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sábado, 15 de mayo de 2021

La vieja docencia

Enseñar medicina ha sido para mí uno de las experiencias más gratificantes de la vida. No sé de donde me viene el gusto por enseñar, no sé. Pero desde los primeros años de la carrera, me reunía con algunos compañeros de semestre en las aulas del colegio San José a dar clases de biología. Durante aquellos años y en los tiempos de la residencia me dediqué a emular a los grandes docentes. Aprendí de ellos las buenas y las no tan buenas mañas. Da pena reconocerlo pero soy, como la mayoría de los docentes viejos, fruto del empirismo.  
De esa empírica formación aprendí que el docente enseña con su ejemplo. Los docentes somos escrutados por el estudiante en todo momento, por tanto la actitud docente debe mantenerse todo el tiempo, ese es el problema. Se le exige a los estudiantes que porten su equipo completo pero los docentes no llevan ni su propio fonendoscopio. Se reprende duramente al estudiante por no hacer la historia clínica completa, pero los docentes ni la hacemos. No podemos exigir a nuestros pupilos lo que no hacemos. Se enseña con el buen y también con el mal ejemplo. Pensándolo bien y luego de escribir estas reflexiones ahora entiendo a las universidades que  sostienen algunos malos docentes en sus nóminas, estos sirven para que sus estudiantes aprendan cómo no se hacen las cosas.
Bueno o malo, el tiempo lo diría, en mis primeros años de ejercicio, la motivación para ir a trabajar a calurosos hospitales, muchos de ellos mal olientes y con escasa remuneración era encontrarse con los estudiantes para enseñar cómo hacer una buena historia clínica. Sentarse al lado de la cama de un paciente todavía sin diagnóstico, para demostrar en vivo como se lleva un interrogatorio al estilo clásico; ilustrar la manera de formular preguntas con la intención correcta para luego enseñar como se hace un examen físico completo, usando las cuatro maniobras semiológicas, fue mi pasión por años. Compartir la auscultación de un tórax, enseñar a tomar un pulso paradójico, hacer un fondo de ojo, en fin motivar a los estudiantes para que se untaran de paciente, frase acuñada por algún docente que no recuerdo. 
Pero allí no terminaba la cosa, luego de hacer la historia venia una parte mucho más divertida. Con el grupo de estudiantes nos refugiábamos en algún maltrecho cuarto de internos a enseñar a pensar y analizar el caso hasta encontrar el diagnóstico del paciente. Eso si era vida, me da no sé qué decirlo pero me divertí tanto haciendo esto una y otra vez que no había necesidad de que me pagaran. 
Pero los tiempos cambian y las necesidades aumentan. Tres hijos y sus necesidades me obligaron a buscar una forma de divertirme con mejor remuneración. 
De la lenta y poco productiva evaluación hospitalaria me pasé a una consulta docente que también me divertía. En los pisos de medicina interna les enseñaba sobre el paciente hospitalizado. Medicina de mayor nivel pero también de menor frecuencia para un médico general. 
En la consulta ambulatoria enseñaba patologías que afectan el diario vivir. Basta con referenciar que el 76% de los colombianos han consultado por algún dolor del sistema músculo esquelético1. Es urgente enseñar esta semiología, también me divertía.
Con los años descubrí otra forma de diversión y de enseñar a mis pupilos, nos inventamos la gran ronda, fueron varios años en donde nos reuníamos con el grupo de docentes, residentes, internos y estudiantes a discutir algún par de casos problema detectados durante la semana. Con la ventaja de hacerla en nuestro hospital, con la participación de un histórico grupo docente y mejor aun con la coordinación de las nuevas promociones de internistas egresados de la universidad.
En esas estábamos cuando llegó el maldito SARS COV-2 y se tiró todo.




  1. Londoño J, Peláez I, Cuervo F, y cols. Rev Colomb Reumatol 2018; 25,(4):245-256



 

domingo, 15 de julio de 2018

Un grupo, una familia.

Hace algunos años, en el claustro de la Universidad del Norte, el azar reunió a un grupo de jóvenes en trance de iniciar sus estudios superiores. Habían salido de la casa paterna debajo de las enaguas protectoras de la madre con el alma cargada de expectativas, sueños y también temores. Un variopinto grupo de jóvenes procedentes de varios rincones del país fue conformándose al ritmo y rigor de una carrera exigente. Las complejas ciencias básicas decantaron el grupo, las sufridas ciencias clínicas delinearon el carácter. En el crisol de la universidad se fundieron conocimientos y experiencias, sinsabores y alegrías que se cristalizaron el 15 de julio de 1988. Ese mágico día lleno de felicidad y orgullo, producía también incertidumbre, recibir el cartón de Médico Cirujano no terminaba la ruta trazada por el destino. Las puertas para el ejercicio profesional y para la vida misma se abrieron ante ellos, ahora solos y sin conocer lo dispuesto por el creador para su futuro, debían tomar el camino.
Veinticinco años después, el grupo se encontró casi sin proponérselo. El feliz reencuentro demostró que el destino los llevó por caminos similares. Las experiencias obtenidas fueron necesarias para pulir el corazón y el conocimiento de aquellos médicos jóvenes. El rural, los primeros trabajos, el matrimonio, los hijos, migraciones a otros países, nuevos retos profesionales, éxitos, fracasos, conocer las patologías de sus pacientes, la ausencia definitiva de seres queridos, asumir sus propias enfermedades, experiencias formadoras de un caracter único. Como el vino se necesitan años para lograr una buena maduración. Aquellas experiencias y el inexorable paso del tiempo hicieron homogéneo al grupo, las diferencias iniciales se igualaron, no valía la pena volver a separase. 
Hoy, 30 años después relucen los frutos del esfuerzo realizado. Aquellos jóvenes estudiantes del 88 son ahora, un grupo de profesionales exitoso que aporta a la sociedad su sólido conocimiento. Pero también son una familia que disfruta de esa amistad sincera nacida en medio del azar universitario y que ahora se mantiene, por la tozudez que da la vida y la felicidad que produce el reencuentro.

domingo, 28 de agosto de 2016

El milagro está hecho.

Alguna vez se ha preguntado cómo se define la amistad? Por si en este momento empezó a pensar cómo definir la dichosa palabrita y no le sale una frase concreta, aquí traigo la definición de la RAE: Afecto personal puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
Más difícil aún, es tratar de medir la amistad. Cuáles o cuántos parámetros debe cumplir una relación para poder catalogarla como de amistad? ¿Es necesario conocer algunos aspectos mínimos para poder definir una relación como amistosa? ¿Quién entrega ese diploma? Pienso que a veces los adultos adoptamos posiciones trascendentales que nos llevan a perder la oportunidad de vivir experiencias que pueden ser muy reconfortantes. En esto de hacer amigos y vivir la amistad debemos imitar a los niños. Para ellos, el único parámetro de amistad es la existencia de un congénere.
Hace unos días nos reunimos un buen grupo de egresados de la facultad. Con algunos, teníamos los años de egresados de no vernos. De no saber nada de ellos. Si casados o solteros, si con hijos o sin hijos, gordos o flacos, con pelos o calvos. Con algunos no se conocía su lugar de residencia, en que trabajaban, sus pasatiempos, nada. Con muchos, los aspectos necesarios para tener una amistad eran inexistentes. El único punto de encuentro era y es, que somos congéneres, somos el producto final de una misma Alma Mater. Y eso, como en los niños, fue suficiente.
Gracias a un espontáneo y entusiasta equipo de trabajo, un grupo de egresados de la facultad de medicina de la Universidad del Norte tuvo un encuentro para no olvidar jamás. Sin dejar pasar el más mínimo detalle, con altas dosis de esfuerzo individual y dando muestras de un inigualable sentido de la amistad, el equipo norteamericano recibió con los brazos abiertos al grupo procedente de diferentes partes de Colombia y del mundo.
Fueron cinco días de reencuentro con la vida, la amistad, el corazón. Cinco días en donde se derramaron lágrimas por la felicidad del reencuentro, por las muestras genuinas de solidaridad, por recordar los anécdotas, por volver a bailar la música de aquellas fiestas universitarias; por volver a oír las canciones que marcaron un momento, por volver a vernos como éramos, por volver a tener 20 años.
Todos entendimos que somos congéneres y que nos unen las experiencias vividas en la facultad. No hubo obstáculos para el desenfreno sentimental, para decir a los cuatro vientos que somos amigos. Gozamos, disfrutamos, vivimos y sentimos ese encuentro como si nos conociéramos hasta en el último detalle, como si hubiéramos compartido toda la vida.
Héctor Lavoe canta todo tiene su final y esta nota del reencuentro no es la excepción. Quiero terminar solo con un único pero sentido y profundo, GRACIAS.