Oigan, escuchen, paren bolas, como diría cualquier caribe con media cerveza encima. No quiero sonar apocalíptico, ni parecer el propio amargado que se quedó en la época del fax, el telebolito o el buscapersonas, pero tengo que decirlo: nos están atrofiando el cerebro, y lo peor es que les estamos abriendo la puerta, sirviéndoles tinto y damos las gracias.
Antes uno se sentía orgulloso de escribir bien. Hacía caligrafía Palmer (dejo constancia escrita de que yo no), tildaba con elegancia y hasta sabía la diferencia entre “vaya”, “valla” y “baya”. Hoy, el corrector automático lo hace todo, y uno apenas alcanza a balbucear un “gracias” sin pena ni gloria. No escribimos: dejamos que nos escriban.
La memoria, ese músculo sagrado, ese cofre donde guardábamos el teléfono de la novia, la fecha de la Batalla de Boyacá y los cumpleaños de las personas que realmente importaban, también se fue al carajo. Hoy, si no hay alarma, no se toma la pastilla. Si no hay recordatorio, no se llama a la tía en su cumpleaños. Y si no hay Google, no se recuerda nada. ¿Será por eso que ya no existen los programas de concursos con preguntas de cultura general?
La orientación, ni hablar. Antes uno era capaz de encontrar una dirección manoteada o escrita en una servilleta, con un par de referencias (“pasas el CAI, giras a la derecha donde quedaba el Mediterráneo, sigues derecho hasta que te huela a fritanga”) y el instinto de supervivencia. Ahora no. Si el Waze dice “gire a la derecha” y hay un abismo, la gente gira y da las gracias. Uno ve que el barrio se pone denso y sigue pa’lante: “el Waze me metió, el Waze me saca”.
Ni hablar de la redacción. Aquí la cosa se pone color de hormiga. ChatGPT y sus amigotes nos han hecho creer que redactar es escribir. Tan fácil como decir “hazme una carta de despido para un empleado de confianza con más de veinte años de trabajo” mientras uno prepara un tinto en la máquina automática, la IA hace el trabajo sucio. Se acabó eso de arrancarse los pelos buscando la palabra exacta, de reescribir veinte veces una frase solo porque algo no sonaba bien. ¿Qué pensaría García Márquez de este desarrollo tecnológico?
¿Estoy exagerando? Tal vez. ¿Estoy envejeciendo? Sin duda. Pero creo que no exagero al decir que, de tanto desuso, a mis sinapsis les va a caer moho. No porque no las use, sino porque ya todo lo hace otro por mí.
Y me pregunto si el precio de tanta comodidad no será, precisamente, quedarnos sin cerebro… pero bien contentos.
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