Translate

sábado, 5 de septiembre de 2026

Inteligencia artificial, si o no

Mi caro y respetado exalumno Fabián Ruiz me hizo llegar un excelente artículo sobre la inteligencia artificial y su papel en la educación actual de los profesionales de la salud.

La conclusión es, como era de esperarse, que la inteligencia artificial generativa debe ser una herramienta que facilite el ejercicio profesional en beneficio de la salud de los pacientes, y no un medio para que los estudiantes obtengan notas fabulosas gracias a los magníficos textos que ella escribe.

Y es que escribir con ayuda de la inteligencia artificial resulta muy fácil. Les cuento lo que me ha pasado con este nuevo desarrollo de la humanidad. Como habrán notado mis lectores de Facebook, llevo varios meses en silencio. No encuentro una explicación clara para esta falta de inspiración. Sencillamente, la musa se murió. Hasta que un día escuché en algún pódcast que la inteligencia artificial podía ser la solución a mis problemas. Tenía varias ideas escritas, pero ninguna lograba ayudarme a arrancar. Estaba bloqueado.

Decidí seguir las recomendaciones de algunos de los numerosos pódcast que enseñan a utilizar esta nueva tecnología. Preparé varios prompts y los apliqué a un borrador que tenía guardado. El resultado fue una crónica escrita por ChatGPT con el estilo de eforerocuenta.

Aunque se veía muy bien y se parecía bastante a mis textos, había un problema: yo sabía que no la había escrito. Aquí la pueden leer:

Trece, por inteligencia artificial

Pese al parecido, no fui capaz de publicarla hasta hoy, y tuve que acompañarla de toda esta introducción para explicar semejante atrevimiento.

Comenté el asunto con algunos amigos y llegué a la conclusión de que no debía utilizar la inteligencia artificial para escribir por mí. Podía ayudarme a corregir una frase, ordenar un texto o encontrar una de esas comas que siempre aparecen donde nadie las invitó. Pero no podía entregarle mis recuerdos y pedirle que los convirtiera en una crónica, porque entonces el texto podría parecer mío, pero ya no sería mío.

El artículo que me envió Fabián terminó de aclararme el asunto. En la educación, la inteligencia artificial debe ayudar al estudiante a aprender, no aprender en su lugar. En la escritura ocurre algo parecido: puede acompañar al escritor, discutirle una palabra y hasta sacarlo de un atasco, pero no debería quitarle el placer —ni el trabajo— de encontrar su propia voz.

Por eso he decidido volver a escribir como antes: lentamente, lleno de dudas, borrando párrafos y volviendo a empezar, mientras espero que la musa tenga la gentileza de regresar. La inteligencia artificial podrá ayudarme con la ortografía, con alguna frase rebelde y, de vez en cuando, con un título. Pero las historias, las anécdotas y esas nostalgias que sirven para escribir una buena crónica, esas serán solo mías.

 

 

Trece by IA

En Barranquilla hemos logrado una hazaña digna de estudio antropológico: convertir un número en peligro público. No por superstición, ni por tragedias históricas, ni por misticismos importados. No. Aquí evitamos el trece porque basta pronunciarlo para que a cualquier ciudadano se le active, como resorte oxidado, un repertorio de frases de doble sentido y contenido homofobico que, para desgracia de la aritmética, riman con él.

Mientras la bobada se quedaba en la esquina, uno la dejaba pasar. El barrio tiene derecho a sus rituales, así sean absurdos. Pero un día la gracia dejó de ser gracia y empezó a trepar, silenciosa, como humedad en pared vieja. Y cuando el chiste llega a los escritorios oficiales, ahí sí la cosa se pone fea.

El punto de no retorno llegó cuando me encontré con un mensaje institucional que celebraba los “212+1” años de Barranquilla. No 213. No. “212+1”. Una suma. Una operación matemática para evitar un número. Como si la ciudad no estuviera preparada para enfrentar la realidad aritmética. Imagino la reunión: “Señores, no podemos poner 213. La gente se descontrola. Propongo camuflarlo”. Y todos, muy serios, aprobando el camuflaje numérico como si fuera una estrategia de seguridad nacional.

Ahí entendí que la broma había dejado de ser popular para convertirse en política pública. Una tradición oral había ascendido, sin concurso de méritos, a la categoría de comunicación oficial. Defender la cultura popular está muy bien; poner al calendario a rendirle pleitesía ya me parece un exceso.

Porque una cosa es que el compadre del barrio evite el trece para no escuchar la cantaleta de siempre, y otra muy distinta es que las autoridades —esas que no logran sincronizar un semáforo ni por accidente— decidan sumarse al jueguito. Uno esperaría que estuvieran ocupadas en asuntos más urgentes que esconder números.

No tengo nada contra el humor. Lo celebro. Lo practico. Lo defiendo. Pero cuando un chiste se vuelve tan omnipresente que obliga a reescribir los afiches, modificar los discursos y hacer que la ciudad hable en clave para evitar respuestas automáticas, deja de ser humor y se convierte en trámite.

Si seguimos así, pronto los niños aprenderán que después del doce viene “el número que no se menciona”, y los afiches oficiales dirán “doce más uno”, “veintiséis dividido entre dos” o “cuarenta menos veintisiete”. Todo para no despertar al monstruo del doble sentido.

Y yo, que siempre pensé que Barranquilla era alegre, espontánea y un poquito loca, descubro ahora que también puede terminar rehén de su propio ingenio: una ciudad donde hasta los números tienen que andar con escolta.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Carta a los futuros pensionados

Y llegué a la edad de adoptar la condición de pensionado.

La frase todavía me resulta extraña. Durante buena parte de la vida uno ve la pensión como algo lejano, una de esas cosas que solo le pasa a los viejos. Los pensionados eran señores mayores cuya principal actividad parecía ser encontrarse, al final de cada mes, haciendo fila en los bancos del centro de la ciudad, mientras se ponían al día sobre los achaques de los compañeros del trabajo, del colegio o de la universidad.

Ahora resulta que uno de esos señores voy a ser yo.

Dentro de un mes.

Por eso he decidido dejar algunas recomendaciones a quienes vienen detrás.

La primera es mantenerse pendientes de los cambios que haga el gobierno de turno para garantizar la sostenibilidad del sistema pensional. La expresión "sostenibilidad del sistema" es muy importante. Cada vez que la escuchen, revisen el bolsillo. Los gobiernos tienen la admirable capacidad de preocuparse simultáneamente por nuestro futuro y por sus necesidades presentes, y no siempre ambas preocupaciones coinciden.

No importa cuánto hayan planeado. Durante los treinta o cuarenta años que dura la preparación para pensionarse aparecerán varias reformas pensionales, cada una presentada como la definitiva. Cambiarán las edades, las semanas, los porcentajes, los fondos, las fórmulas y probablemente hasta el significado de la palabra pensión. Lo único que permanecerá inmodificable será nuestra obligación de seguir aportando.

Mi segunda recomendación es más personal: adopten algún sistema de ahorro voluntario. No importa si al principio es poco. Háganlo con disciplina.

Cuando somos jóvenes nos dicen que debemos ahorrar para mantener el nivel de vida previo a la pensión, o hacer las cosas que la vida laboral no permitió. Es una buena idea. Pero mi experiencia como médico me hace recomendar agregar una casilla más a la hoja de cálculo: cuidador.

Porque a cierta edad uno empieza a descubrir que el verdadero lujo quizá no sea tomar un crucero por el Caribe, sino contar con alguien dispuesto a empujar la silla de ruedas, ayudarnos a levantarnos de un sofá demasiado bajo, recordarnos dónde dejamos las llaves, comprobar si realmente nos tomamos las pastillas y, sobre todo, escucharnos contar por quinta vez la misma historia como si fuera la primera.

Por eso, además de calcular cuánto necesitarán para vivienda, alimentación, viajes y entretenimiento, calculen cuánto costará alguien que nos acompañe cuando aparezcan los achaques. Y háganlo con generosidad. Después de todo, aunque sea de la familia, un buen estímulo económico siempre facilitará la difícil tarea de soportarnos.

Tengo más recomendaciones, pero la jubilación se aprende ejerciéndola. Por ahora, baste decir que trabajar por décadas soñando con el tiempo libre enseña una lección inesperada: cuando finalmente lo conseguimos, descubrimos que también necesitamos aprender qué hacer con el. 

                                                                                                                                                                                                         

sábado, 1 de agosto de 2026

El único testigo

Antes de que la televisión llegara a nuestra casa, el centro de la vida familiar era un enorme radio Philips de tubos. Más que un electrodoméstico, parecía un mueble: una gran caja de madera, con un tablero alargado lleno de números y siglas, dos perillas enormes y una hilera de teclas blancas. Alrededor de aquel aparato escuchábamos las noticias, los programas musicales y, por supuesto, las aventuras de Kalimán. No sé cuánto pesaba, pero después de conocer la historia que voy a contar, calculo que para moverlo se necesitaban un hombre fuerte o un ladrón suficientemente motivado.

En las noches nos sentábamos cerca del radio para escuchar las historias del hombre increíble. La imaginación hacía el resto. No necesitábamos imágenes para ver a Kalimán enfrentándose a los villanos ni para seguir las aventuras de Solín. Bastaban las voces, los efectos de sonido y aquel radio grandote convertido en teatro, periódico y lugar de reunión familiar.

Un día, cuando tendría cinco o seis años, mis padres salieron a realizar unas diligencias cortas y me dejaron solo en la casa. En esa época no existían los celulares, las cámaras de seguridad ni esos dispositivos que permiten vigilar a los niños desde cualquier lugar. Tampoco parecía necesario. Yo era un muchacho tranquilo y me habían dejado haciendo las tareas.

Me gustaba estudiar sentado en el piso, con el cuaderno apoyado sobre el sofá. Ese día estaba allí, concentrado en mis deberes y a una distancia prudente del radio: unos cuatro o cinco metros. La precisión resulta importante porque, como se verá, yo era el único testigo disponible.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando regresó mi mamá. Entró preocupada al encontrar la puerta de la calle abierta y lo primero que hizo fue buscarme. Me encontró en el mismo lugar, sentado en el piso, con el cuaderno abierto sobre el sofá, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué pasó? —me preguntó angustiada.

No entendí la pregunta. Para mí no había pasado absolutamente nada. La casa estaba en silencio, yo seguía con mis tareas y ningún villano de Kalimán había aparecido por allí.

Entonces mi mamá miró hacia el lugar que ocupaba el enorme aparato y descubrió el vacío.

El radio Philips había desaparecido.

Alguien había entrado a la casa, recorrido la distancia que lo separaba de mí, cargado aquel armatoste de tubos y salido por la puerta. Todo mientras yo permanecía a cuatro o cinco metros, entregado con sorprendente devoción a mis obligaciones escolares. No escuché pasos, no vi sombras y tampoco noté que estuvieran llevándose uno de los objetos más grandes de la sala.

Debí ser el único testigo presencial de un robo que no presenció nada.

Mis padres no me regañaron. Mi mamá estaba demasiado aliviada de encontrarme sano y salvo para preocuparse por mi absoluta incapacidad como guardián de la casa. Después de todo, el ladrón pudo haberse llevado algo mucho más importante que el radio.

El Philips nunca apareció. Tiempo después fue reemplazado por uno más pequeño, parecido al que había en casa de Cuya y Manuel Guillermo. El nuevo aparato daba las noticias y transmitía los mismos programas, pero ya no ocupaba el espacio físico ni sentimental del anterior.

Durante años pensé qué habría pasado si me hubiera dado cuenta de la presencia del ladrón. Tal vez habría gritado, corrido detrás de él o intentado defender aquel radio que era casi otro miembro de la familia. Cualquiera de esas posibilidades habría podido terminar mal. Al final, mi absoluta inutilidad como testigo pudo haber sido una fortuna.

Ahora entiendo por qué mis padres no me regañaron. El ladrón se llevó el enorme radio de tubos, pero me dejó a mí sentado en el piso, con el cuaderno apoyado en el sofá, haciendo las tareas… o tal vez dormido. Después de tantos años, tampoco puedo asegurar ese detalle: nunca fui un testigo muy confiable.

Treinta años de silencio

 Las grandes verdades familiares casi nunca se conocen en reuniones solemnes. No aparecen durante una conversación cuidadosamente planeada ni después de que alguien anuncia que tiene algo importante que decir. Suelen salir de repente, en medio de una discusión doméstica cualquiera, cuando nadie está preparado para recibirlas.

Conversábamos con mi hijo mayor acerca de la comida de la casa. Nada importante: una amable discusión familiar sobre si la comida estaba lista cuando él llegaba o si se preparaba como a él le gustaba. Esas pequeñas inconformidades que existen en todas las familias y que, mientras no se les dé demasiada importancia, permiten pasar la vida en paz.

Todo marchaba dentro de los límites normales hasta que Camilo soltó una revelación que sacudió uno de los pilares gastronómicos de nuestra familia: la comida que menos le gustaba era el espagueti con pollo en salsa roja y tocineta.

El comentario habría sido menos doloroso si se hubiera referido a cualquier otro plato. Pero aquel espagueti no era una comida cualquiera. Era —o yo creía que era— una receta familiar. Además, lo preparo yo.

Durante treinta años viví convencido de que mi espagueti con pollo y tocineta gozaba de la aceptación general. Nunca recibí una queja formal, una devolución del plato ni una solicitud de intervención por parte de las autoridades culinarias. Cuando era niño, mi hijo se lo comía. Y uno, como padre, interpreta que un plato vacío equivale a una felicitación al cocinero. Pues no. Ahora comprendo que también puede ser resultado de la obediencia, el hambre o la imposibilidad de pedir otra cosa.

Pero lo verdaderamente grave no era que hubiera guardado silencio durante tanto tiempo. Lo grave era que hoy mi hijo es chef. No estábamos, pues, ante la opinión caprichosa de un aficionado, sino ante el veredicto tardío de un profesional.

Según explicó, le molestaba el sabor del pollo sancochado.

La palabra “sancochado” cayó sobre la mesa con toda su carga destructiva. Treinta años de tradición familiar reducidos a un defecto técnico. Yo, que hasta ese momento me consideraba depositario de una receta apreciada, descubrí que quizás había estado sirviendo un plato que uno de mis principales comensales soportaba en silencio.

Mi esposa, presente durante la revelación, guardó un silencio sepulcral. No intentó defender la receta, pero tampoco respaldó al denunciante. Permaneció prudentemente al margen, como suelen hacer quienes poseen información delicada y prefieren no agravar su situación jurídica.

Mi hijo tampoco propuso una manera correcta de preparar el plato. Se limitó a señalar el problema. Me pareció una falta de solidaridad profesional: si un chef decide destruir una reputación culinaria construida durante tres décadas, por lo menos debería ofrecer una receta alternativa.

Yo no respondí. La verdad, me dio risa. Aquel desacuerdo acababa de convertirse en una anécdota, así que me fui inmediatamente a escribirla. Cada quien se defiende con las armas que tiene.

El espagueti con pollo en salsa roja y tocineta no será jubilado. Una receta con treinta años de servicio merece algo más que una acusación repentina para ser retirada. Seguirá formando parte del menú familiar. Claro que la próxima vez que decidamos sancochar pollo para la pasta, llamaré a mi hijo para que me ayude a mejorar el sabor. Al fin y al cabo, el chef es él.



domingo, 1 de febrero de 2026

Y se graduó Miguel Ángel… y de medicina no es nada

Siempre fue reservado, de esos muchachos que no hacen anuncios oficiales ni montan ruedas de prensa familiares. Nunca dio muestras de querer seguir mis pasos ni los de su hermana, que, para ser justos, tampoco dio señales tempranas de querer ser médica durante sus años escolares. En esta casa nadie nació con bata puesta ni estetoscopio de juguete.
A diferencia de algunos colegas que hacen campañas activas para que sus hijos no estudien medicina —como si uno los quisiera salvar de una maldición hereditaria—, yo no tomé partido. Ni lo empujé ni lo frené. Dejé que eligiera, que es una forma elegante de resignarse.
Seis años después de que Miguel decidió estudiar medicina, hoy, en pleno día de grado, se me ocurrió preguntarle por qué. No esperaba una respuesta poética ni un discurso de homenaje. Lo conozco. Y no me defraudó: fue breve, sobrio y sin violines de fondo. Dijo que había dos razones.
La primera nació en el colegio, cuando visitaban comunidades muy pobres, de esas donde no falta solo el dinero sino casi todo, empezando por la salud. Una brigada en Aguada de Pablo, un pueblo con un nombre bello, pero olvidado por todo, lo llevó a reorganizar sus ideas. Se dio cuenta de que ayudar a la gente no era una bonita frase de cajón sino una prioridad real. Y cuando uno entiende eso, la medicina deja de ser carrera y empieza a parecer destino.
La segunda razón fue más pragmática, como dictada por la inteligencia artificial. Las evaluaciones vocacionales dijeron que tenía habilidades para la historia y para las ciencias biológicas. Entonces hizo un cálculo simple: como historiador se moriría de hambre, y como médico, al menos tendría con qué pagar la comida. Así que escogió medicina por vocación… y por supervivencia. Una mezcla muy humana de idealismo y aritmética.
Hoy, después de seis años de estudio consagrado, las razones que te llevaron a estudiar medicina, te permiten recibir el diploma que te certifica como médico. Pero como debes sospecharlo el diploma no hace al profesional, apenas le da permiso para empezar. Ahora viene lo bueno: la construcción del verdadero conocimiento, al que se llega aprendiendo de las equivocaciones, soportando el cansancio de los turnos y con la certeza de que esta profesión necesita menos glamour y mucha más humanidad.
Hijo, bienvenido al oficio.

jueves, 1 de enero de 2026

Todo tiempo pasado.....

Hubo un tiempo en que salir a recrearse en Barranquilla era más un acto de fe que un plan estructurado. Los dos programas más emocionantes que yo recuerdo eran montarnos en la camioneta del tío Samuel o del primo Eduardo para cruzar el puente del arroyo de Felicidad y sentir ese vacío en el estómago que daba la bajada una especie de montaña rusa quillera, sin filas ni cinturón de seguridad. El otro gran plan era ir a Sears, solo para subir y bajar por la única escalera eléctrica que tenía la ciudad.
Claro que también estaban los parques, aunque decir “parques” es una forma generosa de llamarlos. El Suri Salcedo, a una cuadra de mi casa, tenía más tierra que grama y un par de resbaladeros de cemento cuya altura tan modesta no les alcanzaba para clasificar como toboganes. La construcción de una cancha de baloncesto ayudó a cambiar la hegemonía de la bola ’e trapo en el vecindario, aunque en los parques Venezuela y Washington los partidos de este deporte barrial siguieron jugándose por muchos años más. Otro seudo escenario deportivo de la época era el parqueadero del Romelio Martínez. Allí recuerdo haber tenido mis primeros encuentros con el deporte rey: el béisbol. Con un bate prestado y un guante de cuero tieso, me sentí por un momento más cerca del Yankee Stadium que del estadio Tomás Arrieta.
Hoy la ciudad es otra. Barranquilla, que durante décadas dispuso apenas de los tres o cuatro parques mencionados, el LEY, unas pocas salas de cine y las playas de Salgar y Puerto Colombia como opciones para distraer a la familia, se fue llenando poco a poco de espacios donde se puede estar juntos, sin preocupaciones y cerca de casa. Aparecieron parques con juegos modernos, ciclovías, fuentes que sí botan agua, canchas con grama sintética y zonas para practicar otros deportes. Los centros comerciales se abrieron en todos los sectores de la ciudad, con salas de cine y restaurantes para todos los gustos —del arroz de lisa al sushi, sin que falte la bolita de coco al final.
El Malecón, que parece diseñado para que los barranquilleros se reconcilien con su río, es ahora el paseo obligatorio del fin de semana. Ver a las familias pasear por allí —sin prisa, sin miedo, sin calor insoportable— es quizás la mejor prueba de que la ciudad ha aprendido a quererse un poco más.
 Y aunque a veces me dan ganas de decir que todo tiempo pasado fue mejor, la verdad es que me alegra que los quilleros tengan más dónde correr, más qué ver, más qué contar. Me emociona ver a los niños jugar en lugares que antes solo podíamos imaginar. Porque al final, más que cemento, parques o escaleras eléctricas, lo que de verdad importa es con quién se comparten los domingos. Y en eso, Barranquilla —y la vida— nos han ido cumpliendo.
 

Nos están atrofiando el cerebro (y ni cuenta nos damos)

Oigan, escuchen, paren bolas, como diría cualquier caribe con media cerveza encima. No quiero sonar apocalíptico, ni parecer el propio amargado que se quedó en la época del fax, el telebolito o el buscapersonas, pero tengo que decirlo: nos están atrofiando el cerebro, y lo peor es que les estamos abriendo la puerta, sirviéndoles tinto y damos las gracias.

 

Antes uno se sentía orgulloso de escribir bien. Hacía caligrafía Palmer (dejo constancia escrita de que yo no), tildaba con elegancia y hasta sabía la diferencia entre “vaya”, “valla” y “baya”. Hoy, el corrector automático lo hace todo, y uno apenas alcanza a balbucear un “gracias” sin pena ni gloria. No escribimos: dejamos que nos escriban.

 

La memoria, ese músculo sagrado, ese cofre donde guardábamos el teléfono de la novia, la fecha de la Batalla de Boyacá y los cumpleaños de las personas que realmente importaban, también se fue al carajo. Hoy, si no hay alarma, no se toma la pastilla. Si no hay recordatorio, no se llama a la tía en su cumpleaños. Y si no hay Google, no se recuerda nada. ¿Será por eso que ya no existen los programas de concursos con preguntas de cultura general?

 

La orientación, ni hablar. Antes uno era capaz de encontrar una dirección manoteada o escrita en una servilleta, con un par de referencias (“pasas el CAI, giras a la derecha donde quedaba el Mediterráneo, sigues derecho hasta que te huela a fritanga”) y el instinto de supervivencia. Ahora no. Si el Waze dice “gire a la derecha” y hay un abismo, la gente gira y da las gracias. Uno ve que el barrio se pone denso y sigue pa’lante: “el Waze me metió, el Waze me saca”.

 

Ni hablar de la redacción. Aquí la cosa se pone color de hormiga. ChatGPT y sus amigotes nos han hecho creer que redactar es escribir. Tan fácil como decir “hazme una carta de despido para un empleado de confianza con más de veinte años de trabajo” mientras uno prepara un tinto en la máquina automática, la IA hace el trabajo sucio. Se acabó eso de arrancarse los pelos buscando la palabra exacta, de reescribir veinte veces una frase solo porque algo no sonaba bien. ¿Qué pensaría García Márquez de este desarrollo tecnológico?

 

¿Estoy exagerando? Tal vez. ¿Estoy envejeciendo? Sin duda. Pero creo que no exagero al decir que, de tanto desuso, a mis sinapsis les va a caer moho. No porque no las use, sino porque ya todo lo hace otro por mí.

 

Y me pregunto si el precio de tanta comodidad no será, precisamente, quedarnos sin cerebro… pero bien contentos.

Siempre agradecido

Hay fechas que no necesitan anotarse en el calendario porque se llevan grabadas como un tatuaje. Hace un año y cuatro meses, el reloj de la vida decidió cambiar de rumbo y me obligó a jugar desde el lado del tablero que no conocía. Como médico, uno se acostumbra a observar la enfermedad desde la orilla de quien atiende y sana; pero cuando el estetoscopio se invierte y el paciente es uno mismo, el conocimiento se convierte en una carga silenciosa y abrumadora. Uno aprende a leer el futuro en los síntomas y entiende, con una claridad que a veces asusta, hacia dónde se dirigen las cosas.
Han transcurrido ya dieciséis meses desde aquella mañana en que me tocó ocupar el lado contrario de la consulta. Durante este largo tiempo de incertidumbre, aprendí que el cuerpo es un territorio que, en ocasiones, nos declara la guerra solo para enseñarnos, finalmente, a firmar la paz con nosotros mismos.
Pero la vida, en su ironía, no se conformó con mis propios achaques. Como si necesitara recordarnos nuestra naturaleza de cristal, la salud de Doña Betty también comenzó a flaquear. Fue allí, entre la frialdad de los protocolos y esas esperas que parecen eternas, donde comprendí el verdadero significado de la fragilidad: esa lección de humildad que te enseña que un día te crees de roble y, al siguiente, no eres más que una brizna de paja al viento.
Si la enfermedad es un desierto, el cariño es el oasis que te mantiene en pie. En este tránsito, descubrí que la solidaridad no es una palabra de diccionario, sino un acto puro de presencia. La familia se erigió como nuestro escudo y los amigos se convirtieron en ese báculo indispensable. Siempre estuvieron ahí, con el mensaje oportuno y el hombro dispuesto para cuando mi madre o yo sentíamos que las fuerzas finalmente se nos escapaban. Ver esa red de apoyo desde el otro lado de la bata fue, quizás, mi mayor lección de medicina humana.
Hoy, con el sosiego que traen los días de fin de año, el corazón se me agranda. Es momento de bajar el ritmo, de mirar por el retrovisor y reconocer el camino recorrido con la humildad de quien acepta que no tiene el control de todo. Es el momento de agradecer a quienes colaboraron en nuestra recuperación.
Podría sentarme a dar nombres, pero la memoria es traicionera y el papel es corto. Como sucede siempre que se intenta enumerar la gratitud, el miedo a dejar a alguien por fuera me asalta. Así que, para no pecar de injusto y reconociendo que la vida sigue su curso con sus propios avatares, prefiero dejar la cosa de ese tamaño. Al final, los que estuvieron saben que están aquí, guardados en lo mas profundo de mi corazón.

lunes, 30 de junio de 2025

Presidente, no me haga esto

Ay, señor presidente, Don Gustavo Petro, no sea así, no me haga esto. No me obligue a molestar a mis lectores leyendo notas de política. Había jurado solemnemente no escribir en el blog de eforerocuenta sobre temas políticos. Juramento que ya he roto antes y que, una vez más, usted me obliga a incumplir. Curiosamente —y eso debería hacerlo reflexionar— siempre es usted el causante de esas excepciones.
Escucharlo en Medellín diciendo que los médicos vienen de familias adineradas, de grandes ingresos, me confirma que, una vez más, está desinformado. Usted, que es economista, debería saber que los ricos invierten en lo que produce réditos, y la medicina no es precisamente un negocio redondo. Para que un médico gane lo que usted cree que ganamos, hay que estudiar por lo menos diez años y luego trabajar duro durante décadas para recuperar esa inversión. No hay tiempo para tomar tinto en la 93 ni para posar en la Revista Dinero.
Mi familia y yo, ¿ricos? Tal vez en sabor, pero en dinero ni para estudiar latonería y pintura. Si no se pellizcan el tío Samuel, el primo Eduardo y la prima Fanny —que completaban los bordados de mi mamá y los pasaportes de mi papá— quién sabe qué estaría yo haciendo. Aprovecho para agradecer públicamente a mis patrocinadores: sin ellos, este pechito estaría quizás vendiendo tintos, con el debido respeto que merecen los vendedores de la bebida nacional.
Y ahora, décadas después, con el título en la pared y las arrugas bien puestas, tampoco vivo en la opulencia. He tenido que recurrir a las cesantías para pagar los semestres de mis hijos. No tengo yate, ni finca, ni club. Ni siquiera cumplo con la condición mínima para ser considerado rico: la seguridad financiera. Y no le voy a explicar de dónde viene ese concepto, porque usted estudió economía… A propósito, presidente, ¿cómo hizo para pagar la matrícula en el Externado? Porque hasta donde sé, esa institución no es precisamente barata.
Presidente, pelee con quien quiera, pero no se meta con los médicos. Somos gente de trabajo, de guardias largas, de cafés más bien recalentados, que lucha cada día contra la enfermedad con un solo propósito: preservar el bien más preciado del ser humano, la salud. Si necesita un nuevo enemigo para alimentar su discurso, búsquelo en otro lado. Aquí no hay oligarquía, solo el deseo obstinado de seguir ejerciendo con dignidad.

domingo, 6 de abril de 2025

Multa

Hace unos años celebramos los 30 años de egresados de la facultad de medicina. Una de las actividades que mas disfrutaron los colegas y sus acompañantes fue la visita programada a los nuevos sitios de interés que muestra nuestra ciudad.

Fue tan exitoso el tour que siempre que tenemos la visita de  colegas o amigos del interior del país los invito a dar una vuelta por los lugares mas representativos de la nueva Barranquilla.

Este fin de semana fui invitado a un encuentro de médicos dermatólogos y reumatólogos que ya habían visitado la ciudad recientemente. Aunque los visitantes tenían el tiempo limitado por la salida al aeropuerto se propuso la visita sin incluir los sitos tradicionales. Lo que no sabíamos es que este tour nos mostraría una cara inesperada de la ciudad de mis amores.

Visitamos las casonas del viejo prado, los recién pintados callejones y los barrios de los alrededores. Cuando ya terminaba el paseo por la ciudad un imprevisto reten de policía de tránsito nos hizo señas de que debíamos orillarnos.

No me preocupé, teníamos tiempo suficiente para llegar al aeropuerto. Detuve el carro y saqué los documentos solicitados por el policía. Continuamos conversando cuando la voz del agente corto la charla y nos dejo de una pieza. El pase estaba vencido y debía retener el automóvil.

No sabíamos que decir, yo estaba bloqueado. Quien sabe que cara tenia yo, lo cierto es que el agente captó mi reacción y escuchó pacientemente mis explicaciones. Insistí en que tenia unos delegados importantes del congreso para los que estábamos haciendo un city tour. Se apartó de la calle y comenzó a preguntar a todos sus compañeros. El jefe o el superior del turno no estaba por allí.

-Yo no pago sobornos- dije a mis acompañantes. El grupo de policías no tomaba una decisión y el tiempo continuaba pasando, que desespero. Como siempre ocurre comenzamos a referir anécdotas pasadas de como se recibían los sobornos. En Bogotá los sobornos se podían pasar por Nequi.

El comandante del grupo se acerco nuevamente al carro. Con la misma actitud un tanto hostil se dirigió a mi directamente. Pueden irse – dijo sin titubeos. Saque su pase rápido y de gracias que esta acompañado por dos doctoras muy bonitas.

No di chance a que se arrepintiera, nos fuimos lo mas rápido posible. Los aviones nos esperaban.

La conclusión fue que después de todo, en Barranquilla, quien va acompañado con una mujer bonita, no le cobran las multas de transito solo se dan una reconvención verbal y un piropo.

domingo, 16 de marzo de 2025

Padres e hijos


Incluso el padre más despreocupado entiende que su labor principal es cuidar de sus hijos. Para los médicos, la responsabilidad es aún mayor, por lo que la vigilancia siempre ha sido doble. Cuando eran pequeños, les enseñé a cruzar la calle con precaución, a no hablar con extraños y a no abusar de los dulces. Les insistí en que usaran suéteres cuando hacía frío, en que descansaran lo suficiente, en que respetaran a los mayores y en que evitaran el consumo de alcohol. En fin, los padres nos convertimos en guardianes cariñosos, convencidos de que, sin esa supervisión constante, el mundo podría devorarlos.

A medida que crecen, deseamos que sean exitosos, que tomen buenas decisiones, que sean dueños de su vida y que encuentren la felicidad. Lo que no esperaba era que, con el tiempo, los papeles se invertirían tan pronto.

Ahora son ellos quienes vigilan. Nos observan con atención: si estornudo, ya me preguntan si he pedido cita con el doctor. Si camino rápido, creen que me voy a caer; si camino lento, sospechan que algo no anda bien. Y si les digo que estoy bien, no me creen. Quieren pruebas, exámenes, resultados.

Antes podía negociar con ellos. “Déjame ir a la fiesta hasta más tarde”, decían cuando comenzaban la adolescencia, y casi siempre cedía. Pero ahora no hay margen de maniobra. “Papá, tienes que dejar de comer cerdo, fritos y dulces. Eso no es bueno para el colesterol”. “¿Por qué sigues manejando de noche?”. Trato de explicarles que soy médico, que sé lo que hago y que tengo toda una vida tomando decisiones sobre la salud de los demás, incluida la mía. Pero no. Se han convertido en inspectores rigurosos, y mi vida cotidiana es ahora un tira y afloja entre lo que quiero hacer y lo que ellos consideran prudente.

Sé que lo hacen por amor. Que, en el fondo, lo que intentan es retenernos, asegurarse de que no nos vayamos antes de tiempo. Y aunque a veces me molesta un poco su severidad, también me enternece. Porque veo en sus ojos el mismo miedo que alguna vez tuve yo cuando les advertía que no corrieran demasiado rápido o que no se alejaran demasiado. Es el círculo de la vida. Solo que nadie me dijo que, al final, los padres también terminan sintiéndose como hijos.

domingo, 15 de diciembre de 2024

Primera casa

Todavía está en pie la casa donde nací hace un poco más de 60 años. Localizada en el número 21 de la calle Obando, actual calle 42 con avenida Olaya Herrera, actual carrera 46, la casa  ya era vieja cuando me trajeron a este mundo don Camilo y doña Betty. De dos pisos estaba diseñada para albergar dos familias de manera independiente. En la planta baja vivían sus dueños el señor Cleto Plata y la señora Elvira Ariza con su hija, Ángela.
Procedentes de Zapatoca don Cleto y su familia se asentaron en la casa ubicada en el barrio Abajo. El paisanaje con la familia Plata facilitó el alquiler de la segunda planta, a la cual se accedía por una puerta lateral que  conducía a una empinada escalera que un arquitecto de hoy no se atrevería a diseñar.
No tengo noticia del año de construcción ni de quien fue el encargado de llevarla a cabo, pero por su localización en el barrio Abajo, diagonal a la iglesia del Rosario (construida en 1890), debe tener al día de hoy más de 100 años.
Traigo a cuento la vieja casa paterna gracias a un tour organizado por el barrio El Prado en donde nos mostraron con detalle las viejas y elegantes casonas construidas por los años 20. Se dice que este fue el primer barrio con especificaciones modernas que se construyó en Colombia.
Algo va de las casonas del viejo Prado a las casas del barrio Abajo. Las primeras fueron construidas para familias pudientes, algunas de ellas de origen extranjero, que se asentaron en la Barranquilla de principios del siglo XX. El gran desarrollo industrial y comercial facilitó la llegada de arquitectos de prestigio y familias con el poder económico que permitió la construcción de las, aún hoy, famosas casas. En contraste las casas del barrio abajo habitadas por familias de muchos menos recursos, fueron construidas en su mayoría con la técnica del bahareque para las paredes y los techos de paja. Todavía se pueden ver algunas casas de estas características en el barrio abajo.
Sin tener el mas mínimo interés económico, invito a mis lectores a que participen de estos paseos nocturnos organizados por el city lover. En la página de Instagram @elcitylover encontrarán información y otros eventos que recuerdan la historia de la vieja Barranquilla.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Agradecido

 Mis queridos hermanos

Estuve dándole vueltas a un texto que pudiera expresar en palabras, todo el agradecimiento que me produce la generosidad manifestada por ustedes en estos difíciles momentos que vivimos mi familia y yo.

Como era de esperarse las palabras se quedaron cortas ante las grandes expresiones de cariño y el apoyo recibido de sus almas generosas.

Por eso decidí ceder la palabra a los grandes pensadores para que sirvan de vehículo a mi corazón y sean ellos con su genialidad, los que me ayuden con este encargo.

Aquí unas frases célebres sobre el don del agradecimiento:

“La gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas las demás.” Cicerón.

“Sentir gratitud y no expresarla es como envolver un regalo y no entregarlo.”

 William Arthur Ward.

“La gratitud es la memoria del corazón.” – Lao-Tsé

“El agradecimiento es la señal de las almas nobles.” – Esopo

“Cuando bebas agua, recuerda la fuente.” – Proverbio chino

“Nada es más honorable que un corazón agradecido.” – Séneca.

Y gracias, muchas gracias a todos.

 


jueves, 12 de septiembre de 2024

Etapas de la vida

Desde las travesuras de la niñez, pasando por la irreverencia de la juventud hasta las reflexiones de la madurez, cada etapa de la vida tiene su forma peculiar de hacernos reír, llorar y, sobre todo, de hacernos crecer.

La primera década (0 a 10 años), la de los primeros pasos y también de las primeras caídas, es la época maravillosa de nuestra vida, donde todos fuimos felices, o por lo menos así nos lo hace creer la nostalgia. En esos tiempos no teníamos ningún problema, las dificultades eran para los padres. Esta etapa de la vida es fundamental para el buen desarrollo de las décadas subsecuentes. Una buena nutrición y un buen entorno familiar con los cuidados necesarios garantizan un exitoso desarrollo posterior.

La segunda década (11 a 20 años) puede ser de las etapas mas difíciles del desarrollo del ser humano. La adolescencia hace su entrada triunfal de la mano del cambio hormonal, llevando a que estos jóvenes crean que se pueden comer el mundo, todo parece fácil, parece que nunca llegaremos a viejos, no se reciben consejos de nadie. Para colmo de males, la sociedad casi que los obliga a escoger su profesión a estos tempranos años de vida, que lío.

La tercera década (21 a 30 años) la podríamos definir brevemente como la de la ubicación. Es una época en la que te sientes invencible. Terminas la carrera y quieres buscar trabajo con sueldos magníficos. Las relaciones amorosas se tornan más estables y ya se quiere buscar pareja definitiva. Las trasnochadas no duelen, te juegas todos los partidos, las decisiones son impulsivas, las fuerzas alcanzan para todo. Juventud divino tesoro.

La cuarta década (31 a 40 años) es cuando empieza la adultez de verdad. Se empieza a recogen los primeros frutos de lo sembrado en las décadas pasadas, frutos buenos o malos. Para bien o para mal en este tiempo ya deberíamos estar perfectamente bien ubicados en todos los niveles de nuestra vida y con una nueva responsabilidad, la crianza de nuevos integrantes de la sociedad.

La quinta década (41 a 50 años) es el tiempo de la consolidación de nuestra profesión y nuestras familias. También en esta etapa se comienza a considerar el cuidado personal, las rodillas duelen después de los partidos y los guayabos duran días. Caemos en la cuenta de que no somos inmortales. Es cuando empiezas a ver las cosas con más calma y tal vez con un poquito de nostalgia.

La sexta década (51 a 60 años) es el momento de los reconocimientos por las ejecutorias en nuestra profesión. Para bien o para mal somos los referentes de la sociedad de la cual participamos. Pero el tiempo comienza a agotarse, de manera que es hora del envión final para lograr un buen retiro.

Cuando te asomas en el espejo y comienzas a ver mas a tu padre que a ti mismo, cuando los encuentros con tus amigos se producen mas en los sepelios que en la playa, cuando las citas que tienes programadas están mas relacionadas con problemas de salud que con actividades placenteras o cuando el presupuesto en fármacos es mayor que el de las bebidas espirituosas, es porque definitivamente te cayó la séptima década (61 a 70 años)

Aunque cada momento de la vida trae sus propios desafíos, aventuras y sorpresas. Las últimas décadas de la vida están rodeadas de los tradicionales problemas de salud que van tocando a tu puerta sin excepción. De manera amigos que a cuidarse bien y a prevenir achaques para gastar la pensión en diversión y no en medicación.

 

lunes, 13 de mayo de 2024

Palabras, palabras...

Hace algunos días escuché en la radio una noticia que llamó mi atención. Una plataforma para aprender idiomas hizo a una encuesta y encontró que Medellín es la ciudad de Colombia que usa el mayor número de palabras groseras en su lenguaje diario. El resultado no sorprende, es mas, si la encuesta hubiese indagado por el uso de palabras usuales convertidas en vulgares por el uso diario, la victoria era por goleada.

El lenguaje es un organismo vivo en constante evolución, moldeado por las dinámicas sociales, culturales y tecnológicas que lo rodean. Como reflejo de este cambio, el uso de nuevas palabras se convierte en un fenómeno inevitable, que enriquece el vocabulario y permite adaptarse a las nuevas realidades.

Un ejemplo de estas últimas sería gonorrea, palabra que, por supuesto no tiene nada de grosera, es un término científico, pero que debo decirlo se escucha feo y si viene pronunciada con acento paisa y con tono agresivo, se puede escuchar y sentir tan fuerte como la peor de las groserías.

A propósito de palabras a las que se les adjudican otros significados y los neologismos que van apareciendo en el léxico del español quiero decir que mis contemporáneos difícilmente podrán entablar una conversación fluida con los jóvenes de hoy, la cantidad de palabras nuevas o con significados cambiados es al menos impactante. Un ejemplo que me llama mucho la atención de estos neologismos es la expresión “cule”. Para los muchachos usar la expresión cule antes de una palabra le adjudica el concepto de abundancia, pompa o lujo. Ejemplo cule carro indica que el auto es lujoso. En el caso del “cule hueso” no significa muchos huesos, lo que indica es que lo referido es de malísima calidad. Ejemplo. Cule película hueso, la película es malísima. Muy curiosa resulta la combinación de cule con poco. Cualquier contemporáneo mío interpretaría al ver la palabra poco como abundancia de escasez, pues no, esta acepción del cule indica mucha abundancia. Cule poco e plata: mucho dinero.

Hay palabras regulares que ahora se usan con un significado o con un sentido diferente, ejemplos de estas podrían ser tóxico, esta palabra hace referencia a personas con comportamiento que produce sentimientos negativos o desagradables en los demás. Por extensión se usa tóxica para referirse a una relación en donde una de las partes se aprovecha de la otra. Las palabras que estando en el diccionario, no eran usadas tanto como ahora ni con el sentido que actualmente se les adjudica son literal, tema y matoneo.

Los idiomas también se nutren de términos traídos de otros idiomas. Un anglicismo que no era usado en mi adolescencia es espoilear. El significado es la revelación de detalles de la trama de una obra de ficción. Debo anotar que en español no disponemos de un termino mas exacto que revelación.

En lugar de ver el uso de nuevas palabras como una amenaza, debemos considerarlo como una oportunidad para enriquecer nuestro lenguaje y adaptarlo a las nuevas realidades. La incorporación de neologismos demuestra la vitalidad y flexibilidad del idioma, permitiéndonos comunicarnos de manera más precisa y efectiva en un mundo en constante cambio.   





martes, 13 de febrero de 2024

Low Cost



        

No se sabe quien es más sinvergüenza, si las aerolíneas de tarifas regulares que se comportan a la hora de ofrecer sus servicios como de bajo costo o los pasajeros que apoyados en los recuerdos de otras épocas, seguimos pagando más por menos. 
Oh tiempos aquellos del famoso servicio Ruana Roja de Avianca. Nunca se aplicará mejor aquella frase que dice: No se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde.
Como olvidar las cómodas sillas de la clase turista de las que seguramente alguna vez renegamos, hoy son un trono real al lado de los torturadores asientos de Avianca y sus secuaces de la industria de la aviación que estrechan cada día más sus asientos para meter mas pasajeros, no siempre a bajos costos. Ni que decir de los jugos de cajita, antes regalados, y hoy cobrados a tarifas de restaurante con tres estrellas Michelin.
Daba gusto ser un viajero frecuente, la llamada al mostrador de la sala VIP para un acenso a primera era siempre esperada. La comodidad de la silla y el jugo de naranja servido en vaso con hielo y unas achiras eran la recompensa del viajero frecuente, tampoco se crea ahora que era mas.
Hoy tomar un vuelo de cualquier duración puede ser una real tortura, sobre todo para aquellos que medimos mas de un metro setenta. No hay forma de salir bien librado de una silla estrecha, con el acojinamiento muy delgado y que difícilmente se reclina. 
No se crea que es por no pagar una silla cómoda. Es que si estoy pagando una tarifa regular entonces tengo derecho a una silla al menos como las añoradas. Si pago “low cost” me voy a quejar al CAI como dijo Arturo Reyes al Tino. 
Hoy cobran por aparte sillas, equipajes, alimentos, entrada a salas VIP y todo lo que se ocurra. Lo único que no es de bajo costo es el boleto de viaje. De estos las tarifas se ajustan por cualquier motivo. Vaya a comprar un pasaje para las temporadas llamadas altas en la tarifa mas económica(XS). Deberas pagar dos a tres veces el valor de la temporada regular y todavía te queda por definir si quieres pagar una silla un poco mas cómoda, el equipaje necesario y todas las otras amenidades o servicios    que hacen parte de las tarifas regulares.
Parece que las aerolíneas estuvieran empeñadas en acabar con  su negocio y con la famosa industria sin chimeneas. 

 

domingo, 10 de diciembre de 2023

Ser anfitrión

Quizás una buena parte de los miembros de nuestra asociación colombiana de reumatologia(ACR) no recuerden al señor Roarke, los más jóvenes porque nunca lo vieron y muchos otros, por los efectos del alemán, ya lo olvidaron. Otro señor también olvidado por casi todos mis queridos colegas y contertulios es Fernando Camas, el dueño de una casa en donde los domingos por la tarde vamos a pasar un rato. ¿Qué tienen en común este par de señores?
Los dos son excelentes anfitriones. El primero es el anfitrión de la isla de la fantasía, un lugar en donde a usted se le cumplen todos sus sueños. La serie de televisión estuvo en el aire durante seis años fue protagonizada por Ricardo Montalvan. El otro señor, Fernando Camas, que no creo sea ficticio es el protagonista del tema La casa de Fernando interpretada por la Billo`s Caracas con la voz de Cheo Garcia. En la casa de este señor los domingos, como ya se dijo, los amigos se reúnen a beber, bailar y comer sin ningún plan establecido.
A ¿qué viene el cuento? Resulta que nuestra asociación regaló este fin de año un barril para asar carne. Ya había participado de asados con este práctico utensilio, de manera que ya había pensado comprar uno para atender a mis amigos. En Barranquilla será el próximo evento de la ACR de manera que es una oportunidad para ser el anfitrión de mis colegas y poner en uso el barril asador. 
Entonces decidí estrenar el asador para aprender a usarlo. Por supuesto recurrí al todo poderoso Google para aprender de experiencias ajenas y como sacar el mayor provecho del aparato. El primer aprendizaje es que la carne quedará buena y deliciosa solo si ella es intrínsecamente buena. Conclusión de este aspecto, si quiere que la carne quede buena, compre carne importada. 
Es cierto, al barril no hay que vigilarlo como en los asados tradicionales. Ese aspecto en la preparación de un asado se lo ahorra usted con el barril. Pero para el resto, toca todo igualito con barril o sin él. Todo es todo, la guarnición debe ser escogida y preparada a la altura de la carne importada; se debe disponer de bebidas variadas para satisfacer los diferentes gustos, no se olvide del hielo; es clave disponer de un recinto apropiado, ojalá una casa finca en la playa, con equipo de sonido para acompañar con musica selecta. En fin, todo lo que toca para pasar una buena tarde.
Escribo esta notica después de estar toda la tarde asando carne en la terraza de la casa, con mucho sol pero sin playa y sin ayudantes. La conclusión es que si, el barril es todo un éxito, la carne queda deliciosa, pero para ser un anfitrión del nivel del señor Roarke y de Fernando, se necesitan algunas cositas mas que el barril enviado por la ACR. 

sábado, 11 de noviembre de 2023

Hacer mercado


La migración de los hijos a la capital en busca de un mejor futuro obliga a la separación temporal de la familia. Dos largas semanas lleva Maruja en la capital organizando el apartamento de los hijos de manera que el mantenimiento de la casa en Curramba le toca a este pechito. Aclaro de una vez que este encargo en realidad se lo dejo a nuestra asistente del hogar que lo hace muy bien. Solo un oficio lo asumo personalmente y no lo delego a nadie, hacer el mercado. En la cotidianidad Maruja se encarga de ese rubro, pero cada vez que tengo la oportunidad asumo este encargo con gusto.
Si, me gusta hacer “la compra” así se refería mi papá al hacer mercado. Recuero desde muy pelao acompañarlo al centro para hacer las compras a precios más accesibles y para encontrar mayor frescura en los productos. Mi papá gozaba regateando el precio de todos los productos escogidos. Estoy convencido de que los mercaderistas subían los precios apenas el preguntaba por el costo del producto, de manera que al regatear quedaban en el valor original. Lo cierto es que el salía contento luego de obtener una rebaja con su regateo. 
Me gusta disponer del tiempo suficiente para escoger las frutas y vegetales en su punto adecuado. El viejo me enseñó a escoger los mejores productos, a distinguir los limones secos de los jugosos, fijarse en los ojos y las escamas del pescado para saber si este está fresco y uno muy importante cómo distinguir una yuca rucha de una harinosa. Aclaro de una vez que aquel método no aguanta un estudio epidemiológico. La yuca saldrá rucha o harinosa independiente de la técnica que se use para escogerla y solo se conocerá su calidad luego de pagarla y cocinarla en la casa. Por eso aquella frase que dice: no hay mayor felicidad que cuando se escucha desde la cocina la yuca salió buena.
Del mercado de las empresas publicas en donde aprendí a escoger el mercado pero no a regatear pasamos a la Olímpica de la 72 con 47, el primer supermercado con el formato actual en donde se compraban solo algunos productos básicos. Mi papá no abandonaría el mercado del centro sino hasta muchos años después cuando los dependientes de la Olímpica se convirtieron en sus amigos. Entonces al viejo le tocó cambiar el regateo por obtener la mejor calidad de los productos que sus amigos le guardaban para cuando el anunciaba su visita.