Translate

Mostrando las entradas con la etiqueta Medicina. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Medicina. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2026

Y se graduó Miguel Ángel… y de medicina no es nada

Siempre fue reservado, de esos muchachos que no hacen anuncios oficiales ni montan ruedas de prensa familiares. Nunca dio muestras de querer seguir mis pasos ni los de su hermana, que, para ser justos, tampoco dio señales tempranas de querer ser médica durante sus años escolares. En esta casa nadie nació con bata puesta ni estetoscopio de juguete.
A diferencia de algunos colegas que hacen campañas activas para que sus hijos no estudien medicina —como si uno los quisiera salvar de una maldición hereditaria—, yo no tomé partido. Ni lo empujé ni lo frené. Dejé que eligiera, que es una forma elegante de resignarse.
Seis años después de que Miguel decidió estudiar medicina, hoy, en pleno día de grado, se me ocurrió preguntarle por qué. No esperaba una respuesta poética ni un discurso de homenaje. Lo conozco. Y no me defraudó: fue breve, sobrio y sin violines de fondo. Dijo que había dos razones.
La primera nació en el colegio, cuando visitaban comunidades muy pobres, de esas donde no falta solo el dinero sino casi todo, empezando por la salud. Una brigada en Aguada de Pablo, un pueblo con un nombre bello, pero olvidado por todo, lo llevó a reorganizar sus ideas. Se dio cuenta de que ayudar a la gente no era una bonita frase de cajón sino una prioridad real. Y cuando uno entiende eso, la medicina deja de ser carrera y empieza a parecer destino.
La segunda razón fue más pragmática, como dictada por la inteligencia artificial. Las evaluaciones vocacionales dijeron que tenía habilidades para la historia y para las ciencias biológicas. Entonces hizo un cálculo simple: como historiador se moriría de hambre, y como médico, al menos tendría con qué pagar la comida. Así que escogió medicina por vocación… y por supervivencia. Una mezcla muy humana de idealismo y aritmética.
Hoy, después de seis años de estudio consagrado, las razones que te llevaron a estudiar medicina, te permiten recibir el diploma que te certifica como médico. Pero como debes sospecharlo el diploma no hace al profesional, apenas le da permiso para empezar. Ahora viene lo bueno: la construcción del verdadero conocimiento, al que se llega aprendiendo de las equivocaciones, soportando el cansancio de los turnos y con la certeza de que esta profesión necesita menos glamour y mucha más humanidad.
Hijo, bienvenido al oficio.

lunes, 23 de marzo de 2020

Nada mas....

Quisiera tener el don de la palabra,
para resumir todo lo que pienso
en una frase contundente e inobjetable,
nada más.

Pero, solo soy un médico,
entrenado para atender pacientes
y para enseñar a otros que comparten mi vocación,
nada más.

Sé lo que quiero.
Quiero que como consecuencia de mi trabajo,
los pacientes se recuperen o se alivien
en el menor tiempo y al menor costo,
nada más.

Quiero por ese trabajo
recibir una remuneración justa,
que traiga a mi familia seguridad económica,
nada más.

Sé también lo que no quiero.
No quiero ser un oportunista,
ni un mercader de la salud.
Para trabajar bien no necesito aplausos,
ni golpecitos en la espalda,
solo necesito los insumos necesarios y
estabilidad laboral, solo eso y
nada más.

martes, 18 de julio de 2017

El hospital San Juan de Dios (La Hortúa)


Entrsé al Hospital San Juan de Dios de Bogotá con unas expectativas solo comparables con las de un niño entrando a un parque de diversiones. En San Juan se practicaba la mejor medicina que haya visto en todo mi ejercicio profesional. La anterior aseveración no se fundamenta en que tuviéramos los mejores equipos o los mejores insumos o más medicamentos. No, de eso solo había lo necesario. Lo que sobraba, en cambio, era mística, ganas de atender gente, de encontrar diagnósticos, de salvar vidas sin importar el estrato social o la alcurnia. En San Juan no se preguntaba por pólizas, seguros o responsables de la cuenta. Se atendía y ya.” 
Este párrafo, escrito para otra ocasión, captó la atención de mi primera correctora que un tanto incrédula, preguntó si lo referido era cierto. Pensó que se trataba de una trampa más, tendida por la nostalgia, en la cual caen aquellos que escriben sobre el pasado sin tener contradictor. 
La respuesta no se hizo esperar, salió rápido y sin reservas. Claro que es verdad y recordé inmediatamente el caso de un hombre que llegó una noche cualquiera a la urgencia del San Juan. 
Era joven, ingresó, entrada la noche, por un intenso dolor en el costado derecho. Pasó de inmediato al consultorio de medicina interna en donde estaba de turno. Luego de hacer la historia clínica concluí que se trataba de una lesión inflamatoria que comprometía la pleura y había que estudiarlo. Ordené exámenes de laboratorio, radiografía de tórax y un analgésico. Me distraje atendiendo los innumerables pacientes cuando me avisaron que el dolor del paciente aumentaba considerablemente y el analgésico no funcionaba. Encontré muy adolorido y desesperado al hombre de manera que decidí no esperar al camillero. Lo monté en una silla de ruedas y fuimos para radiología de urgencias. Los laboratorios estaban en proceso y faltaba la radiografía. El técnico de rayos X, también ocupado, indicó que lo dejara al lado de la puerta para pasarlo al momento de terminar el estudio que tenía. En San Juan el trabajo sobraba, de manera que me ocupé viendo otros pacientes mientras tomaban la placa. El técnico llegó minutos después con la placa en la mano. Por el dolor tan intenso esperábamos una gran lesión, pero la imagen no decía mucho. Una pequeña opacidad en la base derecha se observaba en la radiografía y punto, el resto normal. El residente de radiología, alertado por el técnico, llegó a dar una mano con el caso. Decidimos hacer una ecografía. El eco mostraba una colección, de poco volumen, en el área de la opacidad vista en la placa. Ese era el problema. Necesitábamos un equipo de mayor resolución de manera que subimos al servicio de radiología del segundo piso.  Montamos a nuestro paciente en su silla de ruedas y llegamos al piso de radiología. El dolor ahora se acompañaba con escalofríos, el paciente se sentía peor. El equipo, de mayor resolución, mostraba la colección de volumen escaso, claramente coincidente con el sitio del dolor. Utilizando una jeringa puncioné la zona con facilidad bajo la visión ecográfica. Un líquido verde, espeso y fétido comenzó a salir sin dificultad. Obtuve unos 10 cc, la pantalla no mostraba colecciones. Al retirar la aguja el dolor disminuyó notoriamente, el hombre se sentía mejor. Regresamos a urgencias, debía ser evaluado por cirugía. 
Cuando los cirujanos evaluaron al paciente el dolor y los escalofríos habían desaparecido. Como la colección fue drenada totalmente decidieron tratamiento con antibióticos sin poner un tubo a tórax. Al despuntar el alba, el paciente estaba hospitalizado en una camilla de urgencias, sin dolor y sin fiebre. Siete días después fue dado de alta con recuperación total y sin tubos. 

Todo lo anterior fue hecho de noche y en pocas horas, sin pedir órdenes, autorizaciones, tarifas, nada. Un mundo irreal a la luz de los conceptos administrativos y financieros que gobiernan la salud actualmente. Viví una época mágica, utópica si se quiere, solo me da lástima saber que mi correctora, hoy empezando medicina, no la podrá vivir.