Claro que también estaban los parques, aunque decir “parques” es una forma generosa de llamarlos. El Suri Salcedo, a una cuadra de mi casa, tenía más tierra que grama y un par de resbaladeros de cemento cuya altura tan modesta no les alcanzaba para clasificar como toboganes. La construcción de una cancha de baloncesto ayudó a cambiar la hegemonía de la bola ’e trapo en el vecindario, aunque en los parques Venezuela y Washington los partidos de este deporte barrial siguieron jugándose por muchos años más. Otro seudo escenario deportivo de la época era el parqueadero del Romelio Martínez. Allí recuerdo haber tenido mis primeros encuentros con el deporte rey: el béisbol. Con un bate prestado y un guante de cuero tieso, me sentí por un momento más cerca del Yankee Stadium que del estadio Tomás Arrieta.
Hoy la ciudad es otra. Barranquilla, que durante décadas dispuso apenas de los tres o cuatro parques mencionados, el LEY, unas pocas salas de cine y las playas de Salgar y Puerto Colombia como opciones para distraer a la familia, se fue llenando poco a poco de espacios donde se puede estar juntos, sin preocupaciones y cerca de casa. Aparecieron parques con juegos modernos, ciclovías, fuentes que sí botan agua, canchas con grama sintética y zonas para practicar otros deportes. Los centros comerciales se abrieron en todos los sectores de la ciudad, con salas de cine y restaurantes para todos los gustos —del arroz de lisa al sushi, sin que falte la bolita de coco al final.
El Malecón, que parece diseñado para que los barranquilleros se reconcilien con su río, es ahora el paseo obligatorio del fin de semana. Ver a las familias pasear por allí —sin prisa, sin miedo, sin calor insoportable— es quizás la mejor prueba de que la ciudad ha aprendido a quererse un poco más.
Y aunque a veces me dan ganas de decir que todo tiempo pasado fue mejor, la verdad es que me alegra que los quilleros tengan más dónde correr, más qué ver, más qué contar. Me emociona ver a los niños jugar en lugares que antes solo podíamos imaginar. Porque al final, más que cemento, parques o escaleras eléctricas, lo que de verdad importa es con quién se comparten los domingos. Y en eso, Barranquilla —y la vida— nos han ido cumpliendo.