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martes, 14 de marzo de 2017

Un viaje a Mompox


Viajar es uno de los placeres que más disfruto. Tomar un avión, llegar a un buen hotel y conocer nuevas ciudades ejercen en mí una fascinación superior. Desafortunadamente, en algunas ocasiones no siempre es posible disfrutar de todas las comodidades. Recuerdo que recién graduado, Lucho Bautista, compañero de estudios y amigo del alma, me contactó con la empresa para la cual él trabajaba en el sur del país. Esta compañía buscaba yacimientos de petróleo a través del método de la sísmica. La función del médico era tratar los accidentes derivados de estar metidos, en medio de la selva, haciendo trochas para plantar los explosivos que simulaban los sismos. Por aquellos días la empresa necesitaba un médico en la costa y yo necesitaba trabajar. No lo pensé mucho, la propuesta de trabajo conjugaba aspectos favorables. La empresa pagaba bien y la base del grupo estaba en la histórica ciudad de Mompox. Lo que implicaba viajar, conocer y pasar noches en hoteles que como ya he dicho es una experiencia agradable. Pensaba que, por tratarse de una empresa petrolera, no se detendrían en gastos para tener bien cómodo a su médico. De tal manera que acepté el trabajo sin hacer mayores preguntas.
Un bimotor ATR-42 de la desaparecida ACES me llevó desde Barranquilla al otrora puerto fluvial. El enamoramiento fue a primera vista, las antiguas y bien conservadas casas e iglesias de sencilla pero elegante arquitectura colonial, produjeron un encantamiento instantáneo. Todas uniformadas por pintura blanca, parecían detenidas en el tiempo. Tenía claras las referencias históricas, pero no alcanzaban para imaginar la belleza de este pueblo dejado a la deriva por el Magdalena.
Todavía faltaba lo mejor. Luego de recorrer el pueblo llegamos al hotel donde nos hospedaríamos. El Hostal de Doña Manuela, una bellísima casona de arquitectura colonial, adaptada por COTELCO para ser uno de los mejores hoteles de la región, nos daba la bienvenida. Sin los lujos de la arquitectura moderna, el Hostal estaba equipado con los elementos necesarios para una grata estadía. Amplios pasillos, un patio interior, al clásico estilo colonial, con un frondoso árbol que refrescaba el ambiente y habitaciones de altos techos, presagiaban una deliciosa temporada de trabajo.
Cansado del viaje y la caminata por el centro histórico de Santa Cruz de Mompox, dormí a pierna suelta. Una serenata de pájaros lugareños me despertó temprano, tuve tiempo para tomar un buen desayuno. El jefe del equipo ordenó que saliéramos con todos los enceres. Debíamos llegar temprano al campamento en donde esperaba la cuadrilla de empleados para el examen médico de admisión. Tendría un arduo día de trabajo.
Nací en Barranquilla a orillas del Magdalena y nunca había viajado en “Johnson”. Mi primera vez sería aquí en Mompox, río arriba y quien sabe para dónde. Luego de una escala técnica en Magangué, la embarcación se detuvo en un paraje a orillas del Magdalena. El famoso campamento estaba conformado por dos grandes carpas. Una, daba sombra a la zona de preparación de los alimentos y otra protegía los suministros. Completaban el campamento tres tiendas de campaña de tamaño regular. En una de ellas hacía cola un variopinto grupo de personas que esperaban el examen de admisión para obtener un trabajo mejor remunerado. Me mostraron la tienda que funcionaría como consultorio y me dijeron que la tienda contigua era la mía.  Con preocupación, deje mi maleta en una cama acondicionada dentro de la segunda tienda.
Era urgente hacer dos preguntas claves, pero al mismo tiempo era incapaz de dejar con los crespos hechos a las personas que esperaban un examen de admisión para tener un empleo digno. Pasé toda la tarde examinando hombres "sanos" sin nada que declarar en un examen de admisión, reconocer una enfermedad significaba ser descartado.

Los admití a todos, total ya intuía las respuestas a mis preguntas. Al Hostal de doña Manuela volvería solo por mi cuenta y el sanitario del campamento era el más amplio del mundo, podía escogerlo a la sombra de cualquier árbol de los alrededores. La primera la podía entender, la segunda en cambio, superaba con creces mi gusto por los viajes y la necesidad de un trabajo. Dos días después, en Barranquilla, fui al baño.

lunes, 9 de enero de 2017

El renacer del verbo prever

El primero de noviembre del 2016, a las 6:19 am, tomé el bloc de notas y empecé a escribir sobre un tema que desde hacía varios años llamaba mi atención. Esto fue lo que a esa hora de la mañana anoté como abrebocas del tema:
“Las acepciones número 1 y 3 del verbo prever y sus sinónimos están a punto de desaparecer. ¿A qué me refiero? No vayan a creer que no tengo tema para contarles y salgo con cualquier pavada. No, la cosa es en serio.
Primero veamos las acepciones del verbo prever en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española:
1. Ver con anticipación.
2. Conocer, conjeturar por algunas señales o indicios lo que ha de suceder.
3. Disponer o preparar medios contra futuras contingencias.

Ahora sí, el cuento. Resulta que, con la inmediatez de las comunicaciones modernas y la eficiencia de las redes de servicios, ya nadie prevé o dispone las cosas con anticipación para tal o cual situación. A los jefes y por ahí derecho a todo el mundo, les parece normalísimo poner un mensaje de texto o un correo electrónico a sus subalternos o a quien le plazca sin considerar la hora.
Si el jefe necesita, un domingo por la noche para amanecer festivo, un dato para una presentación que está preparando, no tiene ningún inconveniente en pasar un correo electrónico pidiendo a sus subalternos que se lo tengan a primera hora.
El problema es que esta práctica se populariza. Poco se prevé, no se anticipan los contratiempos o se toman contingencias. Si algo hace falta o falla, se toma el celular y se llama a alguien no importa la hora.”

Aquí llevaba la nota contra las llamadas o mensajes a deshoras. La había dejado así, esperando algo que justificara su ampliación.
Dos hechos ocurridos en los últimos días precipitaron la conclusión de la nota sobre la impertinencia de los jefes y de la gente en general, al enviar mensajes a horas inadecuadas.
El primero: el estado francés reconoce a los trabajadores de ese país el derecho a no ser contactados por sus empleadores después de concluida la jornada laboral. Viva Francia, fuera con el muy gringo "always on", el tiempo libre y de descanso se respeta.
El segundo ocurrió anoche, a la 1:19 de la mañana. Preparando un capítulo para entregar dentro de pocos días, encontré un artículo importante, pero de difícil acceso. Recordé a mi residente, hábil en conseguir estos documentos y le puse en WhatsApp un puntico para ver si estaba de turno o despierto, igual que yo.
Después de puesto el punto me acordé de la nota, la diatriba contra los jefes o superiores que sin escrúpulos ponen a trabajar a sus subalternos a deshoras.
Había que presentar disculpas y por eso salió esta nota.



jueves, 5 de enero de 2017

Selección musical





Hace algunos días tuve el placer de compartir una tarde de música y gastronomía con un grupo de colegas. El grupo, conformado en su mayoría por las nuevas promociones de la universidad, se congregó a la sombra de un palo de mango, como dictan los cánones. La espléndida anfitriona ordenó la preparación de una paella de proporciones faraónicas y dispuso de bebidas para todos los gustos. Fuimos atendidos a cuerpo de rey.
Sin embargo, al promediar la tarde se escucharon algunas quejas con relación a la música elegida para amenizar la reunión. Sin pedir permiso decidí retomar mi vieja costumbre de volverme el picotero del grupo o mejor el DJ, como se dice ahora.
No sé si por la benevolencia de mis jóvenes contertulios o por el temor de hacer enojar al profesor o por la calidad de los temas escogidos, logré hacer sonar una larga tanda salsera. La selección musical estaba conformada por reconocidos éxitos salseros que sin duda igualaban o superaban en edad a la mayoría de los participantes en el ágape gastronómico y ahora musical.
La selección de temas motivó, en uno de mis jóvenes colegas, el recuerdo de canciones que marcaron su crecimiento personal. Inmediatamente recordé el programa de radio A vivir que son dos días. Este programa, emitido por la básica de Caracol para todo el país, contiene una emotiva sección que se llama "Mi banda sonora". Durante la sección, el invitado de turno, presenta las canciones que marcaron alguna etapa de la vida.
La intervención de mi joven colega y el recuerdo del programa me llevó a preguntarme, ¿cuál es la selección de canciones que dejaron alguna huella en mi vida? En ese momento llegaron a mi memoria muchos temas, todos con alguna razón o motivo para ser recordado. Hoy, aprovechando el descanso de fin de año, decidí sacar algunas canciones, no todas, que pueden ser representativas de mi historia musical.
1. Hurí. Garzón y Collazos
2. Soy. La charanga 76
3. Brujería. El gran combo
4. Canto a Borinquen. Willie y Héctor.
5. Luna sanjuanera. Los hermanos Zuleta.
6. En Barranquilla me quedo. El gran Joe.
7. Plantación adentro. Rubén y Willie.
8. Nuestro sueño. Grupo Niche
9. Conciencia. Gilberto Santa Rosa.
10. Matilde Lina. Leandro Díaz

Les pregunto, ¿cuál es su selección musical?