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sábado, 1 de octubre de 2022

Semana cultural

 

 

Corría el año de 1980,  en los tiempos libres los estudiantes de quinto año de bachillerato se dedicaban a lo que todo pelao de esa época podía hacer, oír música, jugar fútbol o baloncesto, las opciones no eran muchas. Hasta que llegó un cura con ideas diferentes. Jaime Pedro Pablo Ortiz Santacruz fue nombrado director académico y con él llegaron unos inesperados cambios. Se crearon el coro del colegio con la dirección del músico Mincho Anaya; se estimuló el grupo musical las Termitas Band; se conformó un grupo de teatro con la dirección de Luis Ruiz y se permitió la inclusión de estudiantes de colegios femeninos en el coro y el grupo de teatro. Para esos años los colegios mixtos eran toda una utopia. 

Mas utópicas quizás fueron las semanas estudiantiles también llamadas culturales de esos años. Con el apoyo de Jaime, Mincho y Lucho Ruiz se montaron tres eventos que fueron replicados al año siguiente y que me dejaron un grato recuerdo. Los eventos fueron un festival de coros y un festival de la canción intercolegial. También se hizo una presentación de dos obras de teatro. El medico a palos de Moliere en 1980 y Antígona de Sófocles en el año siguiente.

Fueron dias de arduo trabajo, los estudiantes hicimos las escenografías y los montajes. Para Antígona, en el año 81, se tomó la gradería de piedra del patio principal del colegio como escenario, el público fue acomodado en las canchas de baloncesto en frente. La presentación fue de noche, de manera que por la iluminación, las gradas lucían como la antigua Grecia.

El festival de la canción y el festival de coros intercolegiados fue todo un espectáculo. La competencia entre los colegios hizo más interesante los eventos. 

El de coros se hizo en el auditorio central del colegio, el festival de la canción fue en el coliseo con tarima, luces y amplificación profesional traída por el profesor Edgar Grice que tenia ese negocio. Qué tiempos aquellos...

Traigo todo este cuento a colación por la fotografía que me hizo llegar el compañero del grupo de teatro Apolinar Theran. Si la memoria no me falla estábamos en la práctica del médico a palos, obra de Moliere, nuestro primer montaje. A partir de allí y con el apoyo de los profesores se hicieron los festivales y las otras presentaciones. 

No sé si todavía se hagan estos eventos pero les aseguro que gracias a estas iniciativas aprendimos y nos cambio la vida a muchos de los que vivimos estos momentos. Quizás es muy tarde para dar las gracias a todos los que participaron y apoyaron, algunos ya fallecidos, pero....de todas maneras gracias…

domingo, 5 de julio de 2020

"Saquen una hoja"

 

Lejos de lo que se podría pensar, los días de cuarentena no han sido propicios para las letras. Múltiples razones se pueden esgrimir para justificar el silencio literario, pero para no alargar el cuento, las circunstancias no son las más adecuadas para escribir con el toque de humor característico de mis notas. Con temores en el alma lo único que se puede escribir son los exámenes escritos.

No puedo olvidar la primera evaluación escrita que me produjo miedo. Todavía hoy, pasados mas de 40 años, tengo fresco el recuerdo del temor que sentía cuando el profesor de matemáticas ordenaba sacar una hoja suelta para un examen rápido no previsto. Puedo asegurar que todos mis condiscípulos recuerdan perfectamente al personaje. Estatura media, tez morena, ojos pequeños y vivaces, lucía un escaso y muy rasurado cabello cano, Lácides Mengual Alarcón ya era un hombre mayor cuando fue mi maestro de matemáticas. Una voz ronca producto de muchos años al servicio de la docencia y de fumar al menos un paquete diario de piel roja, completaban el cuadro del docente más recordado de mis primeros años de colegio. A pesar de sus años, conservaba él talante y gallardía de los hombres de su tierra guajira, su presencia infundía un respeto casi reverencial.

La “hoja suelta” fue utilizado como método de evaluación y enseñanza por el profesor Mengual durante todos sus años de actividad docente. La hoja tenía que ser tomada del centro de un cuaderno, sin incluir el usado para matemáticas pues este debía tener enumeradas sus hojas siguiendo el modelo de los libros registrados en la cámara de comercio. Los problemas, usualmente de la regla de tres, debían ser resueltos en dos secciones, razonamiento a la izquierda y operaciones a la derecha.

Al entregar la hoja, esta debía tener el nombre completo. El “Chichi” o “Piraguetano” que olvidare estampar su nombre completo era castigado sin remedio.

Mi compañero Luis Movilla recuerda:

“Fui víctima en una ocasión de la indignación que le producía no encontrar el nombre en la hoja. Al momento de repartir la hoja calificada preguntó ¿a quién no se le ha devuelto? Orinándome del susto respondí:

- Esa es mía profesor –

Me miró y la rompió como pelando una mandarina sin perder ningún pedazo. El castigo fue pasar el examen en una hoja nueva y adjuntar la vieja reconstruida con cinta pegante”.

El método funcionó, aprendimos a hacer reglas de tres con facilidad y por lo que se ve, también me sirvió para escribir una nota bajo la presión esta vez de un virus.