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jueves, 1 de enero de 2026

Todo tiempo pasado.....

Hubo un tiempo en que salir a recrearse en Barranquilla era más un acto de fe que un plan estructurado. Los dos programas más emocionantes que yo recuerdo eran montarnos en la camioneta del tío Samuel o del primo Eduardo para cruzar el puente del arroyo de Felicidad y sentir ese vacío en el estómago que daba la bajada una especie de montaña rusa quillera, sin filas ni cinturón de seguridad. El otro gran plan era ir a Sears, solo para subir y bajar por la única escalera eléctrica que tenía la ciudad.
Claro que también estaban los parques, aunque decir “parques” es una forma generosa de llamarlos. El Suri Salcedo, a una cuadra de mi casa, tenía más tierra que grama y un par de resbaladeros de cemento cuya altura tan modesta no les alcanzaba para clasificar como toboganes. La construcción de una cancha de baloncesto ayudó a cambiar la hegemonía de la bola ’e trapo en el vecindario, aunque en los parques Venezuela y Washington los partidos de este deporte barrial siguieron jugándose por muchos años más. Otro seudo escenario deportivo de la época era el parqueadero del Romelio Martínez. Allí recuerdo haber tenido mis primeros encuentros con el deporte rey: el béisbol. Con un bate prestado y un guante de cuero tieso, me sentí por un momento más cerca del Yankee Stadium que del estadio Tomás Arrieta.
Hoy la ciudad es otra. Barranquilla, que durante décadas dispuso apenas de los tres o cuatro parques mencionados, el LEY, unas pocas salas de cine y las playas de Salgar y Puerto Colombia como opciones para distraer a la familia, se fue llenando poco a poco de espacios donde se puede estar juntos, sin preocupaciones y cerca de casa. Aparecieron parques con juegos modernos, ciclovías, fuentes que sí botan agua, canchas con grama sintética y zonas para practicar otros deportes. Los centros comerciales se abrieron en todos los sectores de la ciudad, con salas de cine y restaurantes para todos los gustos —del arroz de lisa al sushi, sin que falte la bolita de coco al final.
El Malecón, que parece diseñado para que los barranquilleros se reconcilien con su río, es ahora el paseo obligatorio del fin de semana. Ver a las familias pasear por allí —sin prisa, sin miedo, sin calor insoportable— es quizás la mejor prueba de que la ciudad ha aprendido a quererse un poco más.
 Y aunque a veces me dan ganas de decir que todo tiempo pasado fue mejor, la verdad es que me alegra que los quilleros tengan más dónde correr, más qué ver, más qué contar. Me emociona ver a los niños jugar en lugares que antes solo podíamos imaginar. Porque al final, más que cemento, parques o escaleras eléctricas, lo que de verdad importa es con quién se comparten los domingos. Y en eso, Barranquilla —y la vida— nos han ido cumpliendo.
 

Nos están atrofiando el cerebro (y ni cuenta nos damos)

Oigan, escuchen, paren bolas, como diría cualquier caribe con media cerveza encima. No quiero sonar apocalíptico, ni parecer el propio amargado que se quedó en la época del fax, el telebolito o el buscapersonas, pero tengo que decirlo: nos están atrofiando el cerebro, y lo peor es que les estamos abriendo la puerta, sirviéndoles tinto y damos las gracias.

 

Antes uno se sentía orgulloso de escribir bien. Hacía caligrafía Palmer (dejo constancia escrita de que yo no), tildaba con elegancia y hasta sabía la diferencia entre “vaya”, “valla” y “baya”. Hoy, el corrector automático lo hace todo, y uno apenas alcanza a balbucear un “gracias” sin pena ni gloria. No escribimos: dejamos que nos escriban.

 

La memoria, ese músculo sagrado, ese cofre donde guardábamos el teléfono de la novia, la fecha de la Batalla de Boyacá y los cumpleaños de las personas que realmente importaban, también se fue al carajo. Hoy, si no hay alarma, no se toma la pastilla. Si no hay recordatorio, no se llama a la tía en su cumpleaños. Y si no hay Google, no se recuerda nada. ¿Será por eso que ya no existen los programas de concursos con preguntas de cultura general?

 

La orientación, ni hablar. Antes uno era capaz de encontrar una dirección manoteada o escrita en una servilleta, con un par de referencias (“pasas el CAI, giras a la derecha donde quedaba el Mediterráneo, sigues derecho hasta que te huela a fritanga”) y el instinto de supervivencia. Ahora no. Si el Waze dice “gire a la derecha” y hay un abismo, la gente gira y da las gracias. Uno ve que el barrio se pone denso y sigue pa’lante: “el Waze me metió, el Waze me saca”.

 

Ni hablar de la redacción. Aquí la cosa se pone color de hormiga. ChatGPT y sus amigotes nos han hecho creer que redactar es escribir. Tan fácil como decir “hazme una carta de despido para un empleado de confianza con más de veinte años de trabajo” mientras uno prepara un tinto en la máquina automática, la IA hace el trabajo sucio. Se acabó eso de arrancarse los pelos buscando la palabra exacta, de reescribir veinte veces una frase solo porque algo no sonaba bien. ¿Qué pensaría García Márquez de este desarrollo tecnológico?

 

¿Estoy exagerando? Tal vez. ¿Estoy envejeciendo? Sin duda. Pero creo que no exagero al decir que, de tanto desuso, a mis sinapsis les va a caer moho. No porque no las use, sino porque ya todo lo hace otro por mí.

 

Y me pregunto si el precio de tanta comodidad no será, precisamente, quedarnos sin cerebro… pero bien contentos.

Siempre agradecido

Hay fechas que no necesitan anotarse en el calendario porque se llevan grabadas como un tatuaje. Hace un año y cuatro meses, el reloj de la vida decidió cambiar de rumbo y me obligó a jugar desde el lado del tablero que no conocía. Como médico, uno se acostumbra a observar la enfermedad desde la orilla de quien atiende y sana; pero cuando el estetoscopio se invierte y el paciente es uno mismo, el conocimiento se convierte en una carga silenciosa y abrumadora. Uno aprende a leer el futuro en los síntomas y entiende, con una claridad que a veces asusta, hacia dónde se dirigen las cosas.
Han transcurrido ya dieciséis meses desde aquella mañana en que me tocó ocupar el lado contrario de la consulta. Durante este largo tiempo de incertidumbre, aprendí que el cuerpo es un territorio que, en ocasiones, nos declara la guerra solo para enseñarnos, finalmente, a firmar la paz con nosotros mismos.
Pero la vida, en su ironía, no se conformó con mis propios achaques. Como si necesitara recordarnos nuestra naturaleza de cristal, la salud de Doña Betty también comenzó a flaquear. Fue allí, entre la frialdad de los protocolos y esas esperas que parecen eternas, donde comprendí el verdadero significado de la fragilidad: esa lección de humildad que te enseña que un día te crees de roble y, al siguiente, no eres más que una brizna de paja al viento.
Si la enfermedad es un desierto, el cariño es el oasis que te mantiene en pie. En este tránsito, descubrí que la solidaridad no es una palabra de diccionario, sino un acto puro de presencia. La familia se erigió como nuestro escudo y los amigos se convirtieron en ese báculo indispensable. Siempre estuvieron ahí, con el mensaje oportuno y el hombro dispuesto para cuando mi madre o yo sentíamos que las fuerzas finalmente se nos escapaban. Ver esa red de apoyo desde el otro lado de la bata fue, quizás, mi mayor lección de medicina humana.
Hoy, con el sosiego que traen los días de fin de año, el corazón se me agranda. Es momento de bajar el ritmo, de mirar por el retrovisor y reconocer el camino recorrido con la humildad de quien acepta que no tiene el control de todo. Es el momento de agradecer a quienes colaboraron en nuestra recuperación.
Podría sentarme a dar nombres, pero la memoria es traicionera y el papel es corto. Como sucede siempre que se intenta enumerar la gratitud, el miedo a dejar a alguien por fuera me asalta. Así que, para no pecar de injusto y reconociendo que la vida sigue su curso con sus propios avatares, prefiero dejar la cosa de ese tamaño. Al final, los que estuvieron saben que están aquí, guardados en lo mas profundo de mi corazón.