para comenzar con los ejercicios que lo obligan a trabajar el doble para pagar las cuentas. Conclusión, no tiene tiempo para hacer el ejercicio ordenado por su facultativo.
El problema es que la cosa no termina en aquella consulta donde se ordenó hacer ejercicio. En la siguiente consulta el profesional que evalúa el caso encuentra qué el paciente aumenta de peso notablemente. Obvio, la falta de ejercicio y la ansiedad fruto de las deudas contraídas, aumentaron el apetito y por tanto los kilos adicionales no tardan en aparecer. El tono del médico al enterarse de la falta de ejercicio y el aumento de peso será un poco más severo, casi de reproche. Ahora no solo tiene que hacer ejercicio, también tiene que bajar de peso.
El compromiso de hacer ejercicio es fácil de cumplir, saca a pasear el perro por la noche, madruga y camina con los amigos, hace rumba terapia, se inscribe en un gimnasio, lo que sea, usted lo puede demostrar y no hay problema. Pero bajar de peso y sostenerlo es una lucha, casi sin cuartel, contra la implacable báscula. Tome el peso diario o semanal, en cueros o con ropa, en su báscula o en la del médico, siempre faltarán los kilos necesarios para cumplir las metas propuestas.
Con el agravante que bajar de peso resulta más costoso que hacer ejercicio, pues implica hacer las inversiones mencionadas en el programa de ejercicios, más los costos derivados de mantener una dieta baja en calorías que, además, cumpla el requisito de ser agradable y nutritiva. Frutos secos, pistachos, semillas de las unas y de las otras, edulcorantes, verduras, leches descremadas, salmón y otras delicias de las comidas y bebidas “fitness” son sin duda más costosas que una arepa de huevo con una Coca Cola.
Sin embargo y pese a lo mencionado, tengo que recomendarles hacer ejercicio y llevar una dieta saludable. Probablemente no se prolongue la vida, pero si será más fácil manejar la llegada de los inexorables achaques de la vejez.


domingo, 16 de octubre de 2016

Cocina gourmet

Es sorprendente el crecimiento de la industria de los restaurantes elegantes en nuestro país. Desde el advenimiento y posicionamiento de la carrera de gastronomía, los restaurantes de alta cocina se encuentran por todas partes. Las cifras de crecimiento en restaurantes y creación de empleos es notoria. Según el diario La República, en el año 2015 se registró en el sector un crecimiento del 22% con ingresos en el rango de los billones. Sin embargo, no todo es color de rosa para los restaurantes de estilo gourmet.
Hace unos días escuchaba al profesor Oscar Uribe comentar sobre algunas experiencias ocurridas en los restaurantes de cocina de autor. Coincidimos con el maestro en que asistir a uno de estos lugares llamados gourmet resulta ser una experiencia agridulce.
Dulce porque usualmente estos lugares son decorados con elegancia y buen gusto. La atención suele ser esmerada, cuidando los más mínimos detalles para que el asistente se sienta atendido a cuerpo de rey. Los platos cuidadosamente confeccionados se encargan de deleitar a plenitud las papilas gustativas.
Lo agrio viene usualmente en dos aspectos. El primero en el costo. Que costosos son estos restaurantes de alta gama o aquellos llamados de cocina de autor. En su favor se puede argumentar: que sus platos son costosos por la calidad de los productos usados en la confección de la receta, el tiempo dedicado al desarrollo de la misma, la exclusividad y seguramente otras poderosas razones. Pero es que no solo es caro el plato, también lo es el vino, el pan, los jugos, las gaseosas. Usando sofisticadas argucias logran vender más cara hasta el agua.
Pero hasta eso lo puedo tolerar. Lo que resulta francamente intolerable en estos restaurantes es el tamaño ridículamente pequeño de la porción servida. Hay platos fuertes que se pueden comer con un par de bocados. Lo más curioso, es que estos lugares acostumbran servir sus pequeñas porciones en platos muy grandes lo que hace notar, aún más, lo breve de la comida. Para compensar el espacio inútilmente perdido, los chef decoran el plato con pinturas hechas con salsas, cremas, purés y pequeñas guarniciones. Estos decorados lo único que hacen es aumentar la sensación de impotencia derivada de quedar con hambre y sin plata luego de terminada la cena gourmet.
Al salir, el nivel de saciedad es tan bajo que toca parar en el primer carro de comidas rápidas para completar “la tanqueada” con un perro caliente, de los sencillos, porque tampoco te quedó plata.


Post scríptum: Los de La República deberían contar en el crecimiento de las cifras en gastronomía a los empleados de los carros de perro y sus ventas post asistencia a restaurantes elegantes.

sábado, 18 de abril de 2015

Las comidas no tan rápidas

La calidad del desarrollo gastronómico observado en Barranquilla y su rica variedad es motivo de admiración para propios y extraños, pero sin ofender a ninguna tendencia culinaria, es fehaciente la evolución de las comidas rápidas. Todavía recuerdo los primeros perros calientes callejeros, estaban constituidos por pan, salchicha y salsas básicas, tomate, mayonesa y mostaza. Callejeros porque se encontraban por las calles en unos carritos que no tenían mucha pretensión, eran pequeños, de madera, con las muy reconocidas balineras para facilitar el desplazamiento y la asistencia a cuanta verbena o evento hubiese en la ciudad. El dispositivo más sofisticado de aquellos carros era un anafe con carbones que calentaba una olla con agua de cebolla para las salchichas. Por aquellos años, las salchichas eran la mitad del tamaño actual y un tanto desabridas, el vendedor de perros se limitaba a abrir el pan, también de la mitad del tamaño actual, poner la salchicha en la abertura y dispensar las salsas con toda clase de ademanes y sortilegios como para demostrar que preparar el perro tenía algún grado de dificultad, que por supuesto no tenía. Conozco con detalle los perros de la época, en mis ratos libres trabajaba en el extinto san Andresito de la calle 30 y allí los perros eran la comida rápida disponible. Alguna tarde, impulsado por el voraz apetito adolescente y facilitado por su reducido tamaño, comí doce perros. Fueron tales las consecuencias del irresponsable consumo de perros sobre mi tracto digestivo, que sólo diez años después los volvería a comer, gracias a la primera evolución de los perros y de sus carros. Corrían los años ochenta cuando aparecen en las esquinas carros de estructura metálica con techo, un asador de carbón en un extremo y compartimentos que mantenían el calor por un baño María calentado con gas. Por su tamaño eran más difíciles de transportar. Para ese momento el pan y la salchicha adoptaron el tamaño que hoy conocemos, se introdujeron las técnicas de salchichas y chuzos asados al carbón, las verduras picadas, el queso y las papitas cabello de ángel que llegarían para quedarse. De los carros en esquinas estratégicas dotados con sillas plásticas se pasó a los lugares de tipo restaurante con las mismas sillas pero con toda variedad de perros, chuzos y otras comidas. Se hizo famoso el palacio del perro por sus combinaciones y en Colombia la perrada de Edgar.
Ha sido tal la evolución de las comidas rápidas en Barranquilla, que hoy no da pena decir que el perro a la plancha y el chuzo desgranado con mazorca son considerados platos típicos de la ciudad.