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domingo, 18 de octubre de 2015

Las tentaciones tecnológicas

Desde hace mucho tiempo no tenía tantos sentimientos encontrados, tantas preguntas sin respuesta, tantas incertidumbres. Siempre he sido un defensor a ultranza del trabajo duro, defiendo el precepto de que estudiar y esforzarse es la mejor manera de llegar al éxito. Así mismo también profeso la religión del deporte. Todo aquel que practique un deporte está liberado de muchos problemas. Se desarrolla una disciplina que posteriormente es aplicable a cualquier otro campo de la vida, sin mencionar los muy conocidos beneficios que en materia de salud tiene practicar cualquier disciplina deportiva. 
Entonces cuáles son las preocupaciones que llevaron al preámbulo de esta nota?
El cuento viene a que el ser humano de hoy y en particular los jóvenes, tienen a su disposición toda clase de tecnologías que pueden llevar a distraer los aspectos fundamentales de una buena formación física y mental.
No estoy en contra del desarrollo, ni más faltaba, está muy claro que los adelantos tecnológicos disponibles facilitan de manera notable el acceso a la información y el proceso educativo. Todavía recuerdo el periplo que debía realizar para obtener el último artículo disponible de la revista médica más importante, podía gastar toda una tarde para leer el artículo de la revista publicada tres meses antes. Hoy, a la distancia de un clic puedo leer el artículo publicado el mismo día, las posibilidades son ilimitadas. Sin embargo, esa facilidad es también el problema. Con el mismo clic que se abre un artículo para estudiar, se abre Netflix, Directv, Cuevana, YouTube, Facebook, Instagram, Snapchat, juegos de todos los tipos y todo eso sin mencionar las páginas triple XXX que según las estadísticas son muy frecuentadas. 
Con todas esas posibilidades a qué hora un joven de hoy puede sentarse a estudiar sin ser distraído. A qué hora se saca tiempo para practicar algún deporte si puede llegar a ser más divertido ver una buena película por Netflix o Cuevana o jugar uno de los muy bien logrados videojuegos. Las tentaciones disponibles gracias a los adelantos tecnológicos son demasiadas.  Mi nonagenaria tía Magola se sorprendía alguna vez por todas las posibilidades que deparan las tecnologías actuales, decía que parecían hechas por el demonio. A veces me pregunto si tendrá razón la tía.  

viernes, 16 de octubre de 2015

El nuevo perchero

El concepto que traigo a cuento no creo haberlo leído ni en Portafolio ni en La Republica, prestigiosos diarios económicos del país. Tampoco es producto de experiencias presentadas por algún grupo de economistas reunidos en Davos o en Cartagena. 
La afirmación, derivada de analizar el comportamiento económico de familias del común, aporta los argumentos necesarios para demostrar que buena parte de la economía mundial se apoya en las compras innecesarias que hacen las familias. Fíjense que no hablo de géneros, tampoco de edades ni de los molestos estratos sociales. El tema no se aplica a los conocidos clichés de que las mujeres son las que más compran, no señor, a la hora de comprar pendejadas, artículos inútiles o planes para tal o cual cosa todos en la familia están implicados, es decir son culpables por acción o por omisión. 
Pongamos unos ejemplos usuales para demostrar lo planteado. Seguramente muchos de ustedes han caído en la tentación de comprar una semana compartida en tal o cual cadena hotelera. Los caídos en la trampa habrán utilizado un par de veces los servicios mientras que anualmente se paga la cuota y lo más grave, no hay a quien vendérsela. 
Muchas familias guardan en sus anaqueles artículos comprados en un arrebato de la peligrosa frase: "Usted lo puede hacer" repetida en todos los programas de televentas. Aparatos para pintar las casas, taladros, picadores eléctricos, traperos mágicos, cuchillos que cortan el acero, ollas especiales para hacer tal o cual plato compradas en un arranque de optimismo e ilusión culinaria y que nunca se vuelven a usar. 
Finalmente, la prueba reina de las compras inútiles, los nuevos percheros, los hay de todos los precios y especificaciones, eléctricos y digitales, con chips integrados para hacer toda clase de mediciones. En mi cuarto tengo uno, no sólo sirve como perchero, también sirve para secar toallas y en ocasiones para lo que originalmente fueron comprados, hacer ejercicios.   El final de esos aparatos va de acuerdo con el tamaño de la máquina y el inmueble en donde usted habite. Terminan debajo de una cama, olvidados en un clóset o convertidos en un costoso perchero.  
Lo triste del caso es que pese a notas como esta o a los consejos de asesores financieros o simplemente a la recomendación de un amigo que vivió la experiencia, las familias continúan comprando artículos inútiles que perjudican el presupuesto familiar pero paradójicamente fortalecen la economía mundial.  

lunes, 12 de octubre de 2015

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Hace unos días, al contar que el partido contra el Perú fue difícil, recordé que el seleccionado peruano siempre ha sido complicado para Colombia. Uno de esos partidos que debían quedar para el olvido fue el disputado durante las eliminatorias de Francia 98, un 30 de abril de 1997. Por dos razones no olvido aquella calurosa noche, cuando los peruanos se alzaron con la victoria en el Metropolitano y mis colegas reumatólogos conocieron una faceta de mi pasión por el futbol. La primera razón es que para esos días retornaba a Barranquilla luego de terminar el entrenamiento en la Universidad Nacional de Colombia. Me encontraba en la difícil circunstancia de buscar empleo y viviendo las consecuencias de no tenerlo. Con lo cual no es difícil concluir que las posibilidades de entrar al estadio por vía del presupuesto eran nulas. La segunda razón fue la que me permitió ir al estadio y recordar ese encuentro. 
Resulta que un destacado grupo de reumatólogos del país, encabezado por el entonces presidente de la Asociación Dr. Luis Alberto Ramirez y mis profesores fueron invitados a Barranquilla a ver el partido. Mis profesores, conocedores del gusto que siento por el fútbol, hablaron con los organizadores para invitarme. El solo anuncio produjo en mi corazon los sentimientos más contradictorios. Sin dudas mi mayor anhelo era estar en el estadio, pero asistir con la crema y nata de la Asociación de Reumatologia significaba pasar del anonimato al desprestigio en cuestión de segundos. La razón de esta afirmación se debe a que fuera del estadio soy un tipo relativamente tranquilo pero en la tribuna, puede ocurrir la transformación descrita por Stevenson en el cuento del Dr. Jekyll y Mr Hayde. El cambio es absoluto, grito, miento madres, digo barbaridades soy otro. No me podía dar el lujo de mostrar esa horrible faceta delante de mis nuevos colegas y menos de los profesores. Pero una llamada del hotel Royal, lugar en dónde estaba hospedado el grupo de reumatólogos definió la situación. Me tenían boleta y camiseta, imposible rehusarse.
Llegué a ese estadio haciendo gala de mi mayor silencio. Mientras Perú jugaba bien y Colombia lo hacía con altibajos yo evitaba ver para no despertar al monstruo. Promediando el segundo tiempo el árbitro pitó una falta inexistente, Mr. Hyde no se hizo esperar, un madrazo de proporciones apocalípticas retumbó en la platea de occidental numerada, con tal intensidad que todos quedaron mudos, impávidos, mis colegas descubrían una faceta del hincha insospechada. Para terminar de completar, un mal rechazo de Mondragón es aprovechado por Pereda que remata a puerta con libertad y gol de Perú. Los gritos e improperios no sirvieron, Colombia no levantó cabeza, el partido terminó con una derrota justa que todos olvidaron menos mis colegas y yo al conocer al nuevo Dr. Jekyll.

Llegaron las eliminatorias

Para el fútbol no hay descanso, todavía no queda claro si el gol de Yepes contra Brasil fue lícito o fue anulado para salvar el pellejo de una selección anfitriona sin las cualidades esperadas para sostener un mundial controvertido por donde se mire. Todavía tenemos en la retina el pálido desempeño de nuestra selección en la copa América de este año. Falcao, James y compañía con chispazos de buen fútbol, pero sin la efervescencia del mundial, fueron inferiores para propios y extraños. De otra parte, apenas nos estamos familiarizando con el despegue de los torneos internacionales. Con la participación del mayor número de jugadores colombianos en equipos de alto rendimiento en la historia de nuestro fútbol, esta temporada nos hace estar pendientes de las programaciones televisivas lo que hace difícil salir de casa un fin de semana.
Hago todo este recuento de hechos recientes porque aunque parezca mentira ya empezó la eliminatoria para el mundial ruso del 2018. El fútbol y la FIFA no paran, el negocio es tan bueno que no hay manera de frenarlo. Voy más allá, la percepción es que nadie quiere parar. Ni los jugadores que en otras épocas se quejaban por la falta de descanso debido a los innumerables compromisos deportivos, hoy se escuchan protestar. La verdad es que para los fanáticos del fútbol no hay nada más aburrido que los fines de semana de diciembre y enero en donde lo único que hay relacionado con deportes son refritos de lo ocurrido durante el año, maratones y corridas de toros. La falta de temporada de fútbol, baloncesto, béisbol hacen que una tarde de sábado o domingo sin transmisión deportiva sea más larga que una semana sin carne.
Lo cierto es que la eliminatoria comenzó y ya jugamos el primer partido. Perú parecía un rival fácil, pero el transcurso del partido mostró otra cosa, ganamos con dificultad. Se notó la falta de James y se confirmó que Falcao no está listo. Ahora viene Uruguay, equipo de respeto aunque no jueguen Cavany ni el mordelón de lucho Suarez. La primera fecha dejó para algunos sorpresas que con seguridad se seguirán presentando. Hoy todos los equipos quieren ganar y llegar al fútbol de élite para ganar en dólares o euros.
De manera que pese a las artimañas y dudosos manejos de los directivos de la FIFA hay que aprovechar que tenemos eliminatorias para ver y disfrutar ojala con buen fútbol. 


domingo, 20 de septiembre de 2015

El matoneo




Traer a cuento las aventuras de los tiempos juveniles, llenas de nostalgia y de lugares comunes, produce un retorno a esos momentos vividos que arranca sentimientos de alegría y una que otra lágrima.
Aunque por decreto estoy decidido a solo tener recuerdos que me despierten una sonrisa, no puedo pasar por alto las múltiples veces en que todos, de alguna forma, fuimos blanco de lo que hoy llamamos matoneo. Por más que lo intento, no logro identificar el debut de la palabreja dentro de la jerga de maestros, padres, víctimas y victimarios. Cuando fui testigo del actualmente llamado matoneo, esa denominación no existía o por lo menos a mis oídos infantiles no llegaba ese concepto. La denominación de la época podría ser acoso escolar o la forma más parroquial, montada.
Como es de suponer las formas de matonear, acosar o simplemente montársela a un compañero han evolucionando con las tendencias de la vida. Recuerdo que fui acosado con múltiples apodos los cuales hoy recuerdo con cariño. Uno de ellos fue Pinina, impuesto gracias a las bellas trenzas lucidas por mi hermana en una inauguración de las mini olimpiadas. Rataplán, palabra tomada de una poesía infantil que me tocó declamar delante de mis implacables compañeros y de la que hoy solo recuerdo el apodo. Saturnino, por un pato preguntón que salía en un programa de televisión que nadie recuerda y que por esta razón estoy a punto de creer que me lo soñé. Caporo, apodo puesto por un amigo, gracias a la aguda observación de una amiga y que no fue de mayor acogida pero que sirvió para aprender la denominación del macho de la iguana.
Y para terminar de exorcizar mis recuerdos del ahora llamado matoneo, traigo a cuento la otra forma de discriminación vivida en mis tiempos juveniles. Debo reconocer que con toda razón, fui víctima del matoneo deportivo. Desde pequeño me gustaron los deportes conocía todas las reglas y requisitos pero las habilidades deportivas eran literalmente pocas. Mejor dicho no daba pie con bola. De manera que fui discriminado y pese a los conocimientos estratégicos, nunca fui llamado a jugar en ningún equipo. Para superar ese problema los discriminados formamos nuestro propio equipo en donde jugaríamos sin los riegos de ser mandados eternamente a la banca. Se podrán imaginar la alineación, éramos los galácticos de los malos. No ganamos un solo partido pero los jugamos todos, que era lo importante.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Recuerdos de cadillo


Hace unos días les expresaba la preocupación que me produce olvidar los gratos recuerdos de la infancia como consecuencia del Alzheimer. Sin embargo caí en la cuenta de que estas patologías tienen preferencia por olvidar las vivencias recientes, lo nuevo.
Lo viejo no se olvida y la verdad tampoco hay quien desmienta lo afirmado y en el caso de que exista quien pueda decir lo contrario, tampoco se acuerda. En fin decidí seguir trayendo a cuento las vainas de pelaos ahora que todavía hay quien se acuerde.
Me acordé de los innumerables parques de diversiones que había en Barranquilla. Recuerdo que los había de varios tipos unos totalmente ecológicos, en el colegio teníamos uno grandísimo, otros a medio hacer, en mi cuadra siempre hubo alguno y otros terminados, de los cuales siempre dispusimos.

Para aquellos amigos lectores de poca imaginación y para los jóvenes que el parque de diversiones más sencillo que recuerdan es el “Magic Kindom” les quiero contar cuales eran esos sitios de diversión de la época. El parque ecológico del San Jode era la zona enmontada que había en el extremo occidental del colegio. Una zona de llena de cadillo y uno que otro árbol de matarraton que servía de escampadero y en donde corríamos como locos evitando caer en las manos del grupo enemigo y guardando los tesoros motivo de la batalla. Vale la pena anotar que el tesoro estaba conformado por piedras NO preciosas sino por pedazos de calizas. Las batallas grupales podían ser reemplazadas por verdaderos safaris en búsqueda de animales exóticos cómo lobitos, tierrelitas y una que otra iguana que se pudiera cazar. Para los que no estudiaron en el San José la cosa era fácil también. Bastaba con llegar a los confines de Barranquilla, la actual calle 96 no existía, la zona era solo monte de cadillos, árboles y uno que otro jagüey lo que se convertía en el parque de diversiones más grande de la ciudad.
Los otros sitios de diversión ya los pueden imaginar, los que estaban en las cuadras eran las construcciones o lotes baldíos que servían para jugar al escondite, a la guerra por equipos, para cazar lobitos, para jugar bolita de uñita, al trompo y otros más.
Finalmente los parques terminados eran las calles de la ciudad que con muchos menos carros que hoy permitían el juego nocturno de la bola’etrapo, la chequita y hasta béisbol.
Para los que vivieron esas épocas un abrazo nostálgico y para los que no tuvieron que quitarse los cadillos de las medias, la ropa y hasta el cabello, tranquilos seguramente deben tener una buena consola de juegos electrónicos que algunos recuerdos les dejaran.

Más de las generaciones

Hace unos días traía a cuento como los giros idiomáticos pueden servir para identificar a las generaciones. Recordarán mis amigos contemporáneos que en nuestra adolescencia el uso de palabras terminadas en las letras "eta" buseta, bicicleta, pantaloneta, estaba proscrito. El infractor de aquella norma generacional era enviado por los interlocutores a buscar un semental de burro dotado con el aparato reproductor prominente. De manera que para evitar la burla, los jóvenes amputaban las palabras terminadas en la sílaba mencionada generando un particular acento cuasi francés: vamos a tomar la "busé", préstame la "pantaloné"
Los giros idiomáticos no son exclusivos de la juventud, ni más faltaba los mayores también tenemos derecho a innovar. Una de esas innovaciones patrocinadas por las generaciones mayores fue la que ocurrió con el verbo poner. Con el poder que da la sentencia "vox populi vox Dei" se decretó la reserva del verbo poner para uso exclusivo del gremio aviar. Si usted quería poner algo había que colocarlo, situarlo o instalarlo pero jamás ponerlo pues esta acción estaba reservada solo para los huevos de las gallinas.
Otro verbo que con la influencia del interior del país comienza a tener giros idiomáticos es el verbo colaborar. Según la Real Academia de la lengua Española el significado de colaborar es trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra.
Ocurre que los dependientes de diferentes lugares en donde se atiende público utilizan el "yo le colaboro" para todo. Usted asiste a una cafetería a comprar una empanada y un café o pide que le limpien una mesa en un restaurante o llega a comprar una boleta para un espectáculo y entonces el empleado responde con acento cantado como del interior del país, "ya le colaboro". En qué me va a colaborar, en ayudarme a comer la empanada o tomar el café, no porqué ese trabajito me toca a mí. Me colabora en limpiar la mesa, tampoco porqué ese oficio le toca a él. Tampoco creo que este interesado en "colaborar" con el costo de la boleta. Pareciera que usar el verbo colaborar mantiene un nivel de superioridad de aquel que lo usa. En ningún caso la tal colaboración es válida, el idioma tiene otros verbos que pueden ser usados como atender, servir, ayudar y que no significan una pérdida de rol ni de status social para el que los ejerce.
Aciertan los lectores con otras palabras usadas por las nuevas generaciones como "Total" "Bro" "Marica" que con la nota sobre el uso del verbo "colaborar" nos "pone" a pensar en lo maravilloso y dinámico que es nuestro idioma.